Sofía veía la espalda del abogado Dalton, quien se estaba retirando del lugar, mientras su corazón martillaba en sus oídos, si perdía ese minúsculo departamento, sentía que desaparecería, cada uno de los pequeños recuerdos que tenía con Adrián se esfumarían, al menos aquellos en los que ella se convirtió en la señora Johnson.
— Señora Johnson. — repitió por tercera vez su jefe y solo entonces Sofía giro a verlo, con las mejillas rojas por la vergüenza.
— Señor Thompson, yo lamento tanto todo esto. — dijo con voz temblorosa, tratando de recordar cómo se rezaba, pero su mente solo podía mostrarle el poco tiempo que le quedaba para ponerse al día con la hipoteca de su hogar.
— Por favor, hablaremos en mi oficina. — pidió con cara seria Alexander, viendo a algunos empleados ir de un lado a otro, aunque estaba más preocupado por su salud, ¿acaso padecía alucinaciones auditivas? Como podía ser que ese abogado llamara a su secretaria como señorita Anderson, cuando claramente él la llamaba señora Johnson.
Y mientras Alexander hacia sus cavilaciones, Sofía lo seguía en silencio, esperanzada en que ese CEO, era un buen hombre, al menos siempre la trato bien era un buen jefe, aunque eso no le aseguraba que quisiera tolerar la visita de los abogados de los acreedores de ella, mejor dicho, de Adrián.
— Tome asiento señora Johnson. —al menos su voz era tranquila, se dijo Sofía, mientras se sentaba frente al escritorio de su jefe, era la primera vez en sentarse en aquel lugar, pues del año y medio que llevaba trabajando para Alexander, nunca tuvo tiempo de ocupar esa silla, su jefe era un hombre que no perdía tiempo y no lo hacía perder, siempre preciso en sus órdenes y sin rodeos, por lo que, así como entraba salía de esa oficina.
— Señor Thompson. — dijo aclarándose la voz. — Lamento mucho lo sucedido, puedo asegurarle que no volverá a ocurrir… — Alexander elevo una mano y Sofía guardo silencio, tratando de recordar si la presencia de Dalton en su lugar de trabajo infringía algún tipo de clausura del empleador, si la despedían sin justificación ¿le alcanzaría la indemnización para pagar las deudas? Seguro que no.
— Sé que lo lamenta señora Johnson, lo veo en su rostro. — Sofía se relajó ante aquel comentario, mas no bajo la guardia, que su jefe le dijera palabras suaves y comprensivas, no quitaba que la despidiera de un momento a otro. — Pero, aun así, como su jefe, me gustaría saber si está involucrada en algún problema que pueda afectar su rendimiento en esta empresa… — claro que sí, eso es lo que estaba buscando, la duda de que ella pudiera cumplir con su trabajo, y así poder despedirla sin indemnización. — Además de ¿Por qué la llamo señorita Anderson? Tengo entendido que usted está casada, y su apellido es Johnson. — claro que recordaba aquel detalle, Lucrecia fue muy específica al ordenar, porque fue eso, una orden de la reina de las víboras, que, si Alexander tenía una secretaria, esta debía ser o una mujer mayor o estar felizmente casada y no hay nadie más feliz que una recién casada como lo era la señora Johnson Sofía, o al menos eso recordaba Alexander.
— Bueno. — Sofía sintió un pequeño pinchazo de decepción en su corazón, no pretendía que su jefe estuviera al tanto de su vida, pero, al menos tener la gentileza de recordar que ella había enviudado sí que lo esperaba, después de todo, ella recordaba que él estaba separado recientemente. — El abogado Dalton, es quien representa al banco, estoy atrasada con los pagos de la hipoteca de mi hogar, pero le puedo asegurar que lo de hace un rato no se repetirá. — insistió tratando de pasar el nudo que se le formaba en la garganta, antes de decir eso que tanto dolor le causaba. — Y con lo referente a mi apellido señor Thompson… soy viuda, por lo tanto, uso mi apellido de soltera. — la voz se le quebró dos veces, no era como que fuese algo de ella el retomar su apellido de soltera, más bien fue una exigencia de sus suegros, mejor dicho, exsuegros.
— ¿Cómo? — Alexander estaba aturdido, buscaba alguna señal en su joven secretaria, algo que le avisara que había enviudado recientemente, pero no podía notar nada fuera de lugar, aunque claro el uniforme era color bordo, algo que también escogió la víbora de Lucrecia, no era como que Sofía tuviera la libertad de vestir de negro o algo por el estilo.
— Señor Thompson, enviude hace seis meses, dos semanas y tres días. — soltó de pronto, avergonzándose una vez más, y sumándole el miedo de que el señor Thompson usara su salud mental como excusa para despedirla.
— ¿Qué? — casi grito la pregunta y cuando vio los ojos brillosos por el llanto retenido de su secretaria, se maldijo. — Lo lamento, no quise ser irrespetuoso y poco sensible, es solo que… no… no recuerdo… — ¿Qué le podía decir? ¿No recuerdo verla llorar por los rincones? Tampoco recuerdo su lugar vació por licencia más que justificada, claro que no diría eso.
— No se disculpe señor Thompson, no tenía como saberlo. — susurro, con pena de ella misma y quizás molesta con Thompson, ¿Cuántas veces llego tarde o se perdió cenas con Adrián? ¿cuántas vacaciones o días festivos desperdicio? Y todo porque el señor Thompson estaba trabajando y la necesitaba, no era como que pensara que ella era especial para el CEO, pero al menos sí que reconocían su esfuerzo, ahora descubría que solo era un número más en esa empresa, ocupando un lugar que, si ella dejaba, pronto seria ocupado por cualquier otro.
— Por favor, señora… señorita Anderson, no le reste importancia a algo tan grave como esto. — el cuerpo de Sofía se tensó, ¿la despediría? Pero ¿Por qué? — Es inaceptable que yo no sepa de su perdida, ¿Cómo es que no se tomó días? ¿Cómo le hemos permitido continuar trabajando sin tomarse un tiempo para recuperarse? — una mínima de calidez se extendió en el pecho de Sofía, por más ridículo que pareciera, su jefe, no solo no la despediría, sino que resultaba ser más considerado que su propia familia o la familia de Adrián.
— No se sienta mal señor Thompson, me tome los días que corresponden para estos casos, solo que no se dio cuenta de mi ausencia, porque coincidió con… su divorcio.
Se sentía mal al decir aquello, no era un crimen y solo era la verdad, pero se decían tantas cosas del pobre hombre, que Sofía sentía que, con solo recordarle su tormentoso divorcio, aunque fue rápido al menos en papeleo, pues aún las cosas seguían sucediendo, demandas, chismes y demás, no era como que ella se lo quisiera recordar.
— Comprendo. — rebatió Thompson, descubriendo que no solo era él siendo miserable, estaba seguro de que si rebuscaba en su enorme empresa encontraría a muchas personas tan mal como él y Sofía. — Y… lamento tu perdida Sofía. — era un hombre que había nacido para nadar entre tiburones, descubriendo estrellas y llevando a delante un gran imperio de producciones, sabia como hablar y que decir y prueba de ello fue el hecho de que llamo por su nombre a su secretaria, no solo era una manera más personal de pedir disculpas por vivir en un tupper los últimos seis meses, también se había dado cuenta de la gran soledad que reflejaban los ojos de su secretaria.
— Gracias señor Thompson, si eso es todo, regresare a mi puesto de trabajo. — era una afirmación, pero había cierta duda en su voz y Alexander se dio cuenta que la mujer seguro pensaba que él la despediría, ¡como si eso fuese posible! Y fue cuando decidió hablar.
— Señorita Anderson, puede regresar a trabajar, es una empleada muy valiosa para esta empresa.
Alexander no hablaba a la ligera, pues acababa de descubrir que Sofía era una excelente empleada, aun con la pena que cargaba y el tiempo que tanto él como ella estuvieron fuera, la empresa no sufrió pérdidas, ni descuido alguno por ninguna de las dos partes, definitivamente eran un buen equipo de jefe y empleada.
Una semana había pasado desde el estúpido rumor de que el gran CEO de Lumina Entertainment, era gay, una semana que a Alexander se le asemejaba a un año, quizás más, el sector de relaciones públicas no sabía cómo manejar la falsa historia, y él no tenía como demostrar lo contrario, peor aún, no sabía qué hacer con su maravilloso plan, o, mejor dicho, la idea absurda de que él ya tenía una nueva pareja y que todo lo que Lucrecia hacía era por despecho y resentimiento.
Estaba tras su escritorio, era tarde a la noche, y había finalizado de garabatear un gran guion, seguro y sería una estupenda serie romántica, si no fuese que era lo que él utilizaría para persuadir a los medios de que no era gay y, que él no arruinó su matrimonio, que su hijo estaría más que bien a su lado, y lo más importante, que aun podía seguir siendo el CEO de Lumina Entertainment, y aunque su hijo debería ser su mayor preocupación en ese momento, no lo era y el motivo era fácil, estaba perdiendo su credibilidad, los contratos estaban siendo revocados, incluso los artistas que la empresa había creado e impulsado se querían desligar de él.
— Papá tenía razón.
Murmuro dejando salir un suspiro pesado, su padre se lo había dicho hasta el cansancio, Lucrecia no es una buena mujer y él en lugar de seguir sus consejos, solo se había distanciado de su padre, perdiendo de esa forma los últimos años de vida del mayor. Aunque debía sentirse aliviado que su padre no viviera tanto como para ver en lo que se había convertido, el chisme ambulante de la empresa, los hombres le huían, como si él fuese algún acosador, incluso susurraban que en más de una oportunidad les había coqueteado, algo que era ridículo, y las modelos y actrices… lo veían con odio, solidaridad femenina, lo llamaban, aunque con el único que deberían tener un mínimo de solidaridad o así sea empatía, era con el mismo Alexander, pero Lucrecia lo había hecho más que bien, la mujer se presentó frente al juez y luego la prensa, con fotos trucadas, de supuestos hematomas que supuestamente Alexander había provocado, más que una experta en el foto montaje, Lucrecia debería ser actriz, seguro y ganaría el Óscar de oro.
— Esto no sirve de nada.
Se dijo a él mismo, luego de ver las hojas de vida de las cantantes y actrices que eran solteras, con la esperanza de convencer a alguna de que se hiciera pasar por su novia, sería como interpretar un papel más, pero pronto descubrió que con ninguna de esas mujeres había tenido más de diez minutos de interacción, por lo que no podria simplemente decir, fue amor a primera vista, eso suena bien para una historia romántica de las que su compañía producía, mas no en la vida real, y Alexander necesitaba un romance lo más real posible, una novia que declarara en el juicio que se llevaría a delante por la tenencia de su hijo, que Alexander no era una persona violenta, ya ni siquiera le interesaba aclarar si había golpeado o no a Lucrecia, ni siquiera le interesaba los diez millones de dólares que pedía de manutención, alegando que ella había dejado de trabajar por pedido de Alexander, algo que obviamente era mentira, si Lucrecia dejo de trabajar fue por gusto, pero todo eso era nada, comparado con todo lo que esa endemoniada mujer estaba causando.
— ¡Estoy arruinado!
Grito preso de sus emociones, arrojando las carpetas contra la puerta de su oficina, que justo en ese momento se abría, dando de lleno en el rostro de Sofía.
— ¡Por Dios!
Grito la pelirroja dando un paso atrás, ante semejante golpe que había recibido y el pánico de Alexander aumento a niveles imaginarios, ahora si era su fin, fue lo único que pensó, pues había supuesto que estaba solo en aquel lugar, ya era muy tarde como para que algún empleado se quedara, y mucho menos una mujer, si antes creía tener una posibilidad de remontar la empresa familiar, la acababa de tirar abajo, ahora sí, una mujer podía decir y con pruebas verdaderas que Alexander Thompson la había agredido físicamente.
— Mierda. — murmuro saltando de su silla y corriendo a donde Sofía estaba, aun de pie en la entrada. — Lo siento, en verdad, juro por lo más agrado que no sabía que aun estabas aquí, mucho menos que estabas por ingresar en mi oficina, debes creerme Sofía, fue un enorme accidente, no lo hice adrede, te llevare al hospital, no, iremos a una clínica y, correré con los gastos, no quise herirte, jamás lo haría, no soy un golpeador. — Sofía nunca había visto a su jefe hablar a tal velocidad, aunque estaba aturdida que no se trabara con palabra alguna, Alexander era un orador de primera, pero más que eso, la joven estaba aturdida por la forma en la que las manos de su jefe recorrían su rostro, algo que causo que enrojeciera tanto como si fuese un tomate maduro, y por supuesto, eso altero a un más a Alexander. — Dios, no me digas que rompí algún vaso sanguíneo, ¿Por qué estas tan roja? Pero que estoy preguntando, ven toma asiento. — antes de darle la oportunidad de decir ni media palabra, Alexander tomo en brazos a la joven y Sofía dejó de respirar.
— Señor Thompson. — murmuro muerta de la vergüenza y rezando a todo lo sagrado que el joven encargado de la seguridad de esa Aria retuviera al periodista que había logrado ingresar hasta el último piso, que era donde ellos se encontraban. — No debería… — las luces de un teléfono móvil los hizo voltear, solo para encontrar al periodista y al joven de seguridad de pie en la puerta de la oficina del CEO.
— Esto es oro. — murmuro casi con el signo de dólares en los ojos el periodista, mientras gravaba, como el CEO de Lumina Entertainment sostenía en brazos al estilo nupcial a su secretaria. — Señor Thompson, ¿ella es la novia de la que tanto hablo la semana pasada? — ¿de la que tanto habló? Solo lo dijo de manera persuasiva, pero…
— ¿Qué? Eso… — Sofía se removió entre los brazos del CEO, pero salir de ellos era una tarea imposible, pues desde hacía seis meses, Alexander hacia pesas y pasaba largas horas en el gimnasio, tratando de quitar el estrés y frustración que su exmujer le causaba.
— Cierto, ella es mi novia y tu estas invadiendo nuestra privacidad, por favor, sácalo de aquí, pero ten mucho cuidado que ni él ni su equipo de trabajo sufra daño alguno, no queremos más malentendidos. — ordeno Alexander, con una calma que hacía más de seis meses no tenia, mientras cerraba la puerta de su oficina con el pie, aun con Sofía en sus brazos, viéndolo sin comprender nada.
Si lo hubiera guionado, quizás y no le salía tan bien, estaba eufórico, esperanzado, Alexander estaba tranquilo, mientras que Sofía estaba aturdida, incapaz de decir o hacer algo.
— ¿Estas bien Sofía? Estas un poco pálida. — consulto como si fuesen grandes amigos de toda la vida, y como si no le hubiese dado en toda la cara con un par de carpetas segundos antes, quien hasta ese momento era su jefe.
— Usted, ¿estuvo bebiendo? — se atrevió a preguntar y mientras que Alexander la depositaba en un sofá de la oficina, ella olisqueó cerca de su cuello, sin atreverse a ir más cerca de su boca.
— No estoy ebrio, no bebo en horas de trabajo, solo estoy… tranquilo. — reconoció sonriendo, como cada vez que firmaba un buen contrato.
— Señor Thompson, no sé qué fue lo que sucedió, pero por si aún no se da cuenta, le acaba de decir a un periodista que somos novios, peor aún, lo dejo salir con las fotos y seguro que también filmo, el momento en el que me tomo en brazos, eso no es bueno…
— Eso es justo lo que necesito. — y cuando lo dijo, Alexander comprendió que estaba siendo egoísta, era tanta su desesperación por encontrar una solución que no había tomado en cuenta lo que Sofía pudiera pensar, o mejor dicho si le traería algún problema, pero viéndolo en una perspectiva más amplia, como siempre lo hacía el CEO, era un ganar o ganar, era un buen negocio. — Mejor dicho, es un gran negocio que nos salvara a ambos. — Sofía parpadeo repetidamente, quizás el hambre que cargaba por solo beber café desde hacía dos días, al fin la estaba haciendo alucinar.
— Señor Thompson… no comprendo de lo que habla. — se arriesgó a decir y fiel a su empleo, se puso de pie para recoger las carpetas que estaban en el piso, después de todo, ella era la secretaria del señor Thompson.
— Por cierto. — dijo Alexander al ver como recogía las carpetas. — No estas herida ¿verdad? no fue mi intención golpearte, ni siquiera sabía que aun estabas aquí. — aclaró al recordar el motivo por el que tenía en brazos a la joven cuando el bendito periodista apareció.
— No se preocupe, las carpetas, son de tapa blanda y escasas hojas, y creo que se le olvido que jamás me he ido antes que usted. — comento la rubia dejando las carpetas sobre el escritorio. — Soy su secretaria señor Thompson, es mi deber ayudarlo, hasta que usted no se marcha, yo tampoco. — un pequeño destello de culpabilidad llego al CEO, era consiente que él siempre era el último en irse, más luego del divorcio, odiaba llegar a su mansión y escuchar a su madre, hermana y tratar de explicarle a su hijo lo que sucedía con Lucrecia.
— Eso… dime que al menos te pago horas extras. — acoto a la vez que, hacia una pequeña mueca de temor, estaría en grandes problemas si Sofía lo demandaba por explotación laboral.
— Sí que lo hacen señor, todo queda marcado en mi tarjeta. — aclaró mostrando la tarjeta que utilizaba para ingresar sin problemas a la empresa y eso solo hizo sonreír a Alexander.
— Eso es más que estupendo, si alguien duda de nuestra relación podríamos filtrar nuestros itinerarios a la prensa, así todos comprobarían que nuestra relación es real y está más que justificada, tu enviudaste, justo en el momento en que Lucrecia me pidió el divorcio, entonces todo comenzó como un mutuo acompañamiento, una pequeña muestra de empatía entre jefe y empleada, que pronto escalo a más, dejando nuestros sentimientos al descubierto, al comprobar que nuestra química era algo que…
— ¡¿De qué demonios está hablando?! — grito casi sin aire, pues cuando su jefe comenzó a decir todo aquello se asustó, y dejo de respirar, era ridículo y un poco vergonzoso, pero desde que Adrián había fallecido, le solía pasar, el miedo no la dejaba respirar, como ahora, tenía miedo de que su jefe estuviera drogado, ya que no olía a alcohol, aún peor sería que, al fin el gran CEO hubiese enloquecido a causa del estrés.
— Lo siento. — ¿Cuántas veces se había disculpado con Sofía en esos minutos? Mas de lo que se hubiera disculpado con cualquier mortal en toda su vida, pero Alexander era una persona muy sensata, la mayoría de las veces al menos. — Toma asiento por favor, deja que te explique. — no era su voz, tampoco la calma en la que se expresaba, eran las manos de Alexander sobre las suyas, guiándola al sofá una vez más, lo que ocasiono que Sofía acompasará su respiración nuevamente y se relajará, nada malo sucederá, repetía en su mente.
— Eso estaría bien y disculpe por mi exabrupto. — murmuró la pelirroja y Alexander rápidamente recordó que le había gritado, Sofía era una empleada ejemplar, muy correcta en todo sentido, se recordó Alexander, su esposo debió de ser muy afortunado, se dijo.
— No importa esta más que justificada tu reacción, creo que debí parecerte un poco desquiciado. — ¿solo un poco? Pensó Sofía, pero aun así no dijo nada. — Pero es que no lo puedo evitar, me permitiré ser honesto contigo Sofía. — el CEO aún tenía sus manos atrapadas en las de él, sus ojos mieles, estaban fijos en los azules de ella, y Sofía sentía que estaba a punto de contarle un gran secreto empresarial, o algo por el estilo. — Mi lugar de CEO pende de un hilo, uno muy delgado, mi divorcio y las falsas acusaciones de Lucrecia, no solo me hicieron perder grandes negocios, mi familia… ellos me lo advirtieron, que no confiara en ella, pero no los escuche, es por eso que mi madre quiere proponer que mi hermana asuma mi lugar, no sé si a modo de castigo o porque realmente cree que no podre remontar la perdida que todo esto está ocasionando, y juro que no tengo nada en contra de Aria , pero así como mi familia no confiaba en Lucrecia, yo no confió en mi cuñado, y lo peor de todo, es que si pierdo mi lugar como CEO, será el fin de todo, ser el CEO de esta empresa es lo único que me queda como credibilidad, si me quitan esto, estoy seguro que perderé a mi hijo. — Sofía veía la desesperación en sus ojos, lo tenso de su postura, estaba al corriente de todo lo que de Alexander se decía, pero… ella trabajaba para él, lo había visto enojado con uno que otro artista, o cuando un negocio salía mal, jamás fue violento, nunca lo vio con un hombre en alguna actitud que la hiciera dudar de en qué bando jugaba el señor Thompson, se podria decir que lo comprendía, ella sabía lo que era estar acorralada, pues ella lo estaba, de diferente manera, pero también estaba por perder “todo”.
— Lamento mucho escuchar todo esto, yo… sé que usted no es nada de lo que se dice… — trato de consolarlo, no era muy buena haciendo aquello, dicen que uno da, lo que en la vida ha recibido, y bueno, Sofía no había recibido ni mucho cariño, mucho menos consuelo.
— Pero eso no basta, no sirve de nada que tu digas que no soy lo que Lucrecia alega o lo que esas fotos trucadas aseguran, pero… si te haces pasar por mi novia, eso sí me dará una oportunidad. — bien, su jefe estaba loco, lo estaba comprobando.
— Pero ¿Qué demonios dice?