“Nada más peligroso que una persona que te haga estrenar sentimientos”.
Benjamín Griss
Durante toda la noche Anna estuvo dando vueltas en la cama, no lograba conciliar el sueño, era como si todos sus pensamientos estuviesen en complot para no dejarla dormir. Necesitaba descansar. El día siguiente requería de concentración, foco y sobre todo mucha energía para cumplir con ambas tareas.
De pronto, cayó en cuenta que no había preparado el material para comenzar con su trabajo como “profesora de piano” sonaba tan bien decirlo; respiró profundamente y se levantó, tomó la libreta para comenzar a planificar su primera clase.
Ya eran más de la 1:00 de la madrugada, se acostó y finalmente se quedó dormida. Sonó la alarma, a diferencia del día anterior que despertó antes, tuvo que correr, ir al baño, ducharse y alistarse para salir. Poco tiempo tuve para arreglarse bien, por ahora solo tenía en mente, cumplir con su trabajo, a fin de cuentas, ya Arthur Venzon había dejado de ser el hombre de sus sueños para convertirse en su nuevo jefe.
Tomó el bus, iba distraida viendo por la ventanilla, sintió que alguien se sentó a su lado más no prestó mucha atención.
—Si esto no es suerte ¿no sé como puedo llamarlo? —refirió la voz masculina, ella volteó a verlo —Buen día Anna Bauer —dijo Otto sonriendo con un brillo increíble en sus ojos.
—Hola —respondió ella sin ser muy emotiva. Podía percibir como el chico la miraba.
—¿Vas a tu trabajo? —pregunta con interés de mantener una conversación más extensa con la joven.
—¡Sí! —respondió parcamente.
Viendo que no lograba atraer su atención, Otto sacó el libro de su bolso y se ocupó en leer. Ella miró de reojos y pudo ver el título del libro, a diferencia de ella, él leía historias de amor, “Las cuitas del joven Wether” de Goethe.
Era realmente muy sensible, pensó ella. El tiempo parecía estar detenido, Anna mira constantemente el reloj. Aún era temprano, pero por algún motivo, el tiempo pasaba lento.
Cuando vio que se aproxima su parada, amaga para levantarse. Otto se levanta para cederle el paso. Ella le agradece el gesto con una sonrisa.
—¡Qué tengas un maravilloso día, Anna!
—¡Gracias! —igualmente Otto. Cuídate.
El joven se arregló la camisa, se sentó nuevamente, sonrió como quien se gana la lotería y siguió leyendo. Otto estaba enamorado de Anna, siempre lo estuvo, desde que la vio llegar por primera vez al Conservatorio. Ella quizás no se fijó nunca en él. Otto en cambio se deleitaba viendo como ella tocaba el piano en los ensayos y suspiraba como Wether escribiendo sus cartas de amor.
Anna entró al restaurante, se cambió el uniforme y arregló el mostrador, encendió la máquina de los cafes, dejó todo preparado antes de que Michelle le llamase la atención. Levantó las cortinas de las ventanas y volteó el cartel de la puerta. Entraron los clientes y se dispuso a atenderlos.
Pronto terminó de atenderlos pero Arthur no aparecía. Necesitaba estar segura que todo estaría sucediendo de acuerdo a lo planeado. Ver que él no aparece, le llena de angustia. Para no sentirse más ansiosa de lo que ya estaba, tomó su libro y continuó leyendo. Escuchó que la puerta se abrió, levantó la cabeza. Efectivamente era el, su corazón comenzó a latir apresuradamente, sus manos comenzaron a sudar, se secó rápidamente del delantal t se puso de pie.
—Buenos días Anna, ¿Cómo estás?
—Buen día Sr. Venzon. Bien ¿y usted?
—Excelente. —metió sus manos en el bolsillo y sacó el fajo de euros. Contó el monto y se los entregó a Anna— Allí tienes, es tu pago adelantado de todo el mes.
—No era necesario, sólo esperaba la mitad. —aclaró ella.
—Soy una persona que le gusta confiar en los demás. Así que confío en que cumplirás tu mes de trabajo sin ningún inconveniente.
—Sí, así será. Soy responsable en todo lo que hago. Eso le aprendí de mi madre.
—Que bueno saberlo. ¿Me preparas dos cafés para llevar? Uno expresso y otro látex.
—En seguida se los preparo.
Anna sirve los dos vasos. Lo más seguro era que uno fuese para él y el otro para la rubia. Ella estaba celosa, estaba celosa de un hombre que no le pertenecía y que quizás ni siquiera se sentía atraido por ella.
Le entrega los dos vasos. Él le paga y ella le entrega el vuelto.
—¡Gracias Anna! Te estaré enviando la dirección por GPS. Aunque es bastante sencillo llegar allí, mejor no correr riesgos y que te pierdas.
—Sí, es mejor que esté segura de a donde voy.
—Bien, hasta pronto. —toma la caja de portavasos. Sube a su auto.
Anna lo observa desde el mostrador, ¿Cómo aquel hombre desconocido para ella, era capaz de provocar en ella tantas sensaciones con tan solo mirarla?
Ella sentía la sangre arderle y un fuego que iniciaba en sus mejillas, se expandía por su cuello, pecho y abdomen hasta llegar al centro de sus entrepiernas e inmediatamente comenzaban sus contracciones vaginales.
El resto de la mañana transcurrió tan veloz que Anna fue hasta la cocina para avisarle a Michelle que ya debía irse.
—Michelle, ya debo irme.
—¿Tan apurada estás? No ves que aún no llega Cloe. Capaz y le da por faltar hoy.
—Esta vez es imposible que pueda cubrir su turno. Desde hoy estaré dando clases de piano.
—¡Vaya te felicito! Eso siempre pasa, uno les ayuda cuando lo necesitan y luego no cuentas con ellos para nada.
—Siento no poder apoyarte, pero necesito ganar más dinero. El pago de la pensión aumentó y no me da para pagarla.
—Sí, conozco esa excusa. De verdad espero que tengas mucha suerte en tu nuevo trabajo.
Anna notó que se le hacia tarde, si continuaba discutiendo con Michelle, no solo iba a llegar tarde sino que terminaría sintiéndose la peor de las personas, con todo lo que su jefa le estaba diciendo.
Se cambió el uniforme, se puso un jeans oscuro, una blusa blanca de estampado floreado carmín y sandalias rojas no muy altas finalmente salió del restaurante. Por suerte al hacerlo, se topó con Cloe.
—¡Hola Anna! Disculpa por llegar un par de minutos tarde.
—No te preocupes por mí. Trata de amansar a la leona que está dentro.
Por ser su primer día de trabajo, para no llegar tarde y para ver el recorrido, prefiere irse en Uber. Aún guardaba la propina que Arthur le había dado, con ello podia pagar sin tocar el dinero de su pago. Pidió el taxi, un minuto después estaba yendo a la casa de Arthur Venzon.
El auto se detiene, Anna paga. Aquel lugar era sencillamente hermoso, la mansión era de tres pisos, con una estructura bastante clásica y elegante, el enorme jardín rodeado de arbustos delicadamente podados, del otro lado un garaje donde cabrían por lo menos cinco autos y la entrada, una puerta de cedro rojizo de algunos dos metros y medios de altura.
Anna toca el timbre. Aguarda a que se abra la puerta. Está algo nerviosa. Por segunda vez toca el timbre y la puerta se abre. La recibe la ama de llaves.
—¿Srta. Anna Bauer?
—Sí, soy yo.
—Pase adelante —Anna entra, la mujer rubia de algunos cincuenta años la invita a seguirla. —Venga por aquí, por favor.
Es inevitable que Anna se entretenga viendo la decoración de aquella mansión. Aunque su familia no era del todo humilde, jamás había visto tantos muebles y cuadros en un solo espacio. Se sentía como en un museo de arte.
La mujer volteó a verla, se detuvo a esperarla y hizo un ruido con su garganta carraspeando para que la chica volviera a la realidad.
—Señorita, puede pasar. En seguida el joven Felipe estará aquí.
Al entrar a aquel lugar, el piano de cola acústico negro marca Yamaha. Anna estaba impactada, ella solo había visto algo parecido en el Conservatorio Hoch. Aquello era un sueño para ella, poder interpretar algún tema de sus preferidos en aquel maravilloso y lujoso piano.
Sintió que alguien entraba y se volteó a verlo.
—¿Quién es usted? —preguntó asombrado de ver aquella chica allí.
—Hola, soy Anna. ¿Eres Felipe? —dijo ella y él asintió— Soy tu profesora de piano —extendió la mano para saludarlo.— Un placer Felipe.
El adolescente apretó su mano con fuerza. Nunca había estado frente a una mujer tan amable y bonita. Pensó por un momento que sería alguna anciana o una mujer de cincuenta años como Elvira, la ama de llaves.
—Igualmente —sonrió a medias.
Felipe no parecía ser muy extrovertido, a pesar de ser un joven muy guapo. Sus cabellos rubios como el oro y sus ojos verdiazules daban a su rostro un porte de príncipe real. Anna se sentía así, como en un cuento medieval, de reinas y príncipes.
—Comenzamos —lo invitó a dar inicio con la clase.
Aunque Anna era muy joven y amable, ella debía representar autoridad para él.
Ella inicia tocando un tema de Elton Jhon para que Felipe se sienta en ambiente y pierda un poco la timidez que lo caracteriza a pesar de ser un adolescente.
—Elthon Jhon —dijo sonriendo.
—Sí, ¿te gusta ese tema?
—¡Wow! Sí.
Anna había logrado su cometido, cautivarlo e ir conociendo un poco de su nuevo alumno. El chico se sienta en la misma banqueta y observa los movimientos de sus dedos finos y largos.
Ya después de romper el iceberg que tenía frente a ella, todo sería más sencillo y agradable para ambos. El adolescente muestra entusiasmo, la forma de Anna enseñarle era muy diferente a la que había imaginado y visto en su colegio.
Transcurren las dos horas, ya son las 5:00pm de la tarde. Por un momento Anna pensó que coincidiría con Arthur en su primer día de clase, pero no fue así. Le dejó un ejercicio a Felipe y se despidió del joven.
Elvira la acompaña hasta la puerta, justo cuando Anna mueve la manilla para abrir, alguien del otro lado hala en sentido contrario. Ella suelta la manilla y la puerta se abre:
—¡Disculpe! —se excusa Anna.
—¿Ya terminó su primera clase? —pregunta Arthur mientras la observa fijamente.
—¡Sí! —ve su reloj para verificar su hora— 5:01 de la tarde.
—Tendré que sincronizar mi hora. Tengo cinco minutos de retraso. —mira el reloj de pared y confirma que marca la misma hora que Anna.
—Hasta luego —se despide y sale.
Arthur se queda observando a la chica mientras ella se aleja.
—Por lo visto es muy responsable —comenta él.
—Y muy bonita —responde Elvira— excesivamente bonita.
Arthur sonríe y entra a su casa. Mientras sube la escaleras hacia su habitación, piensa en el comentario de Elvira; realmente Anna era muy linda, pero ese debía ser un detalle insignificante para él. Anna estaba allí para darle clases a Felipe, no para que él se fijara en ella. Sabía que el comentario de Elvira iba con esa intención, siempre ha querido que se vuelva a casar. Y hasta ahora Arthur se negaba a ello, pero por primera vez se detuvo a pensar en esa posibilidad.
“Nunca sabes de qué suerte peor te ha salvado tu mala suerte.”
Cormac McCarthy
Anna sube al bus, solo espera no toparse con Otto, realmente no estaba de ánimos como para escuchar a nadie hablando sandeces cerca de ella. Se sentó al lado de una señora algo mayor, que parecía ajena a su entorno, como si nada a su alrededor existiese.
Muchas veces, Anna deseo estar así, con su cuerpo en el presente y su mente ajena a la realidad. Pero eso era casi imposible, siempre la sobornaba alguna de sus preocupaciones y terminaba cediendo, volviendo a la realidad.
Repasa mentalmente su día; la clase con Felipe había sido productiva. El adolescente tenía buen oído musical y eso siempre es un agregado en su profesión. ¿Mas por qué se sentía así, melancólica y a la vez irritada?
Mira hacia la ventanilla, una pareja se besaba, rubia la chica y él un poco más oscuro. El gatillo mental se dispara en su cabeza. Aún le afectaba haber visto a Arthur con aquella mujer. Sentía celos, celos de una mujer que no conocía y de un hombre que no le pertenecía.
Llegó a su parada, bajó y caminó hasta la pensión. Se metió en la ducha, luego se puso un camisón y fue a pagarle a Doña Cira. No podía arriesgarse a perder su habitación y quedarse en la calle.
—Doña Cira —tocó la puerta de la habitación de la mujer, quien salió rápidamente a atenderla.
—Sí, Anna dime.
—Acá le traje el pago.
La mujer toma los billetes y cuenta un par de veces.
—Muy bien pero te dije que voy a aumentar el precio, el dinero se me va en arreglos para la pensión y medicinas.
—Sí, pero es a partir del próximo mes, imagino.
—No, que va. Eso es para ahora. Te faltarían 50€.
—Prácticamente está aumentando el doble. Creo que es exagerado.
—Si te parece exagerado, busca otra pensión donde puedas pagar menos. Yo hasta tengo uno interesado en ti cuarto. Así que tú decides.
Anna se regresa a su habitación, a pesar de que aún tenía para pagar lo que faltaba, le parecía abusivo de su parte, aquella era una casa vieja y tenía filtraciones por todos lados. Solo que pagaba poco, pero aumentar la renta por algo que no costaba eso, era exagerado y hasta un robo.
Se acostó con mucho más rabia de la que ya tenía. Sacó el dinero de la gaveta y lo contó. Aquello le serviría para estar tranquila el resto del mes. Si le pagaba los otro 50€ no sólo quedaría con menos si no que habría gastado la mitad de lo que se ganó y apenas había dado la primera clase.
Comenzaba a sentirse angustiada con todo aquello. Guardó el dinero y tomó de la mesa de noche su libro. Lo abrió y siguió leyendo. Cada capítulo que leía, venía a su mente la imagen de Arthur Venzon, como si su ser solo desease descubrir lo que aquel hombre guardaba dentro de sí.
Se quedó dormida. Despertó mucho antes de la hora, le crujía el estómago. No había cenado. Se levantó, abrió el guardarropas, sacó la bolsa de galletas que había comprado el día anterior. Se sentó con las piernas cruzadas sobre la cama. Repentinamente escuchó ruidos en la puerta principal, como si alguien intentara abrir a la fuerza. Se paró y aseguró la puerta, su corazón latía acelerado.
Si se trataba de algún ladrón, la primera habitación era la de ella, posiblemente intentarían abrir donde ella estaba. Se recostó de la pared, las piernas le temblaban. En aquella residencia casi todas las cinco habitaciones estaban ocupada por mujeres. Por lo que serían un blanco fácil para cualquier delincuente.
El forcejeo en la puerta persistía. De pronto oyó la voz de una mujer gritando afuera.
—Doña Cira, por favor. Abra.
Anna se asomó por la ventana de su cuarto, vio que se trataba de Fedora, otra de las inquilinas de la pensión. Tomó sus llaves, abrió la puerta. Fedora entró hecha nervios.
—¿Qué le ocurre?
—Gracias por abrir muchacha. Soy enfermera y tuve guardia hasta tarde. Tomé un taxi pero el hombre que lo conducía se puso algo abusivo. Tuve que bajarme corriendo y dejé mi cartera en el auto.
—Vaya susto que me dio. Por poco me da un infarto.
—Disculpa Anna, ¿es así que te llamas?
—Sí, Anna.
—Gracias de verdad, pensé que el taxista se devolvería y aún estaría afuera.
—No fue nada. No se preocupe.
Fedora fue hasta su habitación. Anna regresó a su cuarto, luego de cerrar la puerta principal con llave. No pudo retomar el sueño. Cada vez que intentaba quedarse dormida oía ruidos afuera. Necesitaba descansar. Por suerte solo tenía que ir a la cafetería hasta las 3:00 de la tarde y regresar a la pensión.
No había terminado de cerrar los ojos cuando la alarma sonó. Se despertó agotada, se dio una ducha para poder espantar el sueño que cargaba. Salió a tomar el bus. Puntualmente pasó. Subió, buscó el puesto al final y se recostó de la ventanilla. El sueño la venció. Una mano en su hombro meciéndole la hizo reaccionar.
—¿Qué, qué pasó? —pregunta exaltada.
—Creo que se quedó dormida. Esta es nuestra última parada.
Anna bajó corriendo del bus y echo a andar de regreso hacia la cafetería. Caminaba apresuradamente sin mirar a ningún lado. A pesar del frío, estaba sudando. Por fin vió la cafetería a unos pocos metros, acelera el paso, mira su reloj, diez minutos de retraso. Michelle debía estar más que enojada, iracunda.
Llegó a la cafetería, estaba abierta. Entró. Detrás del mostrador estaba una chica atendiendo. ¿Cómo podría saber que ella llegaría tarde? ¿Quién era aquella morena que ocupa su lugar?
Sin preguntar, entró a la cocina.
—Buenos días Michelle, disculpa la tardanza.
Michelle la miró de pie a cabeza. Le hizo señas para que se sentara. Anna se sentó. La mujer sacó de su bolsillo unos billetes y los contó un par de veces.
—Este es tu pago del mes. —extendió la mano y se los entregó. Anna los recibió aún sin entender lo que estaba pasando.
Se levantó, guardó el dinero en su bolso.
—Voy a cambiarme entonces.
—No —Anna se detuvo— Estás despedida.
—¿Cómo? Pero ¿por qué?
—Todavía lo preguntas. No estás comprometida con tu trabajo. Yo necesito a alguien que cuando necesite su apoyo, no diga que no.
Anna sintió que el mundo comenzaba a darle vueltas, Michelle la vió palidecer. La ayudó a sentarse y le dio un vaso con agua.
—¿Qué tienes? ¿No me digas que estás…?
—No, señora. No estoy embarazada. Tal vez fue la tensión. No sé preocupe —como pudo se puso de pie, caminó y salió de la cocina, miró a su sustituta, sonrió con pesar y salió del restaurante.
Aún se sentía mareada. Cruzó y se sentó en la banqueta de la plaza, no pudo aguantar más y se quebró. Mientras Anna pensaba que iba a hacer con su vida. El lujoso auto se detuvo. Arthur Venzon entró a la cafetería.
—Buen día, un expresso por favor. —la inexperta joven tardó unos minutos para servir el vaso que terminó derramando sobre su propio delantal.
—Disculpe señor. Soy nueva, aún no sé usar muy bien la máquina.
—¿Y la otra chica?
—Fue despedida. Está sentada allá en la plaza, pobre —señaló con su mano en dirección a donde estaba Anna.
—No te preocupes, déjalo así. —sacó de su bolsillo el dinero para pagar el café y salió del local.
Cruzó la calle. Anna estaba cabizbaja, echa un mar de lágrimas. Él se acercó lentamente para no asustarla.
—¿Estás bien? —dijo colocando su mano sobre el hombro de la chica.
Ella levantó el rostro al reconocer la voz de Arthur. Se secó los ojos y lo miró fijamente. Él le tendió la mano, Anna se levantó y sin pensarlo, se lanzó entre los brazos de él.
—No tienes por qué estar así —trató de consolarla pero sus palabras provocaron más angustia en ella. Lloró desconsoladamente— Por favor, ya no llores —le imploró.
Ella levanta su rostro, enjuga sus lágrimas, se limpia el rostro y lo mira fijamente. Era fácil perderse en el azul de su mirada. Anna lo sentía así.
“El amor no se mira, se siente, y aún más cuando ella está junto a ti."
Pablo Neruda
Arthur no podía evitar sentir la tristeza de Anna, dentro de sí, era algo inexplicable. Quizás veía en ella aquella hija que siempre deseo tener con Emma.
—¿Quieres que te lleve a tu casa?
—No, no se preocupe. Usted debe estar ocupado.
—Sí, realmente un poco. Pero soy el dueño de la empresa, digamos que eso me permite tener ciertos privilegios, aunque rara vez los uso.
—No se preocupe en verdad. Tengo que despejarme un poco, mejor me voy caminando hasta la parada de buses. Quizás también pueda conseguir otro empleo que me ayude con mis cuentas.
—¿Tienes algún problema? ¿Sí necesitas, puedo ayudarte?
—No faltaba más. No acostumbro a recibir dinero de ningún hombre.
—No te ofendas, puede ser un préstamo. ¿Te parece?
—Aún tengo lo que me pagó, solo que la Doña de la pensión aumentó y pues, me descuadra un poco. Pero ya encontraré alguna otra cosa que hacer.
—No seas orgullosa. Es un préstamo, si consigues algo pronto, me lo devuelves y ya.
Anna hubiese querido abrazarlo y repartir besos en su boca, pero no debía, tampoco se atrevería. Ella no acostumbraba ser tan extrovertida.
—Te invito un café y no acepto un no por respuesta.
—Está bien, acepto. Creo que con todo lo que ocurrió olvidé tomar uno.
—Crucemos —la toma de la mano, ella se suelta y replica:
—¿Está loco? No puedo entrar allí.
—¿Quién dice que no? Vamos a tomarnos un café. Ahora no eres la empleada. Eres mi invitada de honor.
Con cada palabra suya, con tanta amabilidad Anna sentía que se estaba enamorando cada vez más de Arthur. Cruzaron, él abrió la puerta para que ella entrara. Fueron hasta la mesa que él acostumbra a usar.
—Ya regreso. —se pone de pie, va hasta el mostrador y pide dos capuccinos, le explica a la Virginia, la nueva empleada cómo debe prepararlo. Pide además de ello, dos croissant.
La joven entra a la cocina. Minutos después le sirve la croissant y las dos bebidas. Michelle que ya se acaba de enterar que Anna está allí sale, con intenciones de sacarla, pero se detiene en seco cuando ve que quien la acompaña es el CEO de la Meyer. ¿Cómo era posible que una chica tan insignificante pudiera tener tan buena suerte? Todas las mujeres de la zona que eran solteras, se babeaban por él; Inés la peluquera, Gabriela la camarera del hotel, Dalia la repostera y la misma Michelle. Era el hombre más apuesto y sobre todo adinerado de toda la zona.
Michelle regresa a la cocina y desde allí observa a su ex empleada sentada con Arthur Venzon.
—¿Te sientes mejor?
—Sí, un poco. Creo que si necesitaba este café.
—Me alegra —coloca su mano sobre la de ella. Anna siente que un incendio comenzaba a ardiente dentro de ella.
—Mañana estaré puntual en su casa. Felipe es muy inteligente. Creo que aprenderá muy rápido.
—Que bueno saberlo. Pensé que te daría dolor de cabeza. Es un buen chico, solo que a veces actúa muy rebelde y tengo que castigarlo. —Anna abre los ojos espantada— No te asustes, me refiero a prohibirle algunas cosas como sus video juegos, o idas al club. En cambio Frederick es mucho más maduro.
—Dicen que no es bueno comparar a los hijos unos con otros. Yo no tuve hermanos pero imagino lo mal que se siente que te comparen con alguien más.
—Sí, quizás tengas razón. Aunque no los estoy comparando. Solo te describo a cada uno de ellos.
—Bueno Anna, ahora si creo que debo irme. Aunque sea el dueño debo dar el ejemplo a mis empleados. —mete la mano en el bolsillo. Va hasta el mostrador, paga la cuenta y regresa a la mesa— Ten, resuelve y me pagas luego. Anna intenta devolverle el dinero pero él sostiene su mano y le cierra el puño.
—Gracias. Espero devolverle pronto el préstamo. —Anna también se levanta y sale junto con él de la cafetería.
Michelle sale de la cocina, se para junto al mostrador.
—Mira a la mosquita muerta. No rompe ni un plato, sino la vajilla entera.
Virginia prefiere no opinar. Ella misma sintió pena por Anna cuando salió triste de la cocina.
Arthur sube a su Mercedes y se despide de Anna. Ella camina hasta la parada de buses. Regresa a la pensión. Aquel dinero que recibió debía administrarlo muy bien, por lo que terminó de pagarle el resto del mes de alquiler a Doña Cira.
Sacó su celular, comenzó a editar su currículo para llevarlo el día siguiente a algunas tiendas, antes de ir a las clases de piano con Felipe.
Esa noche cayó rendida de sueño. La mañana siguiente despertó de mejor ánimo. Buscó en su guardarropas, escogió un vestido rosa de cuello alto y falda al vuelo que sirviera no sólo para dar su clase de piano, sino para verse presentable por sí surgía alguna entrevista esa misma tarde.
Decidió arreglarse bien, quería verse bonita. Salió a la hora del mediodía, tomó el bus. Media hora después estaba en el centro. Entregó su currículo en algunas tiendas. Después tomó el bus para llegar hasta la casa de Arthur, cuya distancia era de casi una hora.
Puntualmente llegó. Se arregla el vestido, toca la puerta. Espera unos segundos, vuelve a tocar, escucha los pasos acercarse, prepara su mejor sonrisa. La puerta se abre, frente a ella, un chico rubio, de ojos grises, mirada penetrante y fornido la observa sonriendo. Ella se pone algo nerviosa:
—Buenas tardes. Soy la profesora de piano de Felipe. Vine por su clase de hoy.
—¡Wow! No pensé que hubiese una profesora de piano tan hermosa —cruza sus brazos en su pecho dejando que sus musculosos bíceps se vean mucho más atractivos y grandes.
Anna no responde al comentario, al contrario está un poco intimidada con la actitud del joven apuesto.
—Soy Frederick —apreta su mano— el hermano mayor de Felipe. Pero me puedes llamar Fred muñeca.
—Disculpe pero no me parece amable ni caballeroso su trato hacia mí. Le agradezco un poco más de respeto.
—¡Uyyy! Cuanta seriedad. Como gustes preciosa. Pasa adelante, ya le aviso a mi hermano que estás aquí.
El trato confianzudo de Frederick irrita a Anna. Siendo su padre tan caballeroso, ¿Cómo era posible que su hijo, fuese todo un patán?
Anna entra y siente la mirada livinidosa del apuesto joven, escaneándola de pie a cabeza. A lo lejos ve a Felipe, quien al verla se aproxima hacia ella.
—Hola Anna —la saluda emocionado.
—Hola Felipe. ¿Cómo estás?
—Bien, ven para enseñarte, ya me aprendí el ejercicio que me mandaste.
Anna lo sigue, entra con él a la biblioteca. Mientras Felipe le muestra en el piano sus habilidades, Frederick se recuesta de la puerta y la observa fijamente.
—Estuviste muy bien, creo que en poco tiempo serás un buen pianista.
—¿De verdad lo crees? —pregunta algo desconfiado.
—Por supuesto que sí, todo es poner en práctica lo que vayas aprendiendo.
Felipe realmente se sentía algo desconfortable e inseguro de sí mismo. Lo que Arthur le había comentado la mañana anterior distaba mucho de lo que ella percibía. Aunque no conocía del todo la historia, imaginaba que al no estar su madre presente en su adolescencia debía ser más complicado para él enfrentarse a aquella etapa algo difícil para muchos.
Ella misma había perdido a sus padres a los quince y aunque estuvo con ellos durante su infancia, su muerte la afectó durante varios años. Anna se sentía culpable de su muerte. “Si ellos no hubiesen ido esa tarde al Conservatorio Hoch, estarían vivos” se repetía constantemente esa frase.
Anna se siente algo incómoda, Frederick no dejaba de observarla. Trató de mantenerse firme y evitar que su presencia le afectara. Minutos después, ella volteó a verlo, pero él ya no estaba ¿A dónde se habría ido?
Durante el tiempo que estuvo allí, él no volvió a aparecer. Anna terminó con su clase. Se despide de Felipe, este la acompaña hasta la puerta. Su gesto caballeroso le robó una sonrisa. Felipe se parecía más a Arthur, a pesar de ser introvertido y reservado.
Anna salió de la mansión, atravesó el jardín, tomó la acera y caminó rumbo a la parada. De pronto sintió un carro venir en su misma dirección lentamente como para no pasarla. Ella no quería voltear, estaba asustada. El auto aceleró un poco y se colocó a su lado.
—¿Puedo llevarte?
Ella reconoció esa voz, se detuvo y sonrió, su corazón latía rápidamente, Arthur estaba hipnotizado con la belleza de Anna. Ella asintió, subió al auto. Aunque él pudo preguntarle muchas cosas, se dedicó a conducir y mirarla de reojos.
Era como si su corazón lo condujera a un abismo de emociones y su conciencia le repitiera constantemente ¡Stop!