Ahmed no podía creer que la chica se hubiera esfumado, estaba decidido a buscarla hasta encontrarla, no le importaba el tiempo que necesitará para ello, su rostro y su aroma tan particular se habían quedado grabados en su memoria, Zafir aún seguía en Los Ángeles investigando sin obtener resultados, aún no había indicio alguno de aquella chica, Cambell entró en su oficina, irrumpiendo abruptamente sus pensamientos, pego un brinco cuando este entró tan ruidoso como siempre.
—¡Carajo Cambell! Te he dicho que debes de tocar antes de entrar, es una regla básica para demostrar un mínimo de educación.
—Tranquilo amigo, ni que fuera a encontrarte en alguna situación comprometedora con alguien, si así fuera me daría gusto, hasta porras te echaría - dijo el rubio, sonriendo maliciosamente.
—¿Qué se te ofrece? Espero sea algo importante.
—Uno de nuestros socios en Los Ángeles se casa en unas semanas, la próxima semana es su despedida de soltero y nos ha invitado.
—¿Es alguno de los que asistieron a la cena aquel día?
—No, él no pudo asistir, envió a su mano derecha.
—Ve tú, yo paso, no estoy para esos eventos.
—Amigo mío, cómo te explico, Carlo Román Conti, es uno de nuestros socios más importantes, por lo general inyecta un gran capital a nuestros proyectos sin cuestionarlos, podría ofenderse si rechazamos su invitación, está por invertir en la creación de los nuevos equipos, así podremos producirlos a la par de los otros modelos.
—Está bien asistiré —dijo poniendo cara de fastidio, sabes que no acudo a fiestas, pero estaré solo un rato y me marcharé, en esas fiestas suele haber demasiado ruido y excesos.
—Ok hermano, sabia decisión, es seguro que habrá diversión que pienso aprovechar indudablemente - frotó sus manos al decir esto mientras sonreía.
—Para fiestas estoy —gruño Ahmed.
—Llevas cuatro años alejado de la vida social amigo, menos mal que esa chica te hizo romper el celibato, ya me tenías preocupado, incluso llegué a pensar que quizá tenían razón con lo que han dicho y que ya te habías enamorado de mí jajaja.
—Sabes por lo que he pasado, no me gusta que cuestiones mi comportamiento ni mis decisiones, somos amigos, pero no cruces los límites, sabes que mi paciencia se me agota —dijo a la vez que hacía una mueca de disgusto.
—Ok, mejor me retiro, nos vemos cuando se te pase lo gruñón.
Lo dijo mientras alzaba las manos en señal de rendición caminando hacia atrás, lo que hizo reír a Ahmed.
A veces le era difícil soportar las locuras de su amigo, pero sabía que en tiempos difíciles podía contar con él, tal como había ocurrido años atrás, fue el único que se quedó a su lado cuando más lo necesitaba.
Escuchó que tocaban la puerta de su oficina, enseguida entró una sensual rubia, era muy bella y voluptuosa, camino hacia él mientras sonreía.
—¿Necesitas algo Anelie?
—Uhmmm eso no lo tienes que preguntar si ya lo sabes perfectamente —se le quedó viendo mientras mordía su labio inferior.
—Me refiero al trabajo, en cuanto a lo otro, ya te he dicho que si quieres conservar tu empleo tienes que cambiar tu comportamiento y tu actitud hacia mí, no me importara despedirte, aunque hayas sido la mejor amiga de Lyna, sabes que no me interesas, que no me provocas nada en lo absoluto y que no lo harás.
—¿Estás seguro de poder despedirme? Sabes que Lyna te pidió que me ayudaras y le prometiste hacerlo, si me despides ella no podrá descansar en paz.
Lo dijo mientras inclinaba su cuerpo hacia adelante, dejando ver lo poco que cubría aquella blusa con tan pronunciado escote, acercando sus grandes atributos a la cara de Ahmed, el volteo la cara intentando contener su furia.
—Sal de aquí de inmediato Anelie, sal o no respondo.
—Te dejo estos documentos, revísalos, me avisas cuando los hagas para entregarlos —le dijo mientras le guiñaba un ojo.
La rubia salió moviendo exageradamente las caderas, tenía un cuerpo escultural y lo sabía, Ahmed le gustaba desde hacía mucho tiempo, por eso se había hecho amiga de Lyna, así podría estar cerca de él, había intentado por todos los medios llamar su atención, pero parecía que Ahmed no la notaba, incluso fingía sentir amor por sus hijos, cuando se enteró de la fatal noticia, celebró sus muertes, pensaba que sin esos estorbos de por medio, le sería más fácil conquistar al árabe.
Ahmed pasó su mano por su cabello, era increíble el descaro de esa mujer, no quitaba el dedo del renglón, estaba dispuesta a conquistarlo, pero más que agradarle solo lograba exasperarlo.
Horas más tarde, al finalizar la última reunión del día, el árabe se sentía agotado, esa noche se quedaría a dormir en la habitación que tenía en la parte de atrás de su oficina, ahí tenía ropa y todo lo necesario, solía quedarse frecuentemente en ese lugar, su casa era un lugar muy grande y frío en el que no le gustaba estar, cada espacio estaba lleno de hermosos recuerdos, los niños corriendo por los pasillos, su mujer cocinando mientras sonreía, el jardín con los rosales que plantaron juntos, incluso hasta las paredes guardaban recuerdos en las imágenes que colgaban de ellas.
Salió de la sala de reuniones, al entrar en su oficina, se aflojó la corbata, ya todo el personal se había retirado, solo quedaban él y los vigilantes en aquel edificio, se sentó frente a su escritorio y se sirvió un vaso de whisky, no es que fuera un alcohólico, pero si le gustaba tomar uno o varios tragos de vez en cuando.
Mientras apuraba el contenido de aquel vaso, volteó a ver la fotografía puesta sobre su escritorio, en ella una familia feliz sonreía, agacho la cabeza y cubrió su cara con sus manos recargándose sobre el escritorio, unas gruesas lágrimas cayeron, después de algunos tragos más se levantó para entrar en la habitación.
Abrió la puerta, al entrar encendió la luz, grande fue su sorpresa al ver a Anelie acostada sobre la cama, la mujer le sonrió mientras recorría sus labios con su lengua, llevaba puesta una diminuta lencería de encaje, se le quedó viendo para después rodear sus pechos con sus manos, abrió sus piernas tratando de encender el deseo en él.
—Ven aquí, calma este fuego que se enciende cada vez que te veo.
Ahmed se acercó, la mujer sonrió aún más pensando que por fin lograría su objetivo, más de repente sintió que apretaba fuertemente su brazo, la obligó a levantarse y la llevó hasta la salida de la oficina, de un empujón la sacó de ahí, no sin antes darle una advertencia.
—Que sea la última vez que haces esto ¿qué te estás creyendo?
—Lo siento Ahmed sabes que te amo y te deseo, no puedo salir desnuda a la calle, por favor déjame entrar por mi ropa.
Ahmed cerró la puerta, para después volver a abrirla, aventó la ropa sobre la chica.
—Es la última advertencia, te controlas o te vas.
Anelie no dijo nada, bajó la mirada, tomó su ropa y se marchó de ahí, no pensaba dejar de insistir, Ahmed tarde o temprano sería para ella.
En el interior de la habitación Ahmed aventó las sábanas al piso, puso unas limpias y después se acostó estaba tan cansado que se durmió rápidamente.
En su sueño un niño le sonreía, a lo lejos vio a una mujer que sostenía en sus brazos a un bebé, ella lo miraba, su mirada era triste, él trató de acercarse a ellos, pero cuanto más lo intentaba más lejos de él estaban.
Despertó sobresaltado, cubierto en sudor, las lágrimas mojaban su rostro, esto ocurría siempre que ingería demasiado alcohol, trataba con el de olvidar sus penas, pero sucedía todo lo contrario, sus recuerdos se hacían más presentes convirtiéndose en pesadillas.
Vivía en una especie de bucle en el que las cosas se repetían continuamente, una y otra vez revivía el recuerdo más doloroso de su existencia, aquel que le carcomía las entrañas, ese en el que veía a su mujer y a sus pequeños hijos dentro de esas frías cajas, deseaba morir para estar con ellos, no podía olvidar el momento en el que tuvo que abandonarlos en el interior de aquella lúgubre cripta.
Tenía una vida y una familia perfecta, si tan solo la vida le diera la oportunidad de volver a tenerlos, todo sería tan diferente.
Después de perder a su familia se había perdido en el alcohol, Cambell estuvo ahí cada día, soportaba sus arranques y sus insultos, poco a poco fue recobrando la sobriedad, pero las pesadillas lo acompañaban cada día.
Sus padres habían insistido para qué regresará a Dubai, él se negó rotundamente, no volvería al lado de las personas que odiaban a su familia, sus padres inclusive se habían negado a conocer a sus nietos, Lyna había sufrido durante años por todo eso.
No sabía en que momento de la vida había perdido del camino, había renunciado a todo por ella y después la hizo a un lado, pensaba que tenía merecido el castigo.
En Los Ángeles, Mía estaba en su recámara acompañada por Thara, el día de la boda se acercaba, aún no podía creer que se casaría con un hombre al que no ama, que para salvar a su hermana y a la empresa que fundó su padre, tuvo que aceptar ese matrimonio obligado, no pudo evitar llorar, sentía que sus enrojecidos ojos ya se están quedando sin lágrimas.
—Amiga aún estás a tiempo de detener está locura, ya eres mayor de edad, puedes acceder a tu herencia y marcharte lejos de esa mujer, no sacrifiques tu felicidad.
—No puedo hacerle eso a mi padre, él levantó su empresa desde cero, con mucho sacrificio y si no lo hago yo, Sonia obligará a mi hermana y eso no lo voy a permitir.
—No sé ya que decir, ni como ayudarte chica, Sonia te tiene entre la espada y la pared.
—Que estés aquí conmigo es la mejor ayuda, sin ti ya hubiera enloquecido, gracias amiga.
—Un punto a tu favor es que no te has enamorado, ya no recuerdo cuándo fue la última vez que saliste con algún chico, eso ayudará a que quizá más adelante te enamores de Carlo, no vas a negar que está como quiere, si no puedes evitarlo, quizá podrías disfrutarlo.
—No me enamoraré de un hombre que me ha comprado cómo se compra el ganado, si en verdad me ama como dice, se hubiera preocupado en conquistarme, pero el muy cobarde no lo hizo, prefirió actuar desde las sombras y buscar la manera de obligarme.
—Demasiada carga han puesto sobre ti amiga, eso no es justo, tu no debes sacrificar te por tu familia, debería de ser Sonia quien se case con Carlo, se ve que se entienden a la perfección, son tal para cual.
Mía no estaba interesada en los preparativos de la boda, era algo que no le interesaba en absoluto, sabía que Sonia estaba tirando la casa por la ventana, Carlo le había dado carta abierta con los gastos, tal parecía que la que se casaría sería ella, solo faltaba que ella se midiera el vestido de novia, Mía la imagino ante el altar casándose con Carlo, que buen matrimonio harían esos dos seres tan despreciables.
Sonia estaba satisfecha consigo misma, mataría dos pájaros de un solo tiro, se desharía de la insoportable de su hijastra y Carlo le daría a cambio una gran cantidad de dinero, le había pedido que se la llevara muy lejos, donde ella no la volviera a ver jamás y él prometió que lo haría, le gustaría ver la cara que pondría Mía cuando estando ya en Italia se diera cuenta de que se había casado con un mafioso y no cualquiera, sino uno de los más importantes de Europa, su maldad le permitía disfrutar ese pensamiento.
Convencerla de aceptar la propuesta de Carlo fue tan fácil, en cuanto le inventó que la empresa de su padre estaba por irse a la bancarrota y que si ella no aceptaba casarse con él, lo haría Caroline, Mía aceptó inmediatamente, quería tanto a su hermana que no le importaba sacrificarse por ella.
Lo que no sabía es que la empresa no estaba en bancarrota, por el contrario estaba mejor que nunca, en cuanto a su hija Caroline, jamás la casaría con un mafioso, eso la pondría en riesgo, además Carlo fue muy específico, estaba enamorado de Mía, a quien había conocido en una fiesta a la que acudió con su padre cuando tenía tan solo 14 años, Sonia no entendía como un hombre tan poderoso se había obsesionado con alguien tan insignificante, el merecía tener a su lado a una mujer que valiera la pena, una mujer que supiera aprovechar todo ese poder.
Desde entonces se acercó a Sonia para ofrecerle una fortuna a cambio de ella, tenía la suficiente paciencia para esperar a que creciera un poco más, para poder llevar a cabo sus planes tendrían que deshacerse de Bob su padre, él nunca aceptaría vender a su hija, era la niña de sus ojos y no permitiría que sufriera.
Carlo Román estaba acostumbrado a siempre obtener lo que quería, sin importarle lo que tuviera que hacer para obtenerlo, tenía muchas mujeres a su disposición, pero solo a una consideraba digna de ser su esposa, Mía era demasiado bella, casarse con ella era como obtener un trofeo, era una valiosa joya que luciría muy bien a su lado, no había podido sacarla de su mente desde el día en que la conoció.
Ese día el mafioso viajaba a Italia, estaría de regreso en tan solo unos días, sus socios en Estados Unidos le habían organizado una despedida de soltero, era una excusa para divertirse porque no pensaba dejar la vida nocturna que hasta ahora había llevado, por lo general no pasaba dos noches con la misma mujer, por eso las buscaba en exclusivos centros nocturnos, no quería que se sintieran con derecho alguno sobre él, quería seguir disfrutando de ellas, pero lo de Mía sería la madre de sus hijos.
Buscaba una bella mujer para cada noche, su relación con esas mujeres terminaba en cuanto le quitaban las ganas, después de eso les aventaba un buen fajo de billetes y de ahí en adelante como si no se conocieran, con Mía sería diferente, con ella pasaría todas sus noches por el resto de su vida.
Quería tener muchos hijos, su padre anhelaba conocer a sus nietos antes de partir, pues era ya de avanzada edad al igual que su madre, él era el hijo mayor y el único que quedaba de tres hermanos, sus dos hermanos fueron asesinados años atrás por grupos rivales, desde entonces su carácter cambió completamente, volviéndose despiadado y cruel con sus enemigos.
Cuando informó a sus padres que se casaría, su madre se ilusionó con la idea de tener una nuera, sería como su hija le dijo cuando él le dio la noticia, su hijo a sus 34 años por fin sentaría cabeza, ya se imaginaba a todos sus nietos corriendo por su casa.
La alegría de Carlo y su familia contrastaba con la tristeza de Mía, tantos planes, tantos años de esfuerzo y estudio botados a la basura, soñaba con ser la mejor diseñadora del país, junto con Thara habían creado castillos en el aire, tenían ansias de comerse el mundo y Carlo Román de un tajo había terminado con todo eso.
Después de un rato de estarse martirizando con esos pensamientos, cerró sus ojos y se quedó dormida, así es como deseaba permanecer, en ese país de ensueño en el cual no existían los problemas que la agobiaban en el mundo real.
En sus sueños, desde la noche que pasó con ese hombre, se repetían una y otra vez las cosas que pasaron en aquella habitación, siempre era lo mismo, ella trataba de ver el rostro de aquel hombre, pero la oscuridad se lo impedía, pensaba que el recuerdo de ese hombre sin rostro la perseguiría por siempre en sus pesadillas.
Podía sentir claramente sus caricias, su aliento sobre su cuello, las sensaciones que le provocó al succionar sus pechos, pero al volver a sentir aquel inmenso dolor despertaba agitada ¿Qué demonios era lo que le estaba pasando?
Eran dos almas que parecían conectarse a través de sus sueños sin saberlo, Ahmed también la veía constantemente al dormir, con la diferencia de que él si veía su rostro, un hermoso rostro que no podía sacar de sus pensamientos.
Carlo era ajeno a lo ocurrido, si él hubiera acudido a aquella reunión en lugar de mandar a un representante, se hubiera enterado de que Mía estaba en aquel lugar y quizá hubiera echado a perder sus planes, él jamás hubiera permitido que otro hombre tocará lo que consideraba suyo, antes de que lo hiciera haría cortar sus manos.
Mía se regocijaba al pensar en la reacción que tendría cuando se diera cuenta de que no era el primero, no pensaba tener relaciones con él, pero estaba segura de que buscaría la manera de obligarla, ese tipo de hombres tan pagados de sí mismos no soportaban ser rechazados, sonrió maliciosamente, ese sería su regalo de bodas.
No podía evitar llorar, deseaba poder correr, escapar de su trágico destino, pedía que ocurriera un milagro que la librará de aquello, ella no sabía quién era realmente su prometido, sabía tan poco de él, pero eso era suficiente para intuir que no era una buena persona, si estuviera enterada de lo que ese hombre era capaz, estaría aterrada.
Ese hombre en Italia por quienes lo conocían era muy temido, sólo sus padres se atrevían a contradecirlo, había acabado con familias enteras que le estorbaban y se habían atravesado en su camino, sus padres se pusieron felices cuando les contó que por fin tendría a alguien que lo acompañaría en su camino, quizá así su hijo olvidaría todo el dolor que llevaba a cuestas tras la muerte de sus hermanos, tenía que olvidarse de esa terrible venganza, ya habían muerto demasiados.
Llegó el día que Carlo regresaba de Italia, insistió a Sonia que Mía debería ser quién lo recibiera en el aeropuerto, la mujer sabía que sería toda una hazaña lograr que la chica lo hiciera.
Pidió a Caroline que la ayudará, a regañadientes su hija aceptó después de que la amenazara, sabía que Mía se molestaría con ella por el engaño, pero no tenía de otra, después de pensar durante un rato que hacer para llevarla, le pidió que la acompañara al aeropuerto a recibir a una amiga que vendría de otra ciudad para asistir a la boda.
Mía aceptó gustosa, así podría pasar un poco de tiempo con su hermana, le extraño que Sonia no se pusiera pesada.
Cuando llegaron al aeropuerto notó muy nerviosa a Caroline, había estado muy callada, ella no solía ser así.
—¿Ocurre algo peque?
Caroline ya no pudo seguir mintiendo, se sentía terrible haciéndole eso a su hermana.
—Hermana perdóname por favor, mamá me ha obligado, si no lo hacía no me dejaría acudir a tu boda y quiero estar ahí acompañándome porque se que me necesitarás a tu lado.
—¿Te ha obligado? No entiendo.
—Es Carlo quien llega, llamó a mamá pidiendo que vinieras a recibirlo.
—Caroline me lo hubieras dicho, no era necesario traerme con engaños.
—En verdad lo siento, me siento terrible, no debí hacerlo.
—¡Mía! -gritó Carlos a lo lejos, visiblemente emocionado por verla ahí, pensó que ella había aceptado acudir a recibirlo.
Mía se dio la vuelta, estaba demasiado molesta, no quería soportar a ese hombre por ahora, tendría que hacerlo después, pero sería porque no tendría otra opción, apuro el paso, de pronto sintió que la tomaron por el brazo.
—¡Mía Davis! Te estoy hablando.
—¿Qué quieres Carlo?
—Si vienes hasta aquí a recibirme por lo menos debes saludarme.
—Me han traído con engaños, de saber que eras tú quien llegaba te aseguro no hubiera venido.
—Mía por favor ya basta de todos tus desplantes, pronto serás mi esposa y no pienso soportar más tus majaderías.
—Ese es problema tuyo no mío, sabes que no te soporto, y aún así quieres seguir adelante.
Carlo se acercó para acariciar su pelo con una mano, mientras que la otra la pasaba alrededor de su cintura, para acercarla más a él, el suave aroma que ella desprendía lo enloquecía, era irresistible para él.
Mía reaccionó de manera intempestiva, empujando al hombre, él la atrajo de nuevo hacia él con un movimiento brusco, la beso por la fuerza ante la mirada atónita de Caroline, que no sabía si debería de intervenir.
Siguió besándola por un rato, sin importarle el evidente rechazo por parte de ella, estaba furiosa, su fuerza no era nada comparada con la de él. en un intento desesperado por liberarse mordió el labio de Carlo, él la besó con mucha más fuerza, Mía sintió arder sus labios por la succión y presión que él hombre ponía en ellos, un sabor a óxido inundó su boca, al momento comenzó a tener fuertes arcadas pues imaginó que era el sabor de la sangre de él.
Cuando Carlo sintió que ella estaba apunto de vomitar la soltó, su semblante cambió completamente.
—Así que te provocó náuseas, las cosas cambiarán una vez que seas mi esposa, eso te lo aseguro, entonces veremos si sigues rechazándome.
Pasó su dedo por su labio, vio que estaba sangrando, se dio la vuelta completamente fuera de sí y se subió a su auto, no le importó que Mía se quedara en ese lugar, lo único que quería era alejarse rápidamente, con la furia que sentía estaba a punto de estallar, sabía que si no se alejaba podría lastimarla, era un hombre muy violento, con ella se contenía, crispo los puños, desquito su ira dando un fuerte golpe sobre la puerta del auto, su chófer no se inmutó, estaba acostumbrado a su carácter.
Ahmed ya se encontraba el Los Ángeles, se arregló de prisa para llegar a tiempo a la despedida de soltero de Carlo, Cambell pasó por él para asegurarse de que en verdad fuera, lo conocía demasiado bien y sabía que podía arrepentirse, llegaron al lugar donde se llevaría a cabo dicho evento, fueron recibidos por Carlo quien ya se encontraba un poco pasado de copas.
—Bienvenidos, pasen esta noche es solo para divertirse - les dijo con una gran sonrisa.
—Gracias señor Román -contestó Cambell, volteo a ver al árabe quien permanecía callado.
Ahmed se limitó tan solo en saludarlo con un ligero movimiento de cabeza, no sabía porque aquel hombre no era de su agrado, lo aceptó como socio porque su amigo había insistido en ello, no se creía esa pinta de hombre intachable que pretendía mostrar.
La casa estaba a reventar, en el área de la piscina abundaban chicas vestidas exóticamente, Ahmed pensó que para los delgados hilos que traían sería lo mismo si no se hubieran puesto nada, después de un rato Carlo se acercó al árabe, cuando este se encontraba solo tomando sobre la barra.
—Vaya socio, veo que tienes problemas para tolerar a otras personas.
—No tengo problema alguno con nadie, simplemente disfruto de mi propia compañía.
—Jajajaja estuvo buena esa.
—Sabes en unos días me caso con la mujer más hermosa y maravillosa del mundo.
—Te felicito por eso.
—Yo la amo pero ella me odia.
—Eso sí es un gran problema.
—Si ella supiera lo que he hecho para lograr que se case conmigo me odiaría mucho más.
Ahmed decidió escucharlo en silencio, era obvio que aquel hombre ya estaba muy pasado de copas.
—La conocí hace cuatro años en una fiesta, iba con su padre, tenía tan solo catorce años, la vi tan hermosa, tan perfecta, ella ni siquiera notó mi presencia, me acerque a saludar a su padre, era un simple pretexto para poder estar cerca de ella, cuando su padre me presentó, tomé su delicada mano y sentí una corriente eléctrica recorrer todo mi cuerpo, pero ella se alejó de inmediato, no se interesó en lo absoluto en mi, desde ese momento me prometí que esperaría a que creciera para convertirla en mi esposa.
—¿Por qué me cuentas esto a mi?
—Porque necesito desahogarme, se que no la conoces, así que no lo sabrá, a veces siento que todo esto lo traigo aquí en el pecho, puedo ser un hombre muy despiadado, pero lo que sea que la lastime a ella, también me duele, se que no sabre como mirarla a los ojos.
—Y porque estás ahogado en alcohol -Pensó Ahmed.
—Empecé a tener comunicación con su madrastra, esa mujer siempre ha deseado deshacerse de ella para quedarse con la fortuna de su padre, juntos planeamos la muerte del viejo, pues él no permitiría que me casara con ella, era la luz de sus ojos, le di un poderoso veneno a esa mujer, quien sin sentir remordimiento, lo fue dando poco a poco al viejo, así no hubo sospecha alguna cuando murió, ahora ella la convenció de casarse conmigo, le ha dicho que salvaré la empresa de su padre que está totalmente en quiebra, que si no lo hace me casare con su hermana menor, ambas cosas son mentira, la empresa de su padre está mejor que nunca pues he invertido en ella y su hermana no me interesa ni un poco, esa mujer es una bruja, se ha gastado la fortuna que él viejo le dejó como herencia a su hija, siempre ha sido amante de un abogado, en cuanto murió el viejo lo metió en la empresa, me alegra que me llevaré muy lejos de ella a Mía, después de que lo haga me encargaré de destruir a esa mujer.
Mientras hablaba Carlo tomaba una copa tras otra, Ahmed seguía escuchando en silencio, estaba asombrado por la frialdad con que contaba todo aquello, no sabía quién era la pobre chica que se casaría con ese monstruo pero desde ya sentía compasión por ella, nadie se merecía tener que soportar a un hombre como aquel, todo el tiempo mientras lo escuchaba tuvo fija su mirada sobre su bebida, no quería que él italiano se diera cuenta de lo desagradable que le parecía.
Carlo iba a decir algo más pero en ese momento algunos de sus amigos fueron por él, lo llevaron hasta donde se encontraba un enorme pastel, bajaron de intensidad las luces, una música lenta comenzó a sonar al tiempo que de aquel pastel salía una hermosa chica vestida con lencería muy sexy, salió y comenzó a moverse de manera sensual, se acercó a Carlo y empezó a tocarlo atrevidamente, este se dejó llevar mientras los amigos festejaban escandalosamente, ese ambiente ya no le gustaba al árabe.
Ahmed se acercó lentamente a la salida, no quería que Cambell se diera cuenta pues no lo dejaría marcharse, ya afuera suspiro satisfecho de por fin poder alejarse de aquel lugar, buscaría la manera de deshacer la sociedad que tenía con Carlo y devolverle el dinero que había invertido en su empresa, definitivamente no quería tener como socio a ese demonio italiano.