Chapter 4

“Apenas un leve roce y la chispa de dos ardientes amantes, se enciende”

A.K.M

A la hora pautada, todos los jefes salieron a su almuerzo, Sara pudo ver cuando David salió acompañado del insoportable CEO y de un hombre más joven. Ella caminó distraída revisando los mensajes de su madre deseándole "el mejor de los días".

—¡Sí, por supuesto! —murmuró entre los dientes. Cuando levantó el rostro, tropezó de frente con Ann quien venía saliendo de la oficina de Ben Colling con una caja de papeles.

—¡Disculpa! —dijo nerviosa— ¿Vas a almorzar? —le preguntó a su amiga.

—No, no tengo tiempo. Debo terminar de organizar esto. Parece que aquí no hubiese estado una asistente por lo menos hace una década —respondió secando su rostro.

—Si quieres, te ayudo. Salí tan rápido esta mañana que olvidé mi almuerzo sobre la mesa, tampoco saldré a almorzar.

—¿De verdad, me ayudarías? —preguntó entusiasmada.

—Claro, para que somos las amigas. —sonrió Sara.

Ann se quedó muda, en cierto forma sentía que había sido injusta con su amiga. Durante las horas de trabajo, no hizo otra cosa que escuchar los insultos de su jefe contra Sara y ella, no se atrevió a defenderla.

—Déjame llevar esta caja al depósito. Espérame en la oficina del jefe, ya regreso.

—¡Vale! —Entró a la oficina y quedó impresionada con la rigidez de aquel lugar, todo parecía colocado milimétricamente. Inclusive los libros organizados por tamaño. Tomó la extraña estatuilla con forma de mujer desnuda y la observó curiosamente desde diferentes ángulos —Dios este hombre debe ser psicópata. —murmuró en voz alta, sin notar la presencia del hombre en la puerta.

—¿Qué se supone que hace? —preguntó en tono estridente, Sara se asustó y dejó caer al suelo la figura de arcilla que tenía en su mano. La joven quedó petrificada al ver los pedazos cayendo regados por todo el piso.

—¡Ahhh! —dejó escapar un grito. Ben la sujetó nuevamente por ambos brazos. Ella lo miró aterrada. Pero esta vez, un escalofrío recorrió su cuerpo. Él la observó fijamente, la acercó hacia sí, se aproximó hacia ella.

Sara sintió su respiración agitada, mientras se elevaba en puntas de pie por el impulso. Ella apenas media un 1.60cms y Ben debía estar cerca del 1,90cms. Eso sin decir, que era musculoso y fuerte.

—Lo siento, lo siento —repitió angustiada. Él sintió satisfacción de verla estremecerse entre sus manos. Repentinamente soltó una carcajada.

Ella lo miró extrañada, estaba confundida. ¿Qué le pasaba a aquel hombre? Pensó sin dejar de mirar su sonrisa perfecta y el par de hoyuelos que se dejaban ver en sus mejillas.

—Esta vez debo agradecerle por destruir esa estatuilla, era un obsequio de mi ex. —la soltó, justo en el instante que Ann entraba.— ¿Qué hace usted en mi oficina? —volvió a interrogarla con exasperación.

—Sr Collins, disculpe. Yo le pedí que me esperara aquí. —intervino Ann.

—¿Quién le dijo a usted que mi oficina es para recibir sus visitas, Srta Campbel? —espetó y Ann sintió que se desmayaría.

—Le pido mil disculpas, Sr Collins. No volverá a ocurrir.

—Eso, téngalo por seguro —respondió, mientras se dirigió a su escritorio, abrió la gaveta y tomó su celular.— Cuando regrese espero no encontrar ni una astilla en el piso Srta Clark. —le ordenó. Ella asintió.

Ben salió de su oficina. Ann se cubrió el rostro al ver el desastre en el piso.

—¿Qué hiciste Sara? ¿En que lío me metiste?

—Estaba viendo la estatuilla. Él me sorprendió con un grito, me puse nerviosa y la dejé caer. —elevó sus hombros.

—¡De seguro lo descontarán de mi sueldo! —se quejó Ann.

—No creo que lo haga, espero que no.

—¿Cómo sabes?

—Pues parecía estar feliz de que lo hubiese roto. —suspiró profundamente al recordar su sonrisa— Vamos, tenemos que trabajar antes de que regrese.

Las dos chicas se organizaron y mientras, una ordenaba por lotes, la otra iba colocando cada lote de forma organizada alfabéticamente. En media hora, ya estaban ordenadas todas las carpetas.

En tanto, en el restaurante, Ben, Davis y Michael almorzaban y reían, mientras él les contaba lo sucedido con la nueva asistente. Michael sintió curiosidad por conocer a la famosa asistente de su padre. El tiempo que llevaba trabajando junto a él, se había enredado con tres de ellas. Quizás esta sería una de sus nuevas presas.

—¿Está guapa? —preguntó, enarcando una ceja.

—Vamos Michael, es una niña. No estoy pendiente de eso —respondió Ben.

—Pues bien que te hizo molestar hoy —intervino Davis.

—Era lo lógico, me derramó el café encima. ¿Qué querías que hiciera? ¿Celebrarle la torpeza? —gruñó.

—No, pero tampoco tratarla como lo hiciste.

—No eres el más idóneo para decirme como tratar a las mujeres. —esgrimió, mientras Michael carraspeó la garganta y Davis aflojó el nido de su corbata antes de responder:

—Gracias por recordarme la orden de caución que tengo por culpa de Silvia. —dejó los cubiertos a un lado y tomó la copa de vino de un solo sorbo.— Hay golpes que se ganan. Me tenía hastiado con su celos infundados y sus maltratos verbales.

—Oh sí, te llaman Jhonny.

—Te burlas porque no te ha tocado conocer una de esas mujeres tóxicas y locas que hay por allí.

—Te falta carácter Davis, por eso Silvia siempre tuvo dominio en la relación.

—Habla el experto en controlar las situaciones. Por lo menos, Silvia no me engañó con mi chofer.

Ben sintió que el rostro se le encendía, tomó por el cuello a su socio.

—¡Hey carajos! Nos están viendo todos, papá. —Ben lo soltó bruscamente.

—Creo que regresaré a mi oficina. —se puso de pie, tomó su chaqueta.

Michael intentó levantarse e ir con él.

—No hace falta que vengas, quédate y termina de almorzar.

El joven obedeció. Ben subió a su auto. En pocos minutos estaba de regreso en su oficina. Aún faltaban veinte minutos para la hora de entrada, a pesar de ser el jefe, le gustaba llegar temprano y ser el último en retirarse. Cuando entró a la oficina, encontró la puerta abierta, Sara estaba terminando de recoger los pedazos de arcilla con la pala y la escoba.

—¿Aún aquí Srta Clark? ¿Hasta cuando tengo que verla?

Sara dejó caer la pala nuevamente con el grito de Ben, aún no era su hora de regresar ¿Qué rayos hacía allí? Se preguntó a sí misma.

—No puede ser ¿Qué pasa con usted? ¿Tiene mantequilla en las manos?

—No señor, perdón, perdón. —se arrodilló para recoger la pala y un pedazo de astilla se clavó en su rodilla. —¡Auch! —se levantó sujetando su pierna.

—¿Qué? También sufre de lumbago. —dijo de forma burlona.

—Creo que me corté. —respondió angustiada.

Ben se acercó para ayudarla. La sujetó del brazo y ella se apoyó en él, mientras la ayudaba a sentarse en el mueble. Ella se puso nerviosa al ver la sangre saliendo de su rodilla.

Él tomó su pierna con cuidado y ella sintió su vagina contraerse con el roce de sus grandes manos.

—Creo que no fue mucho. Espere —se levantó y tomó una servilleta. Regresó junto a ella, comenzó a limpiar el hilo de sangre que se deslizaba por debajo de su rodilla.

Cuando él rozó la herida, ella clavó sus uñas en su brazo musculoso.

—¡Auch! —gritó nuevamente.

—Para ser muy altanera es usted bastante cobarde. Apenas la rozo y grita como si la estuviese asesinando.

Sara lo miró con enojo, con un movimiento brusco apartó su pierna.

—Deje, yo puedo sola. No necesito de usted.

Se incorporó, caminó renqueando. Ann la vió y se acercó corriendo.

—¿Qué te pasó ahora? —la tomó del brazo.

—Me corté recogiendo los benditos pedazos de la estatuilla.

—Srta Campbel deje que su compañera vea como resuelve, es muy autosuficiente y no necesita de nadie —dijo con tono irritable.

Sara fue hasta su oficina. Se limpió con cuidado la herida, por suerte no había ninguna astilla en la herida.

Ben, se sentó en su silla, tomó su celular y revisó algunos mensajes.

—Sr Collins, ya terminé mi trabajo. —dijo.

—Wow! Que eficiente. Pensé que pasaría toda la semana ordenando.

—Sí, es que Sara me ayudó.

—¿Sara? —preguntó él, confundido.

—Sí, la Srta Clark. Ella se llama Sara.

Ahora Ben, entendía por qué aquella chica era tan extrovertida, optimista y entusiasta. Su presencia le recordaba a su hermana gemela, quien también se llamaba Sara y había muerto veintiún años atrás en aquel horrible accidente que Ben, nunca ha logrado borrar de su mente.

Chapter 5

“El verdadero recuerdo de quien amamos se guarda en el corazón, no en los ojos”

A.K.M

Davis regresó de su almuerzo, cuando entró a su oficina, Sara estaba terminando de limpiar su herida.

—¿Srta Clark, qué le ocurrió?

—No fue nada, una pequeña herida.

—¿Está segura? —se acercó para verificar que no era de gravedad.

—Sí, no se preocupe todo está bien. —se levantó del sofá y caminó hasta su escritorio.

—¿Puede caminar sin problema? —insistió visiblemente preocupado.

—Sí, no fue nada. ¡De verdad!

—Bien, ¿podría ir a la oficina de mi asistente personal y pedirle estos documentos? —le entregó un papel con los números de registros que necesitaba.

—En seguida se los traigo. —caminó con un poco de incomodidad, la herida comenzaba a palpitarle como un corazón.

Salió al pasillo, el papel que llevaba en la mano se le cayó cuando intentó cerrar la puerta de la oficina de su jefe, pensó dos veces como agacharse sin lastimarse. Por lo que se sujetó de la pared y elevó la pierna herida hacia atrás para inclinarse. Cuando levantó la vista se encontró de frente con un apuesto rubio de ojos grises que sonreía sujetando el papel en su mano.

—¿Bailarina de ballet o patinaje? —ella lo miró con enojo y trató de incorporarse.

—No, ninguna de las dos opciones. —respondió irritada.

—Ten, lo dije en broma. Soy Michael, pero puedes llamarme Mich. —extendió su mano— También trabajo aquí. —ella estrechó su mano con fuerza.

—Hola, soy Sara. Y soy nueva en la empresa.

—Wow! ¿No me digas que eres la chica del café y la estatuilla? —ella lo miró sorprendida. ¿Cómo podía saber de ella?

—Imagino que sí. Soy la chica que derramó sin querer el café sobre el dueño de la empresa y que luego quebró su estatuilla de arcilla. —asintió con firmeza— Con su permiso. Voy de afán.

Michael se hizo a un lado y ella pasó cerca de él como un huracán. Entró a su oficina sonriendo. Aquella hermosa chica tenía carácter. Hasta ahora sólo se había topado con chicas dulces, fáciles de conquistar y muy sumisas. Mas aquella chica tenía algo especial, era volátil e intempestiva.

—Será divertido, dominarte —murmuró.

—¿Perdón? ¿Hablaba conmigo? —preguntó la chica de rasgos asiáticos que estaba en la oficina esperando por él.

—Dios, hoy es el día en que los ángeles caen del cielo —Leah se ruborizó con sus palabras.

—Soy Leah ¿trabajas aquí? —preguntó coquetamente.

—Sí, soy —se quedó pensativo y prefirió no decir que era hijo del prepotente CEO, si tenía intenciones de divertirse con aquellas chicas, era mejor mantener oculta su verdadera identidad.— Soy Michael Foster —respondió usando el apellido de su madre.

—Yo soy Leah Lee. —estrechó su mano sin dejar de mirarlo fijamente.

—Bienvenida Leah. No sabía que me habían asignado a una hermosa pasante.

—Realmente no. El Sr. Mendiola me pidió que lo buscara. Su oficina estaba abierta, por eso entré para esperarlo.

—Tendré que exigirle a mi pa... —interrumpió la frase— Jefe para que me envíe alguna asistente tan guapa como tú.

Michael podía reconocer a las chicas en un dos por tres, un simple gesto o movimiento corporal y ya podía intuir si era una presa fácil, no muy fácil o difícil. Leah era del primer grupo, mientras la chica hablaba movía su cabello lacio, negro de un lado a otro con su mano.

—Vamos entonces, veamos que quiere el Ing. Mendiola. —le cedió el paso, mientras reconocía visualmente las proporciones de la nueva pasante.— Nada mal —murmuró.

La dos siguientes horas transcurrieron lentamente, Sara sentía el estómago arderle de hambre. No había comido nada, excepto el café a medias que se tomó esa mañana.

Finalmente, el reloj marcó la hora de salida. Por suerte solo debían cubrir seis horas. Tomó su bolso y se despidió de su jefe.

—Hasta mañana Sr Anderson.

—Hasta mañana Sara. Espero que mañana sea un mejor día para ti. —ella sonrió, lo mismo esperaba.

Salió apresurada de la oficina de su jefe, Ann también venía saliendo.

—No veía el momento de salir —dijo y suspiró profundamente.

—Ni yo. Estoy hambrienta.

—Yo debo tomar el bus para poder llegar a casa y almorzar.

—Vamos a la cafetería, te invito a comer algo.

—¿De verás? —preguntó sorprendida.

—Claro tonta. Te debo una. El Sr Collins quedó encantado con tu trabajo.

—Nuestro trabajo. Tú también me ayudaste.

Salieron risueñas, felices de su primer día de pasantías. Entraron a la cafetería, al cruzar la puerta ella sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo, se estremeció y entró.

Al mismo momento, en su oficina, Ben sintió lo mismo, una sensación le recorrió la espalda, su piel se erizó y la mirada de aquellos ojos verdes, apareció repentinamente como el flash de una cámara quedándose grabado en su retina.

Después de la cafetería Ann y Sara fueron hasta la parada del tren subterráneo. Ambas tomaban rutas diferentes, se despidieron y cada una fue hasta la estación contraria del viaducto.

Sara estaba exhausta, su pierna latía cada vez con más frecuencia. Subió al tren, por suerte había un asiento libre, lo tomó y se recostó del vidrio. Durante todo el viaje no hizo otra cosa que pensar y recordar cada uno de los eventos de esa mañana, sobre todo aquellos donde el protagonista principal era el prepotente Sr Ben Collins. Su sonrisa, sus labios, su mirada, su aliento, se repetían una detrás de la otra como en un retroproyector antiguo.

Después de media hora, la operadora anunció la estación donde ella debía quedarse. Bajó del tren, caminó algunas cuadras. Por fin estaba en casa, subió las escaleras hasta el segundo piso. Abrió la puerta del apartamento y entró.

—¿Cómo te fue mi niña?

—¡Uff! Ni me lo preguntes mamá. Fue un día terrible y a ti.

—Bien, como siempre. Algunos accidentes de tránsito, heridos y una joven que se debate entre la vida y la muerte. —Exhaló un suspiro— De apellido Collins o algo así —agregó.

—¿Collins? —preguntó sorprendida.

¿Tendría que ver con su jefe? Se preguntó angustiada. Luego su mismo raciocinio le hizo dudar, habiendo tantos Collins en la ciudad, no tenía que estar relacionado con su jefe. ¿Por qué todo desde esa mañana, parecía girar en torno a él? ¿Qué era esa rara emoción que la invadía de solo pensarlo?

—¿Pasa algo, mi amor?

—No, mamá nada. —se levantó y caminó hasta el baño del pequeño apartamento.— ¿Habrá algo que pueda echarme en la pierna? —le preguntó a su madre.

—¿Qué te ocurrió? —fue apresuradamente hasta el baño.

—Me corté con un pedazo de arcilla. Me duele a montón. —le mostró la pierna.

—¡Carajos! Tienes eso muy rojo. Ven vamos a mi cuarto. Necesito limpiarte la herida.

Sara fue hasta la habitación de su madre, a la cual rara vez entraba desde que cumplió sus doce años.

—Siéntate —le pidió Amanda, mientras sacaba el botiquín de medicinas del guardarropas.

—¿Dónde está la foto de mi padre? —preguntó irritada al no verla sobre la mesa de noche.

—La guardé —respondió parcamente.

—¿Por qué? ¿Ya no lo amas?

—No se trata de eso, Sara. Nunca podré dejar de querer a tu padre, pero su recuerdo me provoca melancolía, creo que es hora de cerrar el ciclo y continuar con mi vida. —dijo, mientras limpiaba la herida con el alcohol.

—No quiero que me toques —respondió con enojo.

—¿Por qué te enojas Sara?

—No me enojo. Me duele ver que prefieres olvidarlo y enterrar para siempre su recuerdo. —se levantó y fue hasta su dormitorio.

Amanda respiró profundamente, aunque tratara de explicarle a Sara lo que le estaba pasando, ella nunca la entendería. Los hijos siempre ven y piensan que sus padres como seres perfectos.

Chapter 6

“Como las ciudades en guerra, todas la mujeres tienen un blanco indefenso. Cuando se les descubre, la plaza se rinde inmediatamente”

El Marqués de Sade

Sara fue hasta su habitación, se lanzó de espaldas sobre su cama, no podía entender por qué su madre estaba dispuesta a olvidarse de su padre. Él era un hombre maravilloso, ella lo recuerda de aquel modo, cariñoso, atento y muy preocupado por su madre y por ella. ¿Cómo podía su madre no recordarlo también?

Habían pasado cinco años de aquel terrible momento cuando su madre salió del dormitorio matrimonial, ella estaba recostada de la baranda de la escalera y al ver el rostro de su madre, supo de inmediato que algo terrible había ocurrido, Amanda le anunció aquella nefasta noticia:

—Mi amor, no pudieron hacer nada, Anthony murió.

Las lágrimas se asoman en su rostro como en aquel momento, le dolía su ausencia, no ver su sonrisa amable, no sentir su abrazo y su apoyo.

No era que Sara no amara a su madre, pero ella era distinta a su padre, era una mujer distante y críptica. Y algo en el fondo le decía que su padre había tomado aquella decisión de desaparecer de sus vidas por culpa de su madre.

En tanto, Amanda termina de recoger las cosas que usó para curar la herida de su hija, por más que ella hiciera todo lo que estaba en sus manos para brindarle seguridad y amor a Sara, esta siempre se mostraba reacia y la rechazaba.

Abre la gaveta y toma el retrato de Anthony, dibuja con sus dedos el

rostro de él.

—Eres tan igual a ella. Cualquiera creería que de verdad eres... —hace una pausa, su móvil suena y ella lo toma. Revisa aquel mensaje y permanece pensativa.

Guarda el móvil y se levanta para avisarle a Sara que debe regresar al hospital. Toca la puerta un par de veces, finalmente Sara se levanta y abre la puerta.

—¿Qué quieres mamá? Estoy estudiando —señala la cama sobre la cual está la laptop y su libreta de anotaciones.

—Disculpa Sara, sólo venía a decirte que debo ir a la clínica, voy a hacerle la guardia a una de las enfermeras que no podrá ir hoy. En la nevera dejé la comida que dejaste hoy y también la que llevarás mañana para tu trabajo.

Ver lo abnegada que es su madre en esos instantes, la hace sentirse un poco injusta.

—¡Gracias, mamá! —la abraza.— Te quiero.

—Y yo a ti, cariño. Nunca lo dudes.

Amanda sale de la habitación de su hija y Sara regresa a su PC. Mientras escucha la puerta de la sala principal cerrarse, se recuesta y continúa leyendo el libro digital que Ann le envió.

A pesar de sus diecisiete años, Sara es una chica diferente, sólo ha tenido un novio, Felix el chico que trabajaba como vigilante en el instituto donde ella estaba estudiando, a quien conoció año y medio atrás, mas aquella relación fue tan fugaz como su primer beso.

Llevaban una semana saliendo, Felix era unos diez años mayor que ella, esa noche la invitó a cenar a una pizzeria y luego la llevó a su pequeño apartamento, cuando estuvieron instalados en aquel lugar y a solas, sin testigos que los observaran, el apuesto joven comenzó a besarla y acariciarla de manera poco sutil; ella aún recuerda su lengua como una serpiente dentro de su boca moviéndose por todos lados, y como luego, él tomó su mano y la colocó sobre su miembro rígido y duro.

—Sientes como me pones, mi reina. —ella apartó su mano con rapidez.

—¿Qué se supone que haces? —preguntó con estupor.

—Nada que no te guste, princesa.

—Pues no me agrada, apenas llevamos una semana conversando, es nuestra primera cita y quieres follar conmigo.

—¿Qué rayos te pasa? Cuando aceptas una invitación del chico que te gusta es porque estás dispuesta a pasarla rico.

—No, estás muy equivocado. No soy como el resto de las chicas que conoces.

—¡Jajajaj! —rió de forma burlona— No tienes que hacerte la interesante conmigo, tu amiga Leah me dijo que eras todo terreno.

Las palabras de aquel chico, le provocan repulsión, su propia compañera, la que decía ser su amiga, la había vendido.

—Pues ve y búscala a ella, yo no pienso estar con un tipo como tú.

Sara se levantó rápidamente del sofá, tomó su bolso y a pesar de la insistencia de Felix pidiendo que se detuviera, ella salió indignada de aquel lugar.

Aquella primera experiencia fue desagradable para Sara y provocó que ella y Leah se enemistaran por un buen tiempo. Mas, el destino las había puesto nuevamente juntas, debían estar en la misma empresa y quisieran o no, tenían que olvidarse de aquel incidente, doblegar su orgullo y asumir la responsabilidad de la oportunidad que se le presentaba a ambas.

Sara tomó la laptop, la colocó sobre su pecho y continuó leyendo aquel libro, cuyo contenido se iba volviendo cada vez más excitante y explícito en cada capítulo. Relee el mensaje de su amiga: “Haz todo lo que dice, verás que es genial”

La morena de ojos claros, deslizó su mano derecha por debajo de la tela de algodón de su pijama y con sus dedos separó sus labios verticales colocando el dedo índice en uno de sus labios y el anular en el otro, mientras con el dedo medio tanteaba aquel punto rojo especificado en la imagen. Movimientos circulares y lentos comenzaron a hacer que el pistilo rosado se endureciera a medida que ella lo frotaba, lo que provocaba a su vez que su vagina se humedeciera y contrajera rápidamente.

Sara continuó moviendo sus dedos con poca precisión, aún así obtuvo una leve sensación placentera. Sin darse cuenta ni proponérselo la imagen de su jefe apareció en su mente. Ella apretó sus ojos con fuerza y luego los abrió con lentitud buscando que aquel rostro desapareciera de su cabeza.

¿Por qué había aparecido aquella imagen de su insoportable jefe justo cuando estaba masturbándose? ¿Qué era aquella extraña sensación que provocaba Ben Collins en ella?

Chapters
Customize
Next Chapter
Minishorts Logo
Enjoy full short drama episodes, No waiting, watch now!
MiniShorts Youtube
PRODUCTS AND SERVICES
About us
support@minishorts.com
©2026 MiniShorts All Rights Reserved. CHASINGTOP HK LIMITED