Zeynep caminaba como un autómata, siguiendo a su amiga y a la mujer que las guiaba con prisa. Al salir de la casa, un grupo de personas los esperaba.
El sonido de tambores y otros instrumentos resonó en el aire, llenando el ambiente de una energía frenética.
La mujer le indicó a Zeynep que debía montar un hermoso caballo que allí estaba, sin comprender lo que estaba sucediendo, obedeció sin rechistar. Se sentía atrapada en una vorágine de locura, rodeada por una multitud de desconocidos.
Su primo, el mismo que la había amenazado en la habitación, la guió sobre el caballo. Sara caminaba a su lado, tan confundida como ella. Los hombres que los acompañaban lanzaban gritos guturales, intensificando el caos.
Llegaron a otra casa aún más grande que la anterior. Un hombre vestido de traje los recibió en la entrada. Cuando él volteó a verla, Zeynep se quedó helada, era el barbaján del aeropuerto.
Su primo le entregó la rienda del caballo y el hombre extendió su mano para ayudarla a bajar.
Ella lo miró fijamente, sin poder creer su mala suerte. Su prometido, el hombre con el que la obligaban a casarse, era ese desconocido arrogante.
Él la tomó de la mano con brusquedad para obligarla a bajar del caballo. Zeynep no podía contener las lágrimas.
La condujo al interior de la casa, un laberinto de grandes escaleras y lujosos muebles.
En el centro del patio había una mesa grande, rodeada de otras mesas, sillas y grandes almohadones.
El hombre la guió hasta el centro, donde un hombre de aspecto solemne daba inicio a una ceremonia que Zeynep no escuchaba.
Su mente era un torbellino de emociones: impotencia, rabia, resignación. Solo las lágrimas brotaban sin cesar por sus mejillas.
Llegó el momento de firmar. Zeynep se resistió, buscando en vano una salida. Su mirada se posó en su amiga, pero su primo, con una mirada amenazante, la fulminó. Sin más opciones, firmó con mano temblorosa.
Su prometido respiró hondo antes de estampar su firma. Por un instante, Zeynep se aferró a la esperanza de que él se negara.
Pero al verlo firmar, la realidad la golpeó con brutalidad. Ya era demasiado tarde. Un deseo de correr, de gritar al cielo su impotencia la embargó, pero se contuvo.
Su prometido se distanció sin siquiera alzar su velo ni entregarle el oro, como era la costumbre.
Agradecía que cuando menos las costumbres habían cambiado un poco con el tiempo, si no él tendría que levantar el velo, y en lugar de oro, tendría que darle bofetadas en señal que desde ese momento estaba bajo su dominio.
Su tía se acercó y la condujo a su mesa, en ella había solo mujeres, todas reían, las únicas con la tristeza grabada en el rostro, eran ella y su amiga.
El novio presidía otra mesa, rodeado por los hombres de su familia. Zeynep se sentó sobre un gran almohadón, observando el surrealista espectáculo como si fuera una espectadora en una película.
Una música extraña resonó en el ambiente, su ahora suegra le indicó que debía pararse a bailar, y la guió hacia su hijo. El novio se levantó, se acercó extendiendo su mano con una arrogancia que la enfureció. No le quedó más remedio que aceptar.
Sarah intentó acercarse para ver qué sucedía, pero el primo de Zeynep le impidió hacerlo. El comportamiento de esa gente era tan excéntrico que bordeaba la locura.
La obligada novia se encontraba parada frente al hombre que bailaba, sus pasos eran extraños, si no fuera porque se encontraba furiosa, hubiera estallado a carcajadas frente a él.
Zeynep se encontraba petrificada. La impotencia, la furia y el miedo la consumían. Las lágrimas ya no brotaban de sus ojos, parecían haberse agotado.
Su tía había insistido en enseñarle algunas tradiciones turcas, ella se había criado en Estados Unidos, sus padres eran turcos, sabía perfectamente que ese baile tradicional era para pedir fertilidad a Alá a través de los movimientos.
Ella se encontraba inmóvil, se suponía que debía extender sus brazos y comenzar a girar sus manos mientras movía sus pies hacia adelante uno tras otro, pero no lo pensaba hacer, no después de que la habían engañado.
Su ahora esposo, con una mirada gélida, continuaba la danza. Sus ojos se cruzaban de vez en cuando, y en ellos Zeynep podía ver la misma furia que la abrasaba.
En un punto del baile, él se agachó, tomó un puñado de tierra y lo dejó caer frente a sus pies, un símbolo de compromiso que ella rechazaba con cada fibra de su ser.
Al cesar la música, el novio regresó a su mesa, ignorándola. Zeynep permanecía petrificada, incapaz de asimilar la cruel realidad que la envolvía.
Los invitados la observaban con una mezcla de curiosidad y morbo, mientras su amiga, liberada del captor que la vigilaba, corrió a su lado.
—Anda, amiga, vamos, regresemos a la mesa — le susurró Sarah.
La tomó de la mano, intentando guiarla de vuelta a la mesa. Zeynep se movía como un autómata, sin voluntad propia.
Se sentó sobre el almohadón, sentía su cuerpo aún vibrando por la humillación del baile. El vestido blanco, símbolo de pureza y alegría, ahora le parecía una mortaja que la sofocaba.
Zeynep se sentía como un animal enjaulado, presa de absurdas costumbres, observaba con desdén la opulencia de la boda, un banquete grotesco para celebrar una unión que ella no deseaba.
En las mesas había comida en abundancia, el primer platillo, el Dugun Corbasi, la famosa sopa de boda turca, judías, pilaf, asado de cordero y ensaladas.
Los postres no podían faltar, antes del segundo postre llevaron el borek que era de helva de sémola. A la pobre chica todo le parecía una burla a su paladar y a su espíritu.
Los invitados reían y conversaban, ajenos a su tormento interno. Para ella, no eran más que una masa de fanáticos, esclavos de tradiciones absurdas que la habían condenado a una vida sin libertad.
Su mirada se posó en el borek de helva de sémola, un postre que se suponía era un símbolo de buena suerte.
Pero para Zeynep, era solo una ironía más en este festín de mentiras. No podía haber suerte ni fortuna en un matrimonio forzado, solo dolor y resignación.
Los platillos se acumulaban frente a ella, una montaña de comida que no tenía intención de probar.
Su amiga Sarah, en la misma situación, se sentó a su lado. Al levantar la vista, se encontraron con las miradas de desaprobación de los invitados, incluido el novio.
Fingiendo apetito, llevaron un poco de comida a sus bocas, una actuación forzada para apaciguar la crítica.
Mientras la música animaba a los demás a bailar, Zeynep y Sarah solo anhelaban escapar.
La madre del novio, con gesto autoritario, se dirigió a Zeynep.
—No te has quitado el velo por completo, hija, ¿Qué dirán los invitados? Levántate te lo quitaré, tenemos que despedir a las personas que han venido a acompañarnos, deben estar los recién casados y los anfitriones, así que vamos.
Sarah observaba a su amiga, se sentía confundida y preocupada.
¿En qué momento su amiga había aceptado casarse? No le había dicho nada, y además tenía un novio de años. Necesitaba hablar con ella de inmediato.
Se levantó de la mesa, dispuesta a abrirse paso entre la multitud para llegar hasta Zeynep. Sin embargo, el hombre que la había detenido antes se interpuso en su camino, su rostro endurecido le daba una seria advertencia.
—Ni se te ocurra molestar a los novios en este momento, tienen que despedir a los invitados junto a mis padres, será mal visto que los interrumpas, así que aquí te quedas. —Le dijo mal encarado, la chica se volvió a sentar, era mejor no llevar la contraria a esa gente, definitivamente estaban locos.
Zeynep trataba de sonreír, aunque parecía imposible poder hacerlo, volteó discretamente a ver a su nuevo esposo, notó que él también estaba intentando forzar una sonrisa, una esperanza nació en ella, vio una oportunidad de salir de todo aquello.
Si él tampoco estaba de acuerdo en casarse con ella, quizá podría convencerlo de que lo mejor era el divorcio.
Su ánimo mejoró en ese instante, todos los invitados se despidieron, uno a uno, besaban la mano del gran jefe y su esposa, la chica se dio cuenta de que el lugar ya estaba prácticamente vacío.
—Ahora nos iremos nosotros hija, tu amiga se quedará en nuestra casa, es tradición que los recién casados se queden solos en casa por tres días, vendrá una persona a prepararles los alimentos, ya sabes lo que tienes que hacer hijo, así acallaras las murmuraciones que hay en el pueblo porque tu esposa viene de una gran ciudad.
—Sí madre —dijo para después besar su mano y después la de su padre llevándola a su frente en señal de recibir su bendición.
Su hermano indicó a Sarah que tenía que salir e irse con ellos, ella obedeció, pasó al lado de Zeynep sin poder decirle una sola palabra, solo se le quedó viendo, en su cara podía notarse el pánico que tenía al ver todo aquello.
Les habían quitado sus bolsos, así que no podían usar sus teléfonos, lo mejor era mantener la calma ante una situación como esa, quizá era por eso que ahora su amiga aparentaba estar tranquila.
—Te mostraré la habitación, sígueme. —Su ahora esposo se dirigió a Zeynep para ordenarle, ella decidió seguirlo en silencio.
El hombre comenzó a subir las escaleras, Zeynep no pudo evitar admirar su porte imponente. Era joven y de una belleza casi salvaje.
Su cabello y ojos negros como la noche contrastaban con la incipiente barba que le daba un aire de rudeza.
Su complexión atlética, producto de una evidente dedicación al ejercicio, su apariencia intimidaba.
Era considerablemente más alto que ella, superando sin duda el metro noventa. Zeynep, por su parte, era bajita, de apenas un metro sesenta.
Su rostro, era pequeño, de proporciones delicadas, estaba enmarcado por un espeso flequillo que resaltaba sus ojos color avellana.
Su largo cabello castaño llegaba abajo de su cintura, y su cuerpo bien proporcionado, era fruto de horas interminables en el gimnasio.
Zeynep se maldijo internamente por haberse fijado en el físico de aquel hombre.
Subieron al tercer piso, donde una sala central separaba dos enormes terrazas. Los coloridos tapetes que adornaban el suelo le recordaban la riqueza y el lujo de la familia.
Al llegar a la habitación, ella entró detrás de él. El hombre cerró la puerta con un gesto decidido.
La decoración la dejó atónita. Corazones de pétalos rojos adornaban el piso y las paredes, creando una atmósfera cargada de sensualidad. No sabía que esa gente, tan tradicional y conservadora, tuviera un lado romántico.
—Ahora que estamos a solas, quiero dejar las cosas claras — espetó él con voz gélida —no fue mi deseo casarme, y menos aún con una norteamericana. Si esperas que te toque esta noche, estás soñando. No me gustas ni un poco, en el mejor de los casos.
Su mirada fulminante la recorrió de arriba abajo, impregnándola con un escalofrío de repulsa.
Ella le devolvió la mirada con igual intensidad, sin amedrentarse —el sentimiento es mutuo —replicó con sarcasmo —me han engañado. Lo que menos deseo es estar casada con un bárbaro de esta tribu.
Un rugido gutural escapó de la garganta de él. —¡Tribu a la que desde ahora perteneces y debes respetar!
Ella soltó una carcajada amarga. —¿Pides respeto? No puedo respetar a quienes prácticamente me han secuestrado.
—Te he permitido que me hables de esta manera porque no conoces las reglas, desde mañana no podrás hacerlo, o te llevaré ante el consejo para que te corten la lengua.
El hombre sonrió divertido cuando ella se cubrió con las dos manos la boca, su expresión a ella le pareció siniestra.
—Dormirás aquí sola estos tres días, dormiré en la habitación de al lado.
—Me parece perfecto.
—Después tendremos que dormir juntos —espetó él con desdén—. Viviremos aquí con mis padres. No quiero que piensen que no soy capaz de dormir con una mujer.
Un escalofrío recorrió la piel de ella. La casa a la que había llegado primero, esa mansión opulenta, pertenecía a su hermano. Él, el futuro jefe del clan, se haría cargo de sus padres.
—Espero que no tengas ninguna objeción —añadió él con una mirada glacial.
Las palabras brotaron de ella con un torrente de emociones.
—Déjame ir. Divorciémonos. Ni tú ni yo estamos bien con este matrimonio. Déjame regresar a Estados Unidos. Tengo novio desde hace años. Deseo casarme con él.
Un silencio tenso se adueñó del espacio. La ira pugnaba por salir a la luz en su mirada, pero un velo de tristeza la contenía.
—Si pudiera, te diría que te fueras ahora mismo con tal de no verte —susurró él con amargura.
—¿Y entonces? —preguntó Zeynep con un hilo de voz, la angustia oprimiendo su pecho.
—No puedo hacerlo —respondió él con firmeza—. Sería indigno de ser el jefe de la tribu. Además, a ti te buscarían por todo el mundo si fuera necesario para matarte. La tribu no perdona errores.
Las palabras de él golpearon su mente como un martillo. La realidad la abofeteó, cruda y despiadada. Se quedó estupefacta, sin poder creer que su destino estuviera sellado de esa manera.
Él se acercó a la cama, sacando una navaja del bolsillo de su pantalón. Con un movimiento rápido, se cortó la mano, dejando que unas gotas de sangre carmesí cayeran sobre la blanca sábana.
—Esto es tu honra y la de mi tribu —dijo con solemnidad.
Luego, salió de la habitación y Zeynep lo vio extender la sábana en un lugar visible desde la calle.
La ira y la impotencia la consumían. No podía creer que en pleno siglo XXI, todavía existieran personas que vivían bajo tales costumbres, tan primitivas, tan salvajes. ¿Cómo era posible que expusieran la honra de una mujer de esa manera?
Él volvió a irrumpir en la habitación. Sus ojos se encontraron por un breve instante, cargados de una mezcla de desconfianza y resignación.
—Sé que te llamas Zeynep —dijo con voz áspera—. Yo me llamo Kerem. Cualquier cosa que necesites, evita molestarme lo menos posible. Habrá una chica para atenderte en todo momento. Está de más decirte que debes respetar a mis padres. Si les faltas al respeto a ellos, me lo faltas a mí. Así que ya sabes.
Sin dar lugar a preguntas, se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando a Zeynep con un nudo en la garganta.
La chica se sentó en la cama, las lágrimas brotaban de sus ojos sin control. Lloró hasta que el sueño la venció, un escape momentáneo de la dura realidad que la rodeaba.
Al despertar a la mañana siguiente, un golpe en la puerta la sobresaltó. Al abrirla, se encontró con una joven de rostro dulce y mirada amable.
Llevaba una bandeja con alimentos y bebidas, a Zeynep le pareció un pequeño gesto de amabilidad en medio de la hostilidad.
—Buenos días, señora —dijo la joven con una sonrisa tímida—. Me llamo Ayşe. Soy la encargada de atenderle durante su estancia aquí. Si necesita algo, no dude en llamarme.
—Muchas gracias, pero llévatelo, no tengo hambre.
—Pero señora…
—Por favor llévatelo, solo déjame agua.
—Está bien, pero el señor me reñirá por esto.
Con una cara de tristeza se alejó de ahí, Zeynep no pensaba comer, prefería morir de hambre antes de aceptar su triste destino.
Por la tarde la chica subió con otra bandeja, ella la rechazó de nuevo, más tarde escuchó que la puerta se abría.
—Vas a dejar de dar problemas y comerás, o créeme que vendré y te daré la comida yo mismo y no te va a gustar, te lo aseguro.
—Eres un maldito loco.
—Fíjate bien en lo que dices, podrías ser azotada en la plaza pública por menos que eso.
La chica no sabía si Kerem hablaba en serio o lo decía solo para asustarla, quería escapar, pero no sabía cómo hacerlo, las cosas no irían muy bien si llegaban a atraparla, además no sabía donde estaba Sarah.
—¿Podría ver a mi amiga? —preguntó casi en súplica.
Él se quedó callado un momento, después se acercó y se le quedó viendo fijamente a los ojos, ella se sintió muy pequeña ante la profunda mirada, además de que lo tenía que ver hacia arriba porque era realmente alto.
—Después de estos tres días, si te portas bien lo pensaré, tal vez en unos días permita que la veas.
—¿Le permitirán regresar a Estados Unidos? Ella no tiene nada que ver en esto.
Aquello era su única esperanza, que dejaran libre a Sarah y ella buscara ayuda en su país.
—Tal vez le permitamos irse, pero antes tendrá que firmar un acuerdo donde no podrá revelar nada de lo que aquí ha ocurrido, si lo rompe, eso la condenaría irremediablemente a muerte.
Su última esperanza se desmoronó en ese momento, ¿Es que acaso había algo en lo que no pensaran con tal de salirse con la suya?
Esa noche era su tercera noche ahí, ya estaba dormida cuando sintió de pronto que la cama se hundía a su lado, era de madrugada y la habitación estaba muy oscura, se levantó de inmediato, asustada, encendió la luz.
Kerem estaba acostado su lado, la recorrió de arriba a abajo con la mirada, ella recordó que estaba vestida con un camisón muy corto, tomó la esquina de la manta y se cubrió con ella.
—¿Qué haces aquí? —preguntó desconfiada, mientras se aferraba fuertemente a la manta.
—Mañana llegan mis padres, desde ahora dormiremos juntos, ya te lo había dicho.
Ella recordó que ya era el tercer día como le había dicho anteriormente.
—Lo siento por ti, no hay algún sillón para que duermas, así que tendrás que dormir en el piso —dijo decidida.
—Ja, ja, ja, en tus sueños, en unos días seré el jefe del clan y de todos los clanes del territorio, jamás dormiría en el suelo.
—Prepotente.
Zeynep tomó dos mantas del armario, después su almohada, enseguida arregló un lugar sobre la alfombra para dormir.
—Ves qué sencillo era, así no tendrás que dormir a mi lado, en realidad no me molesta, me es completamente indiferente, así que si decides que el piso es muy incómodo para ti, puedes volver a la cama.
Ella no contestó, molesta, tomó la manta y se cubrió de pies a cabeza, por la mañana despertó con un terrible dolor de espalda, él se dio cuenta, se le quedó mirando y sonrió con desprecio, esa chica de ciudad creía que lo merecía todo.
Su familia tenía algunas grandes empresas en Estambul, en ocasiones iba para ver que sus primos llevarán los negocios correctamente, el día de la boda había regresado de la gran ciudad.
Fue cuando vio a una hermosa chica que había parado un taxi, él iba tarde a su boda, así que olvidándose de la caballerosidad subió al vehículo, la chica lo reto molesta, fue cuando volteó a verla fijamente, se encontró con unos ojos color avellana muy bonitos, no creyó que fuera tan malcriada, ahora lo sabía.
—En el armario encontrarás la ropa que debes vestir de ahora en adelante, mi madre la eligió personalmente, debes apurarte, desayunaremos con ellos, desde ahora deberás mostrarles respeto, también deberás cubrir tu cabello, te han dejado varios pañuelos para hacerlo, espero pronto te acostumbres a tu nueva vida.
Zeynep levantó una ceja con disgusto al escucharlo, ¿Acostumbrarse? Eso nunca lo haría.
Kerem salió de la habitación con el ceño fruncido. Se dirigió a la entrada de la casa para recibir a sus padres, imaginando que la amiga de Zeynep los acompañaría.
Sabía que sus padres y hermanos ya se habrían encargado de "ponerle las cosas claras" a la norteamericana.
En su interior, un rencor sordo crecía contra las personas de esa nacionalidad. Su amargura se originaba en uno de ellos, un recuerdo que jamás olvidaría.
Cinco años atrás, lo habían dejado plantado en el altar, convirtiéndolo en la burla del pueblo. Desde entonces, había buscado afanosamente por varios países a los culpables de su humillación.
Su mente se llenó de imágenes del pasado: la alegría de los preparativos, la ilusión del día de la boda, la crueldad del abandono. Un puño de ira se cerró en su pecho, endureciendo su corazón.
Desde aquel fatídico día, Kerem se había convertido en un hombre resentido, amargado.
Una sombra de rencor teñía cada uno de sus actos, alejando a cualquier mujer que intentara acercarse.
Su ahora esposa, Zeynep, era una mujer de belleza incomparable, perteneciente a su mismo clan. Sin embargo, el destino los había unido de forma cruel e inesperada. Ella no era la mujer que él había deseado, ni él el hombre que ella había elegido.
Cinco años atrás, un par de meses antes de la boda de Kerem, su hermano mayor había muerto en un terrible accidente.
Zeynep era su prometida, y la tradición dictaba que, al no haberse consumado el matrimonio, el compromiso pasaría al siguiente hermano soltero: Kerem.
En la habitación, al abrir el armario, Zeynep se encontró con un mar de tela que la desafiaba. Vestidos largos de mangas largas, faldas y blusas recatadas, todo en colores sobrios y tradicionales.
Un conjunto de calcetas para cubrir sus tobillos, ocultando la piel que la tradición exigía mantener velada.
Pañuelos para cubrir su cabello completaban el conjunto, un recordatorio constante de la cultura que ahora la envolvía. Un escalofrío de rebeldía recorrió su cuerpo.
—Están locos si creen que me vestiré con esto —murmuró con voz temblorosa.
Las prendas no eran feas, de hecho, algunas incluso le parecieron bonitas. Su tía, responsable de la selección, había tenido buen gusto. Pero no era su estilo, no era su forma de ser. Y no estaba dispuesta a renunciar a su identidad tan fácilmente.
Afortunadamente, habían traído su equipaje. En su maleta, tenía ropa que reflejaba su personalidad: jeans, camisetas, vestidos modernos. No estaba dispuesta a ceder a las imposiciones sin luchar.
Decidida, Zeynep comenzó a rebuscar en su maleta, buscando las prendas que la harían sentir ella misma.
Tomó unos jeans y una playera, se calzó unos tenis y peinó su cabello en una cola alta, se vio al espejo y se sintió satisfecha, así era ella, y no tenía porque ser de diferente manera.
Decidió bajar a comer, tenía que tratar de llevar la fiesta en paz con esa gente lo más que pudiera.
Al bajar, se dio cuenta de que Sarah se encontraba en el comedor con sus tíos, las dos chicas al verse se apresuraron a abrazarse, algo que fue mal visto.
Zeynep antes que nada tenía que mostrar respeto por sus suegros, Kerem se levantó, se veía molesto, Sarah enseguida se alejó de su amiga.
De mala gana Zeynep se acercó para presentar sus respetos, pudo ver la molestia reflejada en la cara de su tía.
—Veo que no te ha gustado la ropa que elegí para ti hija —dijo intentando parecer afligida, pero sus ojos reflejaban la furia que la envolvía.
—Le agradezco mucho la intención, pero no es mi estilo.
La mujer volteó a ver a su hijo, él tomó del brazo a la chica y de mala manera se la llevó de ahí.
—Oye que te pasa, me lastimas. —Zeynep esperó a estar lejos de sus tíos para poder quejarse.
—Ha sido una grosería, una total falta de respeto hacia mi madre, si quieres que tu amiga esté aquí contigo, vas ahora mismo y te pones alguno de esos vestidos, también debes usar el pañuelo.
—Eres la peor persona que he conocido en mi vida.
Kerem se le quedó viendo, mientras apretaba los puños, tenía demasiados problemas que solucionar en la tribu, y ahora también tendría que lidiar con esa rebelde.
Zeynep se dio la vuelta con decisión, subió las escaleras con paso firme, dirigiéndose hacia la habitación donde la ropa le esperaba.
De entre las prendas, seleccionó un vestido verde esmeralda con flores en color beige.Una capa de fina gasa caía sobre sus hombros.
Unas botas beige reemplazaron las calcetas, una pequeña victoria contra la tradición.
Su cabello, suelto y libre, enmarcaba su rostro con naturalidad. Un pañuelo del mismo color del vestido completaba el atuendo, un guiño a la cultura sin renunciar a su estilo.
Al verse al espejo, una sonrisa se dibujó en sus labios. No se veía tan mal después de todo. La rebeldía y la belleza se combinaban en una imagen poderosa.
De vuelta en el comedor, las miradas se posaron sobre ella con sorpresa. Sus tíos, especialmente, no podían ocultar su impresión.
La mujer de su hijo era una belleza, sin duda. Y pronto, esperaban, la casa se llenaría del sonido de risas de pequeños nietos, que de seguro serían preciosos.
La mirada de Kerem se clavó en ella, absorbiendo cada detalle. Un instante fugaz, apenas un segundo, en el que la sorpresa y la admiración se reflejaron en sus ojos.
Luego, como si se quemara, desvió la vista hacia otro lado, fingiendo desinterés. No quería que ella, que se había criado como extranjera, la que era una intrusa, se diera cuenta de que lo había impresionado.
—Lo ves hija, te ves hermosa —comentó su madre, con satisfacción —después de todo, no tuve tan mal gusto al elegir tu vestuario.
Sarah también observaba a Zeynep, admirando la forma en que la ropa resaltaba su belleza natural.
Sin embargo, una sombra de preocupación nublaba su mirada. En tan solo unos días, parecía que Kerem ya estaba empezando a ejercer control sobre ella.
La rubia, aguardaba impaciente una oportunidad para hablar a solas con Zeynep.
Kerem, por su parte, libraba una batalla interna. Se recriminaba por la fascinación que Zeynep despertaba en él.
No creía posible que ella ignorara su compromiso, un acuerdo sellado con el intercambio de dinero durante años, desde la muerte de sus padres.
Su belleza era innegable, un fuego que ardía en sus ojos y una sensualidad que se manifestaba en cada movimiento.
Pero Kerem la consideraba una amenaza. Sabía que, tarde o temprano, sucumbiría a la tentación de seducirlo, buscando las ventajas que conllevaba ser la esposa del jefe de la tribu.
Después de todo, ella había llegado hasta allí por su propio pie, su padre, previsor, había dispuesto todo para traerla por la fuerza en caso de que su tía no lograra convencerla.
En Estados Unidos, la tía de Zeynep se encontraba sumida en un mar de lágrimas, la culpa la consumía.
Obedecer al jefe había sido la única opción para evitar que enviaran por ella y la castigaran, dejando a su sobrina desde pequeña a merced de la tribu.
La hubieran llevado consigo para criarla bajo sus estrictas leyes y tradiciones. Al menos, esos años en otro país le habían permitido a Zeynep ser libre. Ahora, esa libertad se había esfumado.
Su corazón se partía al imaginar el odio que Zeynep sentiría hacia ella. No poder hablar con ella claramente, no poder advertirle sobre los peligros de escapar, la atormentaba. Si el matrimonio ya se había consumado, la situación era aún más grave.
No dudarían en enviar a sus hombres por ella para castigarla. La sentencia para una mujer que osaba escapar de la tribu era la muerte.
La tía solo podía rezar por la seguridad de Zeynep, implorando que el destino le concediera la fuerza para afrontar las pruebas que le aguardaban.
En Diyat, la noche volvió a envolver la habitación, y Zeynep se resignó a dormir una vez más en el frío suelo.
Su espalda le dolía, protestando por la incomodidad de las mantas que intentaban en vano suplir un colchón. Y como si la incomodidad física no fuera suficiente, su esposo, Kerem, parecía disfrutar atormentándola.
Esa noche, salió del baño con una simple toalla a la cintura, dejando que pequeñas gotas de agua recorrieran su musculoso torso.
Zeynep, fingiendo indiferencia, lo observó de reojo mientras buscaba algo en un cajón. Sabía que él lo hacía a propósito, exhibiendo su cuerpo con descaro.
La ropa y todo lo necesario se encontraban en el vestidor, al que podía acceder sin pasar por la habitación.
Su mirada se fijó en una pequeña gota de agua que resbalaba por la espalda de Kerem, justo en la línea media. En ese instante, él se giró y la encontró observándolo, una mueca burlona se dibujó en sus labios.
—¿Se te ha perdido algo? —La chica se ruborizó al sentirse descubierta.
—Eres un pesado. —Fue lo único que atino a decir, para después cubrirse por completo con la manta.
Kerem disfrutaba al molestarla, quería que se diera cuenta que un hombre como él, jamás querría tocarla.
A la mañana siguiente, al despertar Zeynep, vio que su querido esposo ya no estaba, se vistió con su ropa habitual, salió de la habitación, sus tíos estaban desayunando.
—Ven aquí hija, siéntate a desayunar con nosotros. —Buscó a su amiga con la mirada, no la encontró por ningún lado, ya preguntaría dónde estaba.
Su tío la llamó amablemente, su tía no pudo ocultar la cara de molestia al ver que de nuevo no se había puesto ropa de la que había elegido para ella, la chica se acercó y con respeto beso la mano de su tío para después llevarla a la frente, tal como había hecho antes, cuando se acercó a la mujer para saludarla, está volteó la cara para evitarlo.
—No es necesario que me saludes cada vez que me veas, como quiera vivimos en la misma casa.
Zeynep apretó los puños, esa mujer si que era irritante.
—No seas grosera con nuestra nuera mujer, sabes que debes darle tiempo para acostumbrarse, ha crecido en un país con costumbres muy diferentes a las nuestras.
—Te lo advertí varias veces, debiste traerla a vivir con nosotros cuando murieron sus padres, así se hubiera criado bajo nuestras costumbres, las que por lo visto está renuente a seguir. —Dijo mientras la recorría con la mirada de arriba abajo.
—No hagas caso de esta mujer hija, siéntate a acompañarnos.
—Lo siento, muchas gracias, pero se me ha ido el hambre.
—No puedes despreciar de esa manera los alimentos, ni nuestra compañía, es tiempo de que te des cuenta de cuál es tu lugar en esta casa.
—Lo sé perfectamente, y créame que no me interesa tenerlo, si pudieran dar ese lugar a otra mujer y darme mi libertad, se los agradecería eternamente.
La obesa mujer se le quedó viendo furiosa, no podía creer tal falta de respeto, se levantó de su lugar, y sin que Zeynep lo viera venir, le dio una fuerte bofetada.