“sin embargo/te doy toda mi/autorización/de que en tu cama en/ tu sueño/o en la vida cotidiana/me hagas todo lo que/ tú quieras”
Anaïs Abreu D’Argance
Anna escucha un auto detenerse frente a la pensión, su cuarto es uno de los primeros, Doña Cira, es una mujer algo estricta por lo que no le agradan las visitas a altas horas de la noche.
La joven astutamente se asoma a la ventana, Arthur le hace señas desde la ventanilla del auto. Ella sala sigilosamente sin hacer ruido. Él está parado frente a la puerta:
—Olvidaste esto en mi auto. —Le entrega el libro, ella sonríe y él sonríe también.
Sin decir palabras, ella se prende a su cuello y lo besa, Arthur la toma entre sus brazos, ella siente su fuerza, el calor de su cuerpo, lo guía sin dejar de besarlo hasta su habitación, cierra la puerta, empujándola con uno de sus pies.
Arthur la acaricia frenéticamente, toca sus delicados senos, ella se estremece, sus besos son ardientes y únicos, nunca sintió unos labios tan suaves pero a la vez apasionados. Anna desliza sus manos por su espalda, siente sus músculos y su virilidad presionarle el vientre, se pone de puntillas para dejar que su sexo se coincida con el falo erecto de Arthur.
—Te deseo Anna. —bisbisea él, mientras sus labios abandonan los de ella y se aventuran a saborear el resto de su cuerpo.
Anna gime con cada roce y contacto de sus labios húmedos que encienden el fuego en sus entrañas. Deja que él recorra su pecho con su lengua y se distraiga en cada uno de sus rosados pezones.
—Arthur, Arthur —repite su nombre como apoderándose de él.
Arthur sabe como enloquecer a cualquier mujer, delicadamente besa sus caderas, ella arquea su espalda, mueve sus caderas y hunde su abdomen obligando a que él continúe el recorrido hasta su pelvis inquieta, ella lo mira desde el norte y él la contempla desde el sur.
Él toma una de sus piernas y la deja sobre su hombro, con sus dedos abre la almeja que ella guarda celosamente desde hace veintiún años para ser deleitada por él, Arthur saborea sus labios largos. Anna sostiene su cabeza, entrelaza sus dedos en su cabello ondulado. La humedad de su vagina es tal que ella no puede contener las ganas de tenerlo dentro.
—Arthur, Arthur.
Escucha que tocan a su puerta, abre los ojos, mira a su alrededor solo está enredada entre las sábanas. No puede ser que aquello fuese un sueño. Abre los ojos, escucha nuevamente la puerta sonar. Se levanta y abre:
—Anna disculpa la hora, era para recordarte que debes pagar este fin de semana tu mes de pensión.
—No se preocupe Cira, para el fin de semana tendrá su pago. —responde aún agitada por aquel sueño.
Cierra la puerta, mira la hora, apenas son las 10:00 de la noche. Debió quedarse dormida, se acuesta nuevamente, repasa las imágenes de aquel sueño, se toca y siente la humedad de su sexo.
—¡Wow! Solo fue un sueño húmedo. Parecía tan real. Dis, ¿que me ocurre con ese hombre? —se interrogarlo a sí misma.
Se voltea nuevamente deseando continuar aquel sueño. Pero no lo logra, da vueltas y vueltas en la cama, se levanta, toma un vaso con agua. Abre su cartera, agarra el libro de Maxwell y continúa leyendo uno de los capítulos que más le ha dado trabajo Rec (sex).
Lo relee por tercera vez y mágicamente aparecen tres notas musicales en su cabeza Fa-sol-do. Anota rápidamente en la libreta que guarda debajo de su almohada. Aquel sueño había elevado en ella su sensibilidad e instinto sexual.
Anna se recuesta nuevamente y finalmente duerme hasta el amanecer. Despierta angustiada, creyendo haberse quedado dormida, se levanta corriendo de la cama, se limpia los ojos, toma el celular para ver la hora, la tranquilidad regresa a su cuerpo al ver que aún faltan algunos minutos para sonar la alarma.
Hasta ahora, siempre despertaba con la alarma, por primera vez en un mes no la necesitó. Su subconsciente está atento a sus inmensas ganas de ver al hombre de sus sueños, Arthur Venzon.
De él sabía poco, sólo lo que Michelle comentaba en sus minutos de descanso. “Es un multimillonario” “Enviudó hace muchos años y nunca más volvió a casarse” “es un amargado” pero para Anna su percepción es otra. Él era un hombre sensible que se recubría con aquella fachada para no volver a sufrir. Ella lo entendía, ella lo había vivido cuando murieron sus padres.
Se ocultaba tras el rostro de una chica mal humorada, sería y enfocada solo en sus clases de piano, por ello durante sus años en el Conservatorio Hoch tuvo pocas amistades y los chicos a quienes le llamaba la atención terminaban alejándose de ella por su carácter impasible y hostil.
Arregla su cabello, toma su chaqueta para el frío invernal de Franfourt. Camina hasta la parada del bus. Ya debería estar por pasar. Se inquieta al ver su reloj. Faltan algunos minutos para que pueda llegar a la hora que le corresponde.
Un auto se detiene frente a ella, el vidrio del copiloto baja lentamente. La mirada azul hipnótica de Venzon la deja sin aliento.
—Sube Anna.
Anna mira a todos lados, necesita cerciorarse de que no está soñando por segunda vez, abre la puerta del auto y sube.
—Buen día Sr. Venzon. ¿Usted por aquí?
—Sí, salí un poco antes de mi casa, decidí pasar por ti. Hablé con Felipe. Quiere ver sus clases de piano.
—¡Wow! —exclama emocionada la joven pelirroja.
—Vamos entonces para dejarte en tu trabajo. —pone en marcha el auto, mientras conduce le da las explicaciones del horario en que deberá ir hasta su casa— Serán dos días a la semana, miércoles y viernes de tres a cinco de la tarde, así no tendrás problemas para tomar tu bus. En cuanto al pago será semanal. Solo debes decirme cuanto será.
Anna lo mira fijamente, asiente por asentir, su mente está concentrada en sus labios y en lo maravilloso que debe ser sentirlos de verdad, no en un sueño, su piel se eriza de solo pensarlo.
—¿Escuchaste lo que te platiqué?
—Sí, sí. —responde automáticamente.
—Bien, ¿cuánto cobrarás por hora?
—La verdad no sabría decirle, es la primera vez que daré clases particulares.
—Muy bien, entonces averigua y me envías un mensaje, toma esta es mi tarjeta —saca el cartoncillo de su bolsillo y se lo entrega.
—¡Gracias Sr. Venzon! Hoy mismo le haré llegar el presupuesto.
—Sí, recuerda que deberás comenzar mañana.
El auto se detiene, ella lo mira fijamente, él le hace señas con la boca. Ella voltea a su derecha, están estacionados frente a la tienda.
—¡Ah, gracias!
—¡Qué tengas buen día Anna!
Ella baja del auto, entra por la puerta de atrás del cafetín. Michelle ya la espera ansiosa.
—Cinco minutos tarde Anna.
—Lo siento, el bus se retrasó.
—Siempre tienes una buena excusa. —refunfuña la mujer.
Anna prefiere no discutirle su injusta opinión, hoy está realmente feliz. Aunque él haya ido solo a buscarla para notificarle lo de su nuevo empleo, ella siente que el destino está jugando sus cartas para ponerlos frente a frente.
Se ocupa en su trabajo, abre la puerta del pequeño restaurante. El sol apenas se asoma pero ella se siente resplandeciente.
—¡Buen día! —saluda a cada cliente que va llegando. Luego camina hasta el mostrador.
—Un látex para llevar.
—A mí un expreso para tomar aquí, por favor.
—Yo quiero dos capuccinos.
Esta vez, respira, se relaja y atiende uno por uno a los clientes.
Llega su hora de descanso. Va hasta la cocina para almorzar. Michelle la observa, sus gestos de alegría son bastante evidente, piensa con cierta envidia, “que la puede tener así”.
Anna termina de almorzar, se regresa a su puesto de trabajo. Voltea el hablador del lado contrario “abierto” estuvo tan ocupada en la mañana que no se percató de que Arthur no fue como de costumbre por su café.
Busca en su bolso el libro, lee un poco. Se abstrae en su lectura. Escucha frente al mostrador la voz grave y sensual de Arthur.
—Un expreso por favor.
Ella lo mira con una sonrisa espléndida. Se pone de pie, deja el libro a un lado, le prepara su café y le entrega.
—¡Gracias! —responde él, se sienta en una de las mesas cruza su pierna, saca su iPhone 13 y revisa su celular mientras toma su café.
Anna evita mirarlo, no quiere parecer tan evidente frente a él, aunque en ocasiones se cruza con su mirada y un escalofrío le recorre todo el cuerpo. Comienzan a llegar algunos clientes, eso le permite a Anna enfocarse en otros asuntos, que no sea en la presencia perturbadora del CEO.
Él se levanta, va hasta el mostrador, paga su café. Ella recibe el pago, abre la caja registradora para devolverle el resto del dinero.
—Déjalo así, le cierra la mano con la suya —su roce provoca en ella la misma sensación del sueño. La humedad en su vagina, el fuego que emana desde dentro.
—¡Gracias! Si sigue dejándome propinas voy a tener que darle clases gratuitas a su hijo.
—Son dos trabajos diferentes, la propina es por tu excelente atención. Aún espero tu mensaje.
—Sí, deme un chance. Hoy ha estado cargado de trabajo el día.
Arthur sale de la tienda, sus ojos, los de ella, se van detrás de la figura masculina y perfecta de aquel hombre que provoca en ella sensaciones increíbles y estremecedoras.
Minutos después llega su compañera de cambio de turno. Anna se quita el delantal de su uniforme, se cambia en el baño y sale de la tienda.
Se aventura a caminar un poco por el centro de la ciudad, mira su reloj de pulsera, su bus deberá pasar en treinta minutos. Camina distraida mirando las vidrieras. Como si algo le dijera que debe mirar a su derecha, Anna voltea y mira un auto igual al de Arthur estacionado del otro lado de la calle, reconoce que el hombre que conduce es él, pronto ve una hermosa rubia acercarse, sube al auto y lo besa en la boca. Anna siente por primera vez aquella sensación hostil y a la vez angustiante de los celos. Su héroe tenía su propia doncella, esta vez no era un sueño. Mientras el auto se aleja, se aleja de ella la esperanza de soñar con él, de que su sueño pudiera convertirse en realidad.
Mira la hora, solo faltan cinco minutos para que el bus pase y ella pueda llegar a tiempo a la parada, corre desesperada, corre como corría de niña detrás de las mariposas para atraparlas. Su corazón palpita agitado. Sube al bus, camina hacia la parte de atrás, se sienta en el último de los asientos al lado de un chico de cabello oscuro y mirada profunda, quien la contempla de forma inquisitiva.
“Nada fija tan intensamente un recuerdo como el deseo de olvidarlo.”
Michel de Montaigne)
Anna se mantiene algo incómoda ante la insistente mirada de aquel chico. Finalmente y de la nada el joven se dirige a ella:
—¿Anna Bauer? —sonríe emocionado.
—Sí ¿y tú? —pregunta algo sorprendida.
—¿No me recuerdas? Soy Otto Schneider.
Anna sigue sin recordar a aquel chico que se ve tan feliz de encontrarla.
—Estuvimos en el Conservatorio Hoch, ¿recuerdas el chico de lentes, gordito que tocaba la viola?
—Ah sí, ya recuerdo. ¿Cómo estás?
—Bien, bien. Realmente feliz de verte. Tanto tiempo que ha pasado, no pensé que volvería a verte.
—También me alegra verte —responde un tanto recelosa, realmente no lo recordaba, mas él parecía saber mucho de ella.
—¿Vives por aquí? —pregunta Otto con curiosidad. Quería saber de ella loa más que pudiera.
—Sí, ¿y tú?
—Me quedo en la próxima parada. De verdad no puedo creerlo. Anna Bauer, que linda estás. —El bus se detiene y el chico desciende. Agita su mano efusivamente, mientras el bus se aleja.
—¡Dios! —murmura ella. Por momentos creyó que era algún psicópata.
***Flash back
Cuando Anna llegó al Conservatorio de Hoch, estaba muy nerviosa. No pensaba que lograría ser aceptada en aquella prueba de ingreso. Aún así, estaba preparada para hacerlo. Su padre Karl solía animarla siempre para que confiara en su talento. Greta en cambio era de carácter más fuerte.
—Vamos mi niña, tú puedes entrar en ese Conservatorio, eres muy buena —repetía Karl constantemente a su hija.
—Ensaya Anna, de eso se trata. De estar preparada para ese momento. —intervenía Greta para darle un toque de realidad a la adolescente.
Ella regresaba a su cuarto de ensayos y se sentaba por más de dos horas a leer la partitura y ejecutar magistralmente el tema que más le envolvía de Mozart “Sonata para piano N°1 Allearo”.
Anna tocaba cada vez más fuerte cuando escuchaba que sus padres comenzaban a discutir sobre su futuro como pianista.
—No tienes por qué ser tan estricta con Anna. Ella es muy buena. —increpa a su esposa, algo desconcertado por la actitud de Greta.
—No comiences Karl. Anna necesita de disciplina.
—El arte va más allá de la disciplina, es mera creatividad.
—¿Acaso crees que si Mozart se hubiese dedicado a escribir canciones sin poner en práctica su conocimiento, habría alcanzado el éxito?
—No lo sé, pero Anna hace lo mejor que puede y tú la torturas con tus exigencias.
—Cuando sea famosa, ten por seguro que me lo vas a agradecer tanto tú como ella.
Anna se sentía realmente triste cuando los escuchaba discutir de aquel modo. Ella amaba tocar el piano pero no quería ser la causa de discusión entre sus padres.
Cuando subió al escenario para interpretar “La marcha turca” el tema de Mozart que había escogido para la presentación, sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
Comenzó y su interpretación fue realmente magistral, se llevó el aplauso de los tres jurados que aprobarían su ingreso a la Academia. Sus padres detrás del telón por primera vez se abrazaron y disfrutaron del éxito de su hija.
Ella fue hasta atrás donde estaban sus padres y se unieron en un fuerte abrazo los tres.
—Sé que lo lograrás, hija —le dijo Karl besando su frente.
—Eres una vencedora Anna —Greta la abrazo como nunca antes lo había hecho. —Aunque no quedes, sé que eres la mejor y estoy muy orgullosa de ti. —escuchar aquellas palabras de la boca de su madre, le hizo sentir un nudo en la garganta, quería llorar a pesar de que estaba feliz por su logro.
—Gracias a los dos, los amo.
El jurado dio el resultado minutos después, Anna había sido seleccionada. Lo había logrado y estaba feliz por ello. Cuando sus padres se despidieron para volver a casa. Ella se sintió nostálgica. Era la primera vez que estaría lejos de ellos. No imaginaba que esa era la despedida final.
Karl sube al auto. Greta sonríe y agita su mano con emoción. Un par de kilómetros después, él se siente un poco triste, tampoco quería dejar a su hija.
—No quiero dejarla sola —dijo con un tono de voz lloroso.
—No podemos truncar su camino Karl. Anna está en el mejor lugar para ser la más grande de todas las concertista. También siento melancolía por dejarla, pero nosotros mismos soñamos esto para ella.
—Sí, tienes razón. Fue nuestro sueño. Lo que no sabemos es si es también el de ella.
—No sé a qué te refieres. Anna es feliz cuando toca el piano.
—A veces lo usa para evitar oír nuestras discusiones Greta.
—¿Qué quieres, regresar e ir por ella? —pregunta con hostilidad.
—Si, me lo preguntas, sí. Quiero que esté con nosotros. —amaga a retornar en aquel cruce, Greta forcejea con él.
—Eres un egoísta Karl —Lo empuja con fuerza, él pierde el control del auto y sin poder evitarlo, caen por el desfiladero, a más de 50mts de altura.
El auto da varias vueltas hasta que llega al fondo del precipicio, el auto queda patas para arriba, Karl intenta salir, está herido, se limpia el rostro ensangrentado. Greta está inconsciente. Él logra salir y corre hacia el lado donde está ella para sacarla.
—Greta mi amor, despierta —le da en el rostro varias palmadas, ella finalmente abre los ojos —Voy a sacarte de allí, mi amor.
—No puedes, mi pierna está atrapada. Ve Karl el auto va a explotar —le pide ella, aún aturdida por el golpe.
—No, no te dejaré aquí, vamos mi amor. Tú puedes. —intenta mover la pierna de ella pero Greta se queja de dolor.
—¡Ayyy! Déjame Karl, no podrás sacarme. Vete pronto.
El auto empieza a echar humo, pero Karl no se rinde, no dejará a la mujer que ama allí. No podría vivir con él remordimiento de verla morir sin hacer nada para salvarla.
—No me iré. No te dejaré sola. —le toma la mano y la besa.
—Siempre te amé. Siempre supe que estarías conmigo hasta el final, pero no quiero que dejes a Anna sola, por favor vete Karl.
Aquellas palabras de Greta, lo hacen dudar, Anna quedaría sola. Se levanta para irse. Greta sonríe, él intenta subir el desfiladero, sin dejar de mirarla. De repente, decide regresar, se acerca a ella, la abraza. Ambos cierran los ojos.
Sólo la llamarada se ve al fondo del precipicio. Una columna de humo se levanta. Anna ya está en su habitación, se asoma por la ventana y ve a lo lejos la humareda. Por segunda vez, siente un escalofrío recorrerle la piel, se frota los brazos. Su compañera de habitación la observa.
—¿Te pasa algo?
—No lo sé, sentí un escalofrío pero esta vez, me ardía la piel.
Pocas horas después llega la noticia del accidente y de la muerte de sus padres.
Anna siente que su mundo se derrumba ante ella. Alcanzar su sueño era lo que más deseaba. Hoy ese sueño la alejaba de sus padres para siempre.
***
Nunca olvida ese abrazo de su padre, ni a su madre agitando emocionada la mano, diciendo adiós para siempre.
El bus se detiene, Anna baja. Cuando llega a la pensión recibe el mensaje de Arthur.
—Aún no recibo el monto de las clases particulares que le darás a mi hijo.
Anna piensa en desistir en ese momento. El recuerdo de la muerte trágica de sus padres, la imagen de la rubia besándolo, era como si todo se agolpara en su cabeza y su corazón.
Tocan a su puerta, abre. Nuevamente Cira está parada frente a ella.
—Disculpa muchacha. Quería recordarte el pago del mes, se vence mañana. Además voy a aumentar la tarifa, alguien me está ofreciendo más por tu cuarto.
—No se preocupe, le dije que el fin de semana lo tendrá, pagaré puntual como siempre.
Por primera vez, Anna dejaba de ser amable como de costumbre. Cira se sorprende ante la actitud de la joven.
—El monto será de 240€ al mes, mas necesito 50% de adelanto. —envía el mensaje.
Espera la respuesta de Arthur. Quizás no tendría interés en contratarla pero él era su única salvación hasta ahora.
Ve que está respondiendo, respira profundo y cruza lis dedos:
—Muy bien Anna, entonces comienza mañana mismo. Estaré temprano en el café para darle el pago de adelanto.
Anna se abstrae en su pensamiento. “Siempre que se desea alcanzar un sueño hay algo que sacrificar”piensa.
Si tenía intenciones reales de lograr el sueño de sus padres, ser una concertista famosa, debía trabajar en ello. No sólo bastaba con soñar, eso lo aprendió de Greta.
“Nada más peligroso que una persona que te haga estrenar sentimientos”.
Benjamín Griss
Durante toda la noche Anna estuvo dando vueltas en la cama, no lograba conciliar el sueño, era como si todos sus pensamientos estuviesen en complot para no dejarla dormir. Necesitaba descansar. El día siguiente requería de concentración, foco y sobre todo mucha energía para cumplir con ambas tareas.
De pronto, cayó en cuenta que no había preparado el material para comenzar con su trabajo como “profesora de piano” sonaba tan bien decirlo; respiró profundamente y se levantó, tomó la libreta para comenzar a planificar su primera clase.
Ya eran más de la 1:00 de la madrugada, se acostó y finalmente se quedó dormida. Sonó la alarma, a diferencia del día anterior que despertó antes, tuvo que correr, ir al baño, ducharse y alistarse para salir. Poco tiempo tuve para arreglarse bien, por ahora solo tenía en mente, cumplir con su trabajo, a fin de cuentas, ya Arthur Venzon había dejado de ser el hombre de sus sueños para convertirse en su nuevo jefe.
Tomó el bus, iba distraida viendo por la ventanilla, sintió que alguien se sentó a su lado más no prestó mucha atención.
—Si esto no es suerte ¿no sé como puedo llamarlo? —refirió la voz masculina, ella volteó a verlo —Buen día Anna Bauer —dijo Otto sonriendo con un brillo increíble en sus ojos.
—Hola —respondió ella sin ser muy emotiva. Podía percibir como el chico la miraba.
—¿Vas a tu trabajo? —pregunta con interés de mantener una conversación más extensa con la joven.
—¡Sí! —respondió parcamente.
Viendo que no lograba atraer su atención, Otto sacó el libro de su bolso y se ocupó en leer. Ella miró de reojos y pudo ver el título del libro, a diferencia de ella, él leía historias de amor, “Las cuitas del joven Wether” de Goethe.
Era realmente muy sensible, pensó ella. El tiempo parecía estar detenido, Anna mira constantemente el reloj. Aún era temprano, pero por algún motivo, el tiempo pasaba lento.
Cuando vio que se aproxima su parada, amaga para levantarse. Otto se levanta para cederle el paso. Ella le agradece el gesto con una sonrisa.
—¡Qué tengas un maravilloso día, Anna!
—¡Gracias! —igualmente Otto. Cuídate.
El joven se arregló la camisa, se sentó nuevamente, sonrió como quien se gana la lotería y siguió leyendo. Otto estaba enamorado de Anna, siempre lo estuvo, desde que la vio llegar por primera vez al Conservatorio. Ella quizás no se fijó nunca en él. Otto en cambio se deleitaba viendo como ella tocaba el piano en los ensayos y suspiraba como Wether escribiendo sus cartas de amor.
Anna entró al restaurante, se cambió el uniforme y arregló el mostrador, encendió la máquina de los cafes, dejó todo preparado antes de que Michelle le llamase la atención. Levantó las cortinas de las ventanas y volteó el cartel de la puerta. Entraron los clientes y se dispuso a atenderlos.
Pronto terminó de atenderlos pero Arthur no aparecía. Necesitaba estar segura que todo estaría sucediendo de acuerdo a lo planeado. Ver que él no aparece, le llena de angustia. Para no sentirse más ansiosa de lo que ya estaba, tomó su libro y continuó leyendo. Escuchó que la puerta se abrió, levantó la cabeza. Efectivamente era el, su corazón comenzó a latir apresuradamente, sus manos comenzaron a sudar, se secó rápidamente del delantal t se puso de pie.
—Buenos días Anna, ¿Cómo estás?
—Buen día Sr. Venzon. Bien ¿y usted?
—Excelente. —metió sus manos en el bolsillo y sacó el fajo de euros. Contó el monto y se los entregó a Anna— Allí tienes, es tu pago adelantado de todo el mes.
—No era necesario, sólo esperaba la mitad. —aclaró ella.
—Soy una persona que le gusta confiar en los demás. Así que confío en que cumplirás tu mes de trabajo sin ningún inconveniente.
—Sí, así será. Soy responsable en todo lo que hago. Eso le aprendí de mi madre.
—Que bueno saberlo. ¿Me preparas dos cafés para llevar? Uno expresso y otro látex.
—En seguida se los preparo.
Anna sirve los dos vasos. Lo más seguro era que uno fuese para él y el otro para la rubia. Ella estaba celosa, estaba celosa de un hombre que no le pertenecía y que quizás ni siquiera se sentía atraido por ella.
Le entrega los dos vasos. Él le paga y ella le entrega el vuelto.
—¡Gracias Anna! Te estaré enviando la dirección por GPS. Aunque es bastante sencillo llegar allí, mejor no correr riesgos y que te pierdas.
—Sí, es mejor que esté segura de a donde voy.
—Bien, hasta pronto. —toma la caja de portavasos. Sube a su auto.
Anna lo observa desde el mostrador, ¿Cómo aquel hombre desconocido para ella, era capaz de provocar en ella tantas sensaciones con tan solo mirarla?
Ella sentía la sangre arderle y un fuego que iniciaba en sus mejillas, se expandía por su cuello, pecho y abdomen hasta llegar al centro de sus entrepiernas e inmediatamente comenzaban sus contracciones vaginales.
El resto de la mañana transcurrió tan veloz que Anna fue hasta la cocina para avisarle a Michelle que ya debía irse.
—Michelle, ya debo irme.
—¿Tan apurada estás? No ves que aún no llega Cloe. Capaz y le da por faltar hoy.
—Esta vez es imposible que pueda cubrir su turno. Desde hoy estaré dando clases de piano.
—¡Vaya te felicito! Eso siempre pasa, uno les ayuda cuando lo necesitan y luego no cuentas con ellos para nada.
—Siento no poder apoyarte, pero necesito ganar más dinero. El pago de la pensión aumentó y no me da para pagarla.
—Sí, conozco esa excusa. De verdad espero que tengas mucha suerte en tu nuevo trabajo.
Anna notó que se le hacia tarde, si continuaba discutiendo con Michelle, no solo iba a llegar tarde sino que terminaría sintiéndose la peor de las personas, con todo lo que su jefa le estaba diciendo.
Se cambió el uniforme, se puso un jeans oscuro, una blusa blanca de estampado floreado carmín y sandalias rojas no muy altas finalmente salió del restaurante. Por suerte al hacerlo, se topó con Cloe.
—¡Hola Anna! Disculpa por llegar un par de minutos tarde.
—No te preocupes por mí. Trata de amansar a la leona que está dentro.
Por ser su primer día de trabajo, para no llegar tarde y para ver el recorrido, prefiere irse en Uber. Aún guardaba la propina que Arthur le había dado, con ello podia pagar sin tocar el dinero de su pago. Pidió el taxi, un minuto después estaba yendo a la casa de Arthur Venzon.
El auto se detiene, Anna paga. Aquel lugar era sencillamente hermoso, la mansión era de tres pisos, con una estructura bastante clásica y elegante, el enorme jardín rodeado de arbustos delicadamente podados, del otro lado un garaje donde cabrían por lo menos cinco autos y la entrada, una puerta de cedro rojizo de algunos dos metros y medios de altura.
Anna toca el timbre. Aguarda a que se abra la puerta. Está algo nerviosa. Por segunda vez toca el timbre y la puerta se abre. La recibe la ama de llaves.
—¿Srta. Anna Bauer?
—Sí, soy yo.
—Pase adelante —Anna entra, la mujer rubia de algunos cincuenta años la invita a seguirla. —Venga por aquí, por favor.
Es inevitable que Anna se entretenga viendo la decoración de aquella mansión. Aunque su familia no era del todo humilde, jamás había visto tantos muebles y cuadros en un solo espacio. Se sentía como en un museo de arte.
La mujer volteó a verla, se detuvo a esperarla y hizo un ruido con su garganta carraspeando para que la chica volviera a la realidad.
—Señorita, puede pasar. En seguida el joven Felipe estará aquí.
Al entrar a aquel lugar, el piano de cola acústico negro marca Yamaha. Anna estaba impactada, ella solo había visto algo parecido en el Conservatorio Hoch. Aquello era un sueño para ella, poder interpretar algún tema de sus preferidos en aquel maravilloso y lujoso piano.
Sintió que alguien entraba y se volteó a verlo.
—¿Quién es usted? —preguntó asombrado de ver aquella chica allí.
—Hola, soy Anna. ¿Eres Felipe? —dijo ella y él asintió— Soy tu profesora de piano —extendió la mano para saludarlo.— Un placer Felipe.
El adolescente apretó su mano con fuerza. Nunca había estado frente a una mujer tan amable y bonita. Pensó por un momento que sería alguna anciana o una mujer de cincuenta años como Elvira, la ama de llaves.
—Igualmente —sonrió a medias.
Felipe no parecía ser muy extrovertido, a pesar de ser un joven muy guapo. Sus cabellos rubios como el oro y sus ojos verdiazules daban a su rostro un porte de príncipe real. Anna se sentía así, como en un cuento medieval, de reinas y príncipes.
—Comenzamos —lo invitó a dar inicio con la clase.
Aunque Anna era muy joven y amable, ella debía representar autoridad para él.
Ella inicia tocando un tema de Elton Jhon para que Felipe se sienta en ambiente y pierda un poco la timidez que lo caracteriza a pesar de ser un adolescente.
—Elthon Jhon —dijo sonriendo.
—Sí, ¿te gusta ese tema?
—¡Wow! Sí.
Anna había logrado su cometido, cautivarlo e ir conociendo un poco de su nuevo alumno. El chico se sienta en la misma banqueta y observa los movimientos de sus dedos finos y largos.
Ya después de romper el iceberg que tenía frente a ella, todo sería más sencillo y agradable para ambos. El adolescente muestra entusiasmo, la forma de Anna enseñarle era muy diferente a la que había imaginado y visto en su colegio.
Transcurren las dos horas, ya son las 5:00pm de la tarde. Por un momento Anna pensó que coincidiría con Arthur en su primer día de clase, pero no fue así. Le dejó un ejercicio a Felipe y se despidió del joven.
Elvira la acompaña hasta la puerta, justo cuando Anna mueve la manilla para abrir, alguien del otro lado hala en sentido contrario. Ella suelta la manilla y la puerta se abre:
—¡Disculpe! —se excusa Anna.
—¿Ya terminó su primera clase? —pregunta Arthur mientras la observa fijamente.
—¡Sí! —ve su reloj para verificar su hora— 5:01 de la tarde.
—Tendré que sincronizar mi hora. Tengo cinco minutos de retraso. —mira el reloj de pared y confirma que marca la misma hora que Anna.
—Hasta luego —se despide y sale.
Arthur se queda observando a la chica mientras ella se aleja.
—Por lo visto es muy responsable —comenta él.
—Y muy bonita —responde Elvira— excesivamente bonita.
Arthur sonríe y entra a su casa. Mientras sube la escaleras hacia su habitación, piensa en el comentario de Elvira; realmente Anna era muy linda, pero ese debía ser un detalle insignificante para él. Anna estaba allí para darle clases a Felipe, no para que él se fijara en ella. Sabía que el comentario de Elvira iba con esa intención, siempre ha querido que se vuelva a casar. Y hasta ahora Arthur se negaba a ello, pero por primera vez se detuvo a pensar en esa posibilidad.