Chapter 5

“El verdadero recuerdo de quien amamos se guarda en el corazón, no en los ojos”

A.K.M

Davis regresó de su almuerzo, cuando entró a su oficina, Sara estaba terminando de limpiar su herida.

—¿Srta Clark, qué le ocurrió?

—No fue nada, una pequeña herida.

—¿Está segura? —se acercó para verificar que no era de gravedad.

—Sí, no se preocupe todo está bien. —se levantó del sofá y caminó hasta su escritorio.

—¿Puede caminar sin problema? —insistió visiblemente preocupado.

—Sí, no fue nada. ¡De verdad!

—Bien, ¿podría ir a la oficina de mi asistente personal y pedirle estos documentos? —le entregó un papel con los números de registros que necesitaba.

—En seguida se los traigo. —caminó con un poco de incomodidad, la herida comenzaba a palpitarle como un corazón.

Salió al pasillo, el papel que llevaba en la mano se le cayó cuando intentó cerrar la puerta de la oficina de su jefe, pensó dos veces como agacharse sin lastimarse. Por lo que se sujetó de la pared y elevó la pierna herida hacia atrás para inclinarse. Cuando levantó la vista se encontró de frente con un apuesto rubio de ojos grises que sonreía sujetando el papel en su mano.

—¿Bailarina de ballet o patinaje? —ella lo miró con enojo y trató de incorporarse.

—No, ninguna de las dos opciones. —respondió irritada.

—Ten, lo dije en broma. Soy Michael, pero puedes llamarme Mich. —extendió su mano— También trabajo aquí. —ella estrechó su mano con fuerza.

—Hola, soy Sara. Y soy nueva en la empresa.

—Wow! ¿No me digas que eres la chica del café y la estatuilla? —ella lo miró sorprendida. ¿Cómo podía saber de ella?

—Imagino que sí. Soy la chica que derramó sin querer el café sobre el dueño de la empresa y que luego quebró su estatuilla de arcilla. —asintió con firmeza— Con su permiso. Voy de afán.

Michael se hizo a un lado y ella pasó cerca de él como un huracán. Entró a su oficina sonriendo. Aquella hermosa chica tenía carácter. Hasta ahora sólo se había topado con chicas dulces, fáciles de conquistar y muy sumisas. Mas aquella chica tenía algo especial, era volátil e intempestiva.

—Será divertido, dominarte —murmuró.

—¿Perdón? ¿Hablaba conmigo? —preguntó la chica de rasgos asiáticos que estaba en la oficina esperando por él.

—Dios, hoy es el día en que los ángeles caen del cielo —Leah se ruborizó con sus palabras.

—Soy Leah ¿trabajas aquí? —preguntó coquetamente.

—Sí, soy —se quedó pensativo y prefirió no decir que era hijo del prepotente CEO, si tenía intenciones de divertirse con aquellas chicas, era mejor mantener oculta su verdadera identidad.— Soy Michael Foster —respondió usando el apellido de su madre.

—Yo soy Leah Lee. —estrechó su mano sin dejar de mirarlo fijamente.

—Bienvenida Leah. No sabía que me habían asignado a una hermosa pasante.

—Realmente no. El Sr. Mendiola me pidió que lo buscara. Su oficina estaba abierta, por eso entré para esperarlo.

—Tendré que exigirle a mi pa... —interrumpió la frase— Jefe para que me envíe alguna asistente tan guapa como tú.

Michael podía reconocer a las chicas en un dos por tres, un simple gesto o movimiento corporal y ya podía intuir si era una presa fácil, no muy fácil o difícil. Leah era del primer grupo, mientras la chica hablaba movía su cabello lacio, negro de un lado a otro con su mano.

—Vamos entonces, veamos que quiere el Ing. Mendiola. —le cedió el paso, mientras reconocía visualmente las proporciones de la nueva pasante.— Nada mal —murmuró.

La dos siguientes horas transcurrieron lentamente, Sara sentía el estómago arderle de hambre. No había comido nada, excepto el café a medias que se tomó esa mañana.

Finalmente, el reloj marcó la hora de salida. Por suerte solo debían cubrir seis horas. Tomó su bolso y se despidió de su jefe.

—Hasta mañana Sr Anderson.

—Hasta mañana Sara. Espero que mañana sea un mejor día para ti. —ella sonrió, lo mismo esperaba.

Salió apresurada de la oficina de su jefe, Ann también venía saliendo.

—No veía el momento de salir —dijo y suspiró profundamente.

—Ni yo. Estoy hambrienta.

—Yo debo tomar el bus para poder llegar a casa y almorzar.

—Vamos a la cafetería, te invito a comer algo.

—¿De verás? —preguntó sorprendida.

—Claro tonta. Te debo una. El Sr Collins quedó encantado con tu trabajo.

—Nuestro trabajo. Tú también me ayudaste.

Salieron risueñas, felices de su primer día de pasantías. Entraron a la cafetería, al cruzar la puerta ella sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo, se estremeció y entró.

Al mismo momento, en su oficina, Ben sintió lo mismo, una sensación le recorrió la espalda, su piel se erizó y la mirada de aquellos ojos verdes, apareció repentinamente como el flash de una cámara quedándose grabado en su retina.

Después de la cafetería Ann y Sara fueron hasta la parada del tren subterráneo. Ambas tomaban rutas diferentes, se despidieron y cada una fue hasta la estación contraria del viaducto.

Sara estaba exhausta, su pierna latía cada vez con más frecuencia. Subió al tren, por suerte había un asiento libre, lo tomó y se recostó del vidrio. Durante todo el viaje no hizo otra cosa que pensar y recordar cada uno de los eventos de esa mañana, sobre todo aquellos donde el protagonista principal era el prepotente Sr Ben Collins. Su sonrisa, sus labios, su mirada, su aliento, se repetían una detrás de la otra como en un retroproyector antiguo.

Después de media hora, la operadora anunció la estación donde ella debía quedarse. Bajó del tren, caminó algunas cuadras. Por fin estaba en casa, subió las escaleras hasta el segundo piso. Abrió la puerta del apartamento y entró.

—¿Cómo te fue mi niña?

—¡Uff! Ni me lo preguntes mamá. Fue un día terrible y a ti.

—Bien, como siempre. Algunos accidentes de tránsito, heridos y una joven que se debate entre la vida y la muerte. —Exhaló un suspiro— De apellido Collins o algo así —agregó.

—¿Collins? —preguntó sorprendida.

¿Tendría que ver con su jefe? Se preguntó angustiada. Luego su mismo raciocinio le hizo dudar, habiendo tantos Collins en la ciudad, no tenía que estar relacionado con su jefe. ¿Por qué todo desde esa mañana, parecía girar en torno a él? ¿Qué era esa rara emoción que la invadía de solo pensarlo?

—¿Pasa algo, mi amor?

—No, mamá nada. —se levantó y caminó hasta el baño del pequeño apartamento.— ¿Habrá algo que pueda echarme en la pierna? —le preguntó a su madre.

—¿Qué te ocurrió? —fue apresuradamente hasta el baño.

—Me corté con un pedazo de arcilla. Me duele a montón. —le mostró la pierna.

—¡Carajos! Tienes eso muy rojo. Ven vamos a mi cuarto. Necesito limpiarte la herida.

Sara fue hasta la habitación de su madre, a la cual rara vez entraba desde que cumplió sus doce años.

—Siéntate —le pidió Amanda, mientras sacaba el botiquín de medicinas del guardarropas.

—¿Dónde está la foto de mi padre? —preguntó irritada al no verla sobre la mesa de noche.

—La guardé —respondió parcamente.

—¿Por qué? ¿Ya no lo amas?

—No se trata de eso, Sara. Nunca podré dejar de querer a tu padre, pero su recuerdo me provoca melancolía, creo que es hora de cerrar el ciclo y continuar con mi vida. —dijo, mientras limpiaba la herida con el alcohol.

—No quiero que me toques —respondió con enojo.

—¿Por qué te enojas Sara?

—No me enojo. Me duele ver que prefieres olvidarlo y enterrar para siempre su recuerdo. —se levantó y fue hasta su dormitorio.

Amanda respiró profundamente, aunque tratara de explicarle a Sara lo que le estaba pasando, ella nunca la entendería. Los hijos siempre ven y piensan que sus padres como seres perfectos.

Chapter 6

“Como las ciudades en guerra, todas la mujeres tienen un blanco indefenso. Cuando se les descubre, la plaza se rinde inmediatamente”

El Marqués de Sade

Sara fue hasta su habitación, se lanzó de espaldas sobre su cama, no podía entender por qué su madre estaba dispuesta a olvidarse de su padre. Él era un hombre maravilloso, ella lo recuerda de aquel modo, cariñoso, atento y muy preocupado por su madre y por ella. ¿Cómo podía su madre no recordarlo también?

Habían pasado cinco años de aquel terrible momento cuando su madre salió del dormitorio matrimonial, ella estaba recostada de la baranda de la escalera y al ver el rostro de su madre, supo de inmediato que algo terrible había ocurrido, Amanda le anunció aquella nefasta noticia:

—Mi amor, no pudieron hacer nada, Anthony murió.

Las lágrimas se asoman en su rostro como en aquel momento, le dolía su ausencia, no ver su sonrisa amable, no sentir su abrazo y su apoyo.

No era que Sara no amara a su madre, pero ella era distinta a su padre, era una mujer distante y críptica. Y algo en el fondo le decía que su padre había tomado aquella decisión de desaparecer de sus vidas por culpa de su madre.

En tanto, Amanda termina de recoger las cosas que usó para curar la herida de su hija, por más que ella hiciera todo lo que estaba en sus manos para brindarle seguridad y amor a Sara, esta siempre se mostraba reacia y la rechazaba.

Abre la gaveta y toma el retrato de Anthony, dibuja con sus dedos el

rostro de él.

—Eres tan igual a ella. Cualquiera creería que de verdad eres... —hace una pausa, su móvil suena y ella lo toma. Revisa aquel mensaje y permanece pensativa.

Guarda el móvil y se levanta para avisarle a Sara que debe regresar al hospital. Toca la puerta un par de veces, finalmente Sara se levanta y abre la puerta.

—¿Qué quieres mamá? Estoy estudiando —señala la cama sobre la cual está la laptop y su libreta de anotaciones.

—Disculpa Sara, sólo venía a decirte que debo ir a la clínica, voy a hacerle la guardia a una de las enfermeras que no podrá ir hoy. En la nevera dejé la comida que dejaste hoy y también la que llevarás mañana para tu trabajo.

Ver lo abnegada que es su madre en esos instantes, la hace sentirse un poco injusta.

—¡Gracias, mamá! —la abraza.— Te quiero.

—Y yo a ti, cariño. Nunca lo dudes.

Amanda sale de la habitación de su hija y Sara regresa a su PC. Mientras escucha la puerta de la sala principal cerrarse, se recuesta y continúa leyendo el libro digital que Ann le envió.

A pesar de sus diecisiete años, Sara es una chica diferente, sólo ha tenido un novio, Felix el chico que trabajaba como vigilante en el instituto donde ella estaba estudiando, a quien conoció año y medio atrás, mas aquella relación fue tan fugaz como su primer beso.

Llevaban una semana saliendo, Felix era unos diez años mayor que ella, esa noche la invitó a cenar a una pizzeria y luego la llevó a su pequeño apartamento, cuando estuvieron instalados en aquel lugar y a solas, sin testigos que los observaran, el apuesto joven comenzó a besarla y acariciarla de manera poco sutil; ella aún recuerda su lengua como una serpiente dentro de su boca moviéndose por todos lados, y como luego, él tomó su mano y la colocó sobre su miembro rígido y duro.

—Sientes como me pones, mi reina. —ella apartó su mano con rapidez.

—¿Qué se supone que haces? —preguntó con estupor.

—Nada que no te guste, princesa.

—Pues no me agrada, apenas llevamos una semana conversando, es nuestra primera cita y quieres follar conmigo.

—¿Qué rayos te pasa? Cuando aceptas una invitación del chico que te gusta es porque estás dispuesta a pasarla rico.

—No, estás muy equivocado. No soy como el resto de las chicas que conoces.

—¡Jajajaj! —rió de forma burlona— No tienes que hacerte la interesante conmigo, tu amiga Leah me dijo que eras todo terreno.

Las palabras de aquel chico, le provocan repulsión, su propia compañera, la que decía ser su amiga, la había vendido.

—Pues ve y búscala a ella, yo no pienso estar con un tipo como tú.

Sara se levantó rápidamente del sofá, tomó su bolso y a pesar de la insistencia de Felix pidiendo que se detuviera, ella salió indignada de aquel lugar.

Aquella primera experiencia fue desagradable para Sara y provocó que ella y Leah se enemistaran por un buen tiempo. Mas, el destino las había puesto nuevamente juntas, debían estar en la misma empresa y quisieran o no, tenían que olvidarse de aquel incidente, doblegar su orgullo y asumir la responsabilidad de la oportunidad que se le presentaba a ambas.

Sara tomó la laptop, la colocó sobre su pecho y continuó leyendo aquel libro, cuyo contenido se iba volviendo cada vez más excitante y explícito en cada capítulo. Relee el mensaje de su amiga: “Haz todo lo que dice, verás que es genial”

La morena de ojos claros, deslizó su mano derecha por debajo de la tela de algodón de su pijama y con sus dedos separó sus labios verticales colocando el dedo índice en uno de sus labios y el anular en el otro, mientras con el dedo medio tanteaba aquel punto rojo especificado en la imagen. Movimientos circulares y lentos comenzaron a hacer que el pistilo rosado se endureciera a medida que ella lo frotaba, lo que provocaba a su vez que su vagina se humedeciera y contrajera rápidamente.

Sara continuó moviendo sus dedos con poca precisión, aún así obtuvo una leve sensación placentera. Sin darse cuenta ni proponérselo la imagen de su jefe apareció en su mente. Ella apretó sus ojos con fuerza y luego los abrió con lentitud buscando que aquel rostro desapareciera de su cabeza.

¿Por qué había aparecido aquella imagen de su insoportable jefe justo cuando estaba masturbándose? ¿Qué era aquella extraña sensación que provocaba Ben Collins en ella?

Chapter 7

“Antes que todas las cosas, en un comienzo, fue el infinito Caos.”

Hesíodo

Ben llegó a su mansión, luego de aquel día lleno de inconvenientes y problemas. Primero, el choque con aquella chica en el café, luego el inconveniente con Davis y tercero, las llamadas de su ex a quien no se digno a responderle.

Subió hasta su habitación, se quitó la chaqueta y la dejó sobre la cama, aún sentía el olor a café en su ropa, por más que intentó quitar aquel aroma con gel y perfume, no lograba eliminarlo así como tampoco lograba eliminar de su mente, a la culpable de aquel aroma.

Sonríe con satisfacción al recordar el cuerpo tembloroso y los labios húmedos de la nueva pasante cuando la tomó de ambos brazos. Aunque estaba enojado con ella, no podía negar que le gustaba la idea de sentir el control sobre ella.

Ben siempre ha sido un hombre obsesionado por controlar todo a su alrededor, sólo que la vida se ha encargado de hacerle ver que eso es imposible. Su matrimonio perfecto se derrumbó cuando descubrió que su mujer lo había traicionado con su propio chofer. Mientras él se ocupaba en trabajar día y noche por brindarle una vida llena de los lujos, a los que su esposa staba acostumbrada a tener, la hermosa mujer se revolcaba con Emir, el chofer que él contrató para ella. Sus hijos, llevaban estilos de vida tan antagónicos al suyo que a veces pensaba que era um complot del universo para derrumbarlo.

Aún así, Ben Collins era indestructible o eso quería parecer.

Terminó de desvestirse y fue hasta la ducha, necesitaba relajarse un poco, y lo logró momentáneamente. Minutos después salió del baño envuelto con su albornoz blanco, se sentó en la cama y se dispuso a descansar un poco para luego bajar a cenar.

Los golpes en la puerta lo sacaron de su estado de expectación.

—Sr Collins, por favor, ¿está allí? —preguntó la empleada de confianza de Ben. Él se levantó, abrió la puerta un tanto enojado por la interrupción a su descanso.

—¿Qué ocurre, María?

—Señor, la Sra Erika necesita hablar con usted. —le entrega el teléfono inalámbrico.

—Puede retirarse, María. —Ben cierra la puerta y atiende la llamada— ¿Qué es lo que quieres, Erika? ¿Para qué me llamas?

—Se trata de Jaspe, tuvo un accidente en su auto y está muy mal, Ben.

El hombre palidece ante aquella noticia.

—¿Qué dices? ¿Dónde está? —pregunta angustiado.

La mujer le indica la dirección de la clínica. Ben lanza el teléfono sobre la cama, comienza a vestirse apresuradamente, toma las llaves de su auto y baja las escaleras dando largas zancadas. Sale de la mansión y sube a su auto. Durante el trayecto sólo piensa en su hija.

—¡Dios! No permitas que le pase algo a mi hija. —golpea una y otra vez el volante, con frustración, con impotencia, con culpabilidad.

Él había recibido las llamadas de Erika durante toda la tarde, aún así su orgullo le había impedido atender a su ex. Si hubiese dejado de lado su ego habría contestado, sólo espera que no sea demasiado tarde. Las lágrimas se deslizan por su rostro, él las limpia con el antebrazo.

Minutos después aparca el auto y baja de su coche. Se encamina hasta la entrada de la clínica. Camina por el largo pasillo sin detenerse, llega a la recepción, pregunta por su hija:

—La Srta Jaspe Collins ¿Dónde se encuentra?

—¿Es usted familiar? —pregunta la mujer.

—Es mi hija, joder. —esgrime.

—Disculpe, son políticas de la empresa. La Srta Coliins se encuentra en sala de recuperación en la UCI. Mas, es un área restrin... —antes de que la recepcionista complete la frase, Ben la deja con la palabra en la boca y se encamina hacia ese lugar.

Al llegar, en la sala de espera se encuentra con Erika, quien al verlo se lanza entre sus brazos y se refugia en su pecho.

—Ben, nuestra hija está muy mal. —llora desconsoladamente, mientras el pelirrubio, la abraza, a pesar de su frialdad, dentro de él seguía sintiendo algo por su Erika.

—No te preocupes, Jaspe va a estar bien, haremos lo que sea para que ella esté bien.

—No me dejes sola en este momento —ella levanta su rostro y lo mira a los ojos.

—Nunca te dejé sola —responde con cierta hostilidad. Para Ben, escuchar esa frase era revivir aquel momento de su pasado en el que su esposa justificaba con ese argumento su traición.

Ben la lleva hasta la silla, Erika se sienta y lo mira con la angustia dibujada en su rostro.

—Ya regreso, voy a hablar con el médico. —ella asiente.

Ben se aleja por el pasillo en dirección al consultorio médico. Toca la puerta un par de veces, aguarda la aprobación para entrar.

—¡Adelante! —Ben abre la puerta, entra y se aproxima al escritorio del médico.— Siéntese por favor —le indica, termina de darle instrucciones a la enfermera de turno, luego que esta sale, le pregunta:— ¿En qué puedo ayudarle?

—Soy Ben Collins y soy el padre de Jaspe Collins. Quiero saber cómo está mi hija.

—La paciente tuvo un fuerte accidente, realmente de milagro está con vida —Ben se lleva las manos al rostro— Tuvo una contusión cerebral bastante fuerte por lo que tuvimos que intervenir quirúrgicamente de inmediato. Está en recuperación, las siguientes cuarenta y ocho horas serán cruciales.

—¿Puedo ver a mi hija? —la voz de Ben está cargada de tristeza y dolor.

—No, lo lamento. La paciente no puede recibir visitas, lo mejor es que usted y su esposa, regresen a su casa y vengan mañana. No tiene sentido que estén aquí.

—¿Doctor, ella va a estar bien? —pregunta y esta vez su miedo lo hace estremecer por completo.

—Posiblemente logre sobrevivir, mas las secuelas del accidente no sé que tan graves puedan ser. Hay que esperar que despierte, sólo nos queda esperar y tener fe, es una chica joven y fuerte.

Aquella respuesta maquillada con pinceladas de esperanza, dejan en Ben un sabor amargo y la angustia a flor de piel, todo en ese día había sido un caos, un completo caos...

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