Capítulo 3

Mariana se sumergió rápidamente en su rutina diaria en Vázquez Corporations. Desde su primer día, había decidido que no iba a ser una más. Sabía que las oportunidades no llegaban solas; tenía que tomarlas con ambas manos, y cada día de trabajo sería una batalla para destacarse. Su dedicación era evidente desde el principio, y sus superiores no tardaron en notar su capacidad para gestionar proyectos de alto nivel.

Cada mañana, se levantaba temprano y revisaba sus correos electrónicos antes de llegar a la oficina, organizando su día y asegurándose de que nada se le escapara. En la sala de juntas, sus ideas eran claras y precisas, ganándose poco a poco el respeto de sus compañeros. Se le asignaron tareas complicadas, que abordaba con determinación y sin temor a fallar. Aunque algunos la veían como una novata, pronto se dieron cuenta de que su capacidad para resolver problemas la ponía un paso adelante.

Mariana se convirtió rápidamente en una de las ejecutivas más jóvenes que destacaban dentro de la empresa. En sus primeras semanas, le confiaron la organización de una presentación clave para un nuevo cliente internacional. A pesar de las tensiones y la competencia interna, Mariana se encargó de cada detalle con impecable precisión. La presentación fue un éxito rotundo, y la satisfacción de sus superiores no pasó desapercibida.

Sin embargo, no todo era trabajo. Mientras sus colegas se relajaban durante los recesos, ella prefería mantenerse al margen, observando. En sus ratos libres, leía sobre estrategias corporativas, lecciones de liderazgo y, ocasionalmente, noticias sobre Raúl Vázquez. La figura de él siempre estaba en el centro de todo, pero era tan inaccesible que parecía estar más allá del alcance de cualquier empleado, incluso de los más destacados.

Aunque Raúl rara vez aparecía en las actividades diarias de la empresa, su presencia estaba en todas partes. Las decisiones que él tomaba repercutían en cada rincón de la corporación. Las reuniones de alto nivel en las que Mariana participaba estaban constantemente marcadas por su sombra. Los ejecutivos de la empresa hablaban de él como si fuera un dios en la tierra, un hombre que no solo lideraba una corporación, sino que controlaba el destino de muchos. La reverencia con la que se hablaba de él solo incrementó la intriga de Mariana. Había algo en Raúl que la atraía y, a la vez, la desbordaba de miedo.

A menudo se encontraba preguntándose cómo alguien tan joven había logrado construir un imperio tan vasto y poderoso. Sabía que debía aprender de él, pero al mismo tiempo, había algo en su aura distante y calculadora que la hacía sentir que nunca podría acercarse lo suficiente.

"¿Has hablado con Raúl últimamente?" le preguntó una de sus compañeras en la sala de descanso, rompiendo el hilo de pensamientos de Mariana.

"No," respondió ella, manteniendo su tono neutral. "No he tenido la oportunidad."

Su compañera asintió, casi con un suspiro. "Es raro. Nadie habla con él directamente. Todo se hace a través de su asistente o de los altos mandos. Él tiene una forma... única de dirigir las cosas."

Mariana observó a su compañera con más atención. "¿Única?"

"Sí. Fría. Calculadora. Siempre parece estar a mil pasos por delante de todos los demás. Es como si estuviera jugando un juego que nadie más entiende." La mujer rió suavemente. "No hay espacio para dudas con él. Y tampoco para emociones."

Esas palabras quedaron flotando en el aire. Mariana había oído rumores sobre Raúl, pero escucharlas de alguien dentro de la empresa le dio una nueva perspectiva. "Supongo que eso es lo que lo ha hecho tan exitoso," dijo, no tanto como una afirmación, sino como una reflexión.

"Exacto," respondió su compañera, mientras tomaba su café. "Lo que muchos no entienden es que, para Raúl, las emociones son una debilidad. Y eso es lo que lo hace tan eficiente."

La conversación la dejó pensativa. Mariana sentía que, en ese mundo corporativo, las emociones eran vistas como un lastre, algo que no podía permitirse si quería ascender. ¿Era eso lo que Raúl le exigía a todos los que lo rodeaban? No mostrar debilidad, no mostrar vulnerabilidad. Solo resultados. ¿Y era eso lo que él quería de ella?

Durante los días siguientes, Mariana se centró aún más en su trabajo. Cada tarea que le asignaban la cumplía con dedicación absoluta, buscando siempre la perfección. Sabía que ese era el único camino para ganar terreno en una empresa tan competitiva. Con cada informe entregado, con cada reunión exitosa, su nombre empezaba a circular entre los altos ejecutivos. Aunque no había tenido una conversación directa con Raúl desde su primer encuentro, sus ojos siempre parecían seguirla en los pasillos, y su presencia estaba constantemente latente, como una sombra al acecho.

Un viernes por la tarde, cuando Mariana estaba en su escritorio revisando unos documentos para un proyecto importante, recibió un correo de su asistente personal: "El Sr. Vázquez quiere verla en su oficina ahora."

El corazón de Mariana dio un vuelco. Su estómago se tensó de inmediato. Sabía que este momento iba a llegar algún día, pero ahora que estaba aquí, sentía la presión de una forma completamente diferente. ¿Por qué la quería Raúl? ¿Era solo por el trabajo que había estado haciendo, o había algo más detrás de su solicitud?

Mariana dejó los papeles sobre su escritorio, ajustó su chaqueta con rapidez y se dirigió al ascensor. El viaje hacia la planta alta, donde se encontraba la oficina de Raúl, pareció interminable. A medida que las puertas del ascensor se cerraban, se vio reflejada en el espejo del fondo, respirando hondo para calmar los nervios. Tenía que mantenerse firme. Esta era una oportunidad, sin duda, pero también una prueba. Una prueba de lo que Raúl esperaba de ella.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, la luz suave de la oficina de Raúl iluminó el pasillo. Mariana caminó con paso decidido, aunque el eco de sus tacones en el suelo de mármol parecía resonar más fuerte de lo normal. Cuando llegó a su oficina, la puerta se abrió sin necesidad de que tocara. El asistente personal de Raúl la hizo pasar sin una palabra, y ella entró en la fría y austera oficina de su jefe.

Raúl estaba de pie junto a su ventana, mirando la ciudad. No se giró inmediatamente cuando entró, lo que aumentó aún más la tensión en el aire.

"Sra. González," dijo finalmente, sin volverse. "He estado observando su desempeño."

Mariana se quedó quieta, esperando que continuara, pero la incertidumbre crecía dentro de ella. "¿Y qué opina, Sr. Vázquez?"

Raúl giró la cabeza lentamente, con una expresión neutral, pero que dejaba claro que estaba evaluándola con detenimiento. "No me interesa lo que hacen los demás. Solo me interesa lo que usted es capaz de hacer." Sus ojos se fijaron en ella, fríos pero intensos. "Veamos si está dispuesta a seguir tomando decisiones difíciles."

Mariana sintió una descarga de adrenalina recorrer su cuerpo. Esa era la oportunidad que había estado esperando, pero al mismo tiempo, el precio que Raúl pedía parecía mucho más alto de lo que ella había imaginado.

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