Chapter 6

“Como las ciudades en guerra, todas la mujeres tienen un blanco indefenso. Cuando se les descubre, la plaza se rinde inmediatamente”

El Marqués de Sade

Sara fue hasta su habitación, se lanzó de espaldas sobre su cama, no podía entender por qué su madre estaba dispuesta a olvidarse de su padre. Él era un hombre maravilloso, ella lo recuerda de aquel modo, cariñoso, atento y muy preocupado por su madre y por ella. ¿Cómo podía su madre no recordarlo también?

Habían pasado cinco años de aquel terrible momento cuando su madre salió del dormitorio matrimonial, ella estaba recostada de la baranda de la escalera y al ver el rostro de su madre, supo de inmediato que algo terrible había ocurrido, Amanda le anunció aquella nefasta noticia:

—Mi amor, no pudieron hacer nada, Anthony murió.

Las lágrimas se asoman en su rostro como en aquel momento, le dolía su ausencia, no ver su sonrisa amable, no sentir su abrazo y su apoyo.

No era que Sara no amara a su madre, pero ella era distinta a su padre, era una mujer distante y críptica. Y algo en el fondo le decía que su padre había tomado aquella decisión de desaparecer de sus vidas por culpa de su madre.

En tanto, Amanda termina de recoger las cosas que usó para curar la herida de su hija, por más que ella hiciera todo lo que estaba en sus manos para brindarle seguridad y amor a Sara, esta siempre se mostraba reacia y la rechazaba.

Abre la gaveta y toma el retrato de Anthony, dibuja con sus dedos el

rostro de él.

—Eres tan igual a ella. Cualquiera creería que de verdad eres... —hace una pausa, su móvil suena y ella lo toma. Revisa aquel mensaje y permanece pensativa.

Guarda el móvil y se levanta para avisarle a Sara que debe regresar al hospital. Toca la puerta un par de veces, finalmente Sara se levanta y abre la puerta.

—¿Qué quieres mamá? Estoy estudiando —señala la cama sobre la cual está la laptop y su libreta de anotaciones.

—Disculpa Sara, sólo venía a decirte que debo ir a la clínica, voy a hacerle la guardia a una de las enfermeras que no podrá ir hoy. En la nevera dejé la comida que dejaste hoy y también la que llevarás mañana para tu trabajo.

Ver lo abnegada que es su madre en esos instantes, la hace sentirse un poco injusta.

—¡Gracias, mamá! —la abraza.— Te quiero.

—Y yo a ti, cariño. Nunca lo dudes.

Amanda sale de la habitación de su hija y Sara regresa a su PC. Mientras escucha la puerta de la sala principal cerrarse, se recuesta y continúa leyendo el libro digital que Ann le envió.

A pesar de sus diecisiete años, Sara es una chica diferente, sólo ha tenido un novio, Felix el chico que trabajaba como vigilante en el instituto donde ella estaba estudiando, a quien conoció año y medio atrás, mas aquella relación fue tan fugaz como su primer beso.

Llevaban una semana saliendo, Felix era unos diez años mayor que ella, esa noche la invitó a cenar a una pizzeria y luego la llevó a su pequeño apartamento, cuando estuvieron instalados en aquel lugar y a solas, sin testigos que los observaran, el apuesto joven comenzó a besarla y acariciarla de manera poco sutil; ella aún recuerda su lengua como una serpiente dentro de su boca moviéndose por todos lados, y como luego, él tomó su mano y la colocó sobre su miembro rígido y duro.

—Sientes como me pones, mi reina. —ella apartó su mano con rapidez.

—¿Qué se supone que haces? —preguntó con estupor.

—Nada que no te guste, princesa.

—Pues no me agrada, apenas llevamos una semana conversando, es nuestra primera cita y quieres follar conmigo.

—¿Qué rayos te pasa? Cuando aceptas una invitación del chico que te gusta es porque estás dispuesta a pasarla rico.

—No, estás muy equivocado. No soy como el resto de las chicas que conoces.

—¡Jajajaj! —rió de forma burlona— No tienes que hacerte la interesante conmigo, tu amiga Leah me dijo que eras todo terreno.

Las palabras de aquel chico, le provocan repulsión, su propia compañera, la que decía ser su amiga, la había vendido.

—Pues ve y búscala a ella, yo no pienso estar con un tipo como tú.

Sara se levantó rápidamente del sofá, tomó su bolso y a pesar de la insistencia de Felix pidiendo que se detuviera, ella salió indignada de aquel lugar.

Aquella primera experiencia fue desagradable para Sara y provocó que ella y Leah se enemistaran por un buen tiempo. Mas, el destino las había puesto nuevamente juntas, debían estar en la misma empresa y quisieran o no, tenían que olvidarse de aquel incidente, doblegar su orgullo y asumir la responsabilidad de la oportunidad que se le presentaba a ambas.

Sara tomó la laptop, la colocó sobre su pecho y continuó leyendo aquel libro, cuyo contenido se iba volviendo cada vez más excitante y explícito en cada capítulo. Relee el mensaje de su amiga: “Haz todo lo que dice, verás que es genial”

La morena de ojos claros, deslizó su mano derecha por debajo de la tela de algodón de su pijama y con sus dedos separó sus labios verticales colocando el dedo índice en uno de sus labios y el anular en el otro, mientras con el dedo medio tanteaba aquel punto rojo especificado en la imagen. Movimientos circulares y lentos comenzaron a hacer que el pistilo rosado se endureciera a medida que ella lo frotaba, lo que provocaba a su vez que su vagina se humedeciera y contrajera rápidamente.

Sara continuó moviendo sus dedos con poca precisión, aún así obtuvo una leve sensación placentera. Sin darse cuenta ni proponérselo la imagen de su jefe apareció en su mente. Ella apretó sus ojos con fuerza y luego los abrió con lentitud buscando que aquel rostro desapareciera de su cabeza.

¿Por qué había aparecido aquella imagen de su insoportable jefe justo cuando estaba masturbándose? ¿Qué era aquella extraña sensación que provocaba Ben Collins en ella?

Chapter 7

“Antes que todas las cosas, en un comienzo, fue el infinito Caos.”

Hesíodo

Ben llegó a su mansión, luego de aquel día lleno de inconvenientes y problemas. Primero, el choque con aquella chica en el café, luego el inconveniente con Davis y tercero, las llamadas de su ex a quien no se digno a responderle.

Subió hasta su habitación, se quitó la chaqueta y la dejó sobre la cama, aún sentía el olor a café en su ropa, por más que intentó quitar aquel aroma con gel y perfume, no lograba eliminarlo así como tampoco lograba eliminar de su mente, a la culpable de aquel aroma.

Sonríe con satisfacción al recordar el cuerpo tembloroso y los labios húmedos de la nueva pasante cuando la tomó de ambos brazos. Aunque estaba enojado con ella, no podía negar que le gustaba la idea de sentir el control sobre ella.

Ben siempre ha sido un hombre obsesionado por controlar todo a su alrededor, sólo que la vida se ha encargado de hacerle ver que eso es imposible. Su matrimonio perfecto se derrumbó cuando descubrió que su mujer lo había traicionado con su propio chofer. Mientras él se ocupaba en trabajar día y noche por brindarle una vida llena de los lujos, a los que su esposa staba acostumbrada a tener, la hermosa mujer se revolcaba con Emir, el chofer que él contrató para ella. Sus hijos, llevaban estilos de vida tan antagónicos al suyo que a veces pensaba que era um complot del universo para derrumbarlo.

Aún así, Ben Collins era indestructible o eso quería parecer.

Terminó de desvestirse y fue hasta la ducha, necesitaba relajarse un poco, y lo logró momentáneamente. Minutos después salió del baño envuelto con su albornoz blanco, se sentó en la cama y se dispuso a descansar un poco para luego bajar a cenar.

Los golpes en la puerta lo sacaron de su estado de expectación.

—Sr Collins, por favor, ¿está allí? —preguntó la empleada de confianza de Ben. Él se levantó, abrió la puerta un tanto enojado por la interrupción a su descanso.

—¿Qué ocurre, María?

—Señor, la Sra Erika necesita hablar con usted. —le entrega el teléfono inalámbrico.

—Puede retirarse, María. —Ben cierra la puerta y atiende la llamada— ¿Qué es lo que quieres, Erika? ¿Para qué me llamas?

—Se trata de Jaspe, tuvo un accidente en su auto y está muy mal, Ben.

El hombre palidece ante aquella noticia.

—¿Qué dices? ¿Dónde está? —pregunta angustiado.

La mujer le indica la dirección de la clínica. Ben lanza el teléfono sobre la cama, comienza a vestirse apresuradamente, toma las llaves de su auto y baja las escaleras dando largas zancadas. Sale de la mansión y sube a su auto. Durante el trayecto sólo piensa en su hija.

—¡Dios! No permitas que le pase algo a mi hija. —golpea una y otra vez el volante, con frustración, con impotencia, con culpabilidad.

Él había recibido las llamadas de Erika durante toda la tarde, aún así su orgullo le había impedido atender a su ex. Si hubiese dejado de lado su ego habría contestado, sólo espera que no sea demasiado tarde. Las lágrimas se deslizan por su rostro, él las limpia con el antebrazo.

Minutos después aparca el auto y baja de su coche. Se encamina hasta la entrada de la clínica. Camina por el largo pasillo sin detenerse, llega a la recepción, pregunta por su hija:

—La Srta Jaspe Collins ¿Dónde se encuentra?

—¿Es usted familiar? —pregunta la mujer.

—Es mi hija, joder. —esgrime.

—Disculpe, son políticas de la empresa. La Srta Coliins se encuentra en sala de recuperación en la UCI. Mas, es un área restrin... —antes de que la recepcionista complete la frase, Ben la deja con la palabra en la boca y se encamina hacia ese lugar.

Al llegar, en la sala de espera se encuentra con Erika, quien al verlo se lanza entre sus brazos y se refugia en su pecho.

—Ben, nuestra hija está muy mal. —llora desconsoladamente, mientras el pelirrubio, la abraza, a pesar de su frialdad, dentro de él seguía sintiendo algo por su Erika.

—No te preocupes, Jaspe va a estar bien, haremos lo que sea para que ella esté bien.

—No me dejes sola en este momento —ella levanta su rostro y lo mira a los ojos.

—Nunca te dejé sola —responde con cierta hostilidad. Para Ben, escuchar esa frase era revivir aquel momento de su pasado en el que su esposa justificaba con ese argumento su traición.

Ben la lleva hasta la silla, Erika se sienta y lo mira con la angustia dibujada en su rostro.

—Ya regreso, voy a hablar con el médico. —ella asiente.

Ben se aleja por el pasillo en dirección al consultorio médico. Toca la puerta un par de veces, aguarda la aprobación para entrar.

—¡Adelante! —Ben abre la puerta, entra y se aproxima al escritorio del médico.— Siéntese por favor —le indica, termina de darle instrucciones a la enfermera de turno, luego que esta sale, le pregunta:— ¿En qué puedo ayudarle?

—Soy Ben Collins y soy el padre de Jaspe Collins. Quiero saber cómo está mi hija.

—La paciente tuvo un fuerte accidente, realmente de milagro está con vida —Ben se lleva las manos al rostro— Tuvo una contusión cerebral bastante fuerte por lo que tuvimos que intervenir quirúrgicamente de inmediato. Está en recuperación, las siguientes cuarenta y ocho horas serán cruciales.

—¿Puedo ver a mi hija? —la voz de Ben está cargada de tristeza y dolor.

—No, lo lamento. La paciente no puede recibir visitas, lo mejor es que usted y su esposa, regresen a su casa y vengan mañana. No tiene sentido que estén aquí.

—¿Doctor, ella va a estar bien? —pregunta y esta vez su miedo lo hace estremecer por completo.

—Posiblemente logre sobrevivir, mas las secuelas del accidente no sé que tan graves puedan ser. Hay que esperar que despierte, sólo nos queda esperar y tener fe, es una chica joven y fuerte.

Aquella respuesta maquillada con pinceladas de esperanza, dejan en Ben un sabor amargo y la angustia a flor de piel, todo en ese día había sido un caos, un completo caos...

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