Chapter 3

Elian.

—No hay nadie además de usted que pueda ayud… —intento decir.

—Nos debes tanto dinero que ni vendiendo tu carne en el matadero cubriría la cuarta parte.

La idea de mí siendo comido por algunas personas me causa escalofríos.

—Eso no es cierto.

—Vete de aquí Elian, vete si no quieres amanecer en una caja mañana hecho picadillo ¡Tienes que pagar tus deudas!

—¡Bien!

—¡Y no vengas hasta que tengas el dinero! —grita cuando me alejo.

Le hago caso a Francis, la esposa del bodeguero Iker porque aunque me dé vergüenza y terror admitirlo: su esposo es capaz de cumplir con todos sus deseos.

Siento que a la mitad de la noche si no como algo decente podré desmayarme y entiendo que Francis esté cansada de atenderme cada que ello pasa así que chasqueo la lengua cuando de reojo puedo ver en su mirada lo mucho que quiere ayudarme pero no puede.

Yo tampoco lo haría.

Me tambaleo hasta subir a mi bicicleta, me pongo el casco. Y no llevándome algunas personas por delante logro actuar como que estoy cuerdo, que no hay rastros de alcohol de esta mañana en mi sistema, con lentes de sol aunque haya tiempo de lluvia, y ropa oscura para pasar desapercibido.

El viento con olor a lluvia invade mis fosas nasales, la música mental cambia a pop-rock. Cruzo en la segunda cuadra, observo de reojo a las personas a mi alrededor: algunas viendo hacia el cielo quizá diciendo que este clima no había sido predicho para hoy, y algunos otros solo conversando animadamente.

No tengo amigos. No tengo familia. Soy solo yo contra el mundo y mi gata Kai que incluso suele cambiarme por Lenox, un gato callejero. Así que no tengo nadie con quien hablar del clima, de la moda actual, de la economía, la salud, la política, leyes y… guerras.

Un trueno me hace acelerar el corazón, mis lentes de sol caen al asfalto, la bicicleta derrapa en medio del agua que comienza a caer, y por más que intento mantener el control, paso muy cerca de un auto amarillo haciéndole una gran línea marcada y oxidada desde el parachoques trasero hasta el delantero.

La alarma se activa.

—Mierda, mierda —mascullo volviendo a pedalear rápido, y echando un vistazo hacia atrás veo a una mujer salir de algún lugar hasta su auto llevándose las manos a la cabeza y posterior a ello me maldice.

Quisiera decirle que lo siento, que voy a pagar por los daños, pero a estas alturas de mi vida, sinceramente: no puedo ni pagarme una cerveza más.

Por suerte sé que desde este lado de la ciudad no hay cámaras.

Mi corazón sigue agitado por los truenos cuando, empapado de pies a cabeza, entro a mi residencia. Me revuelvo el cabello, dejo la bici en su lugar con el casco enganchado de ella, y subo las escaleras hasta la puerta de mi humilde hogar.

La vecino del piso me saluda, como siempre, y yo, como siempre, solo le devuelvo la sonrisa antes de entrar.

Me pregunto si de verdad es lo suficientemente ciego como para no darse cuenta que no me gustan los hombres.

—¿Kai? —Dejo las llaves en la mesa.

Suspiro al quitarme toda la ropa para ponerla a lavar de una vez, y cuando me siento casi desnudo en la cama se me hace imposible no darme cuenta de las condiciones en las que me encuentro.

—Debes trabajar más si quieres tener más —repito las palabras de mi madre en mi cabeza.

Todo está perfectamente ordenado, y sé que si realmente tuviese más que un ventilador, mi cama, un refri, una pequeña lavadora, cocina y una gaveta con la ropa que gozo, parecería el apartamento de una persona obsesionada con la limpieza u orden.

Oh, y esa pequeña librería también cuenta aunque solo tenga dos libros en ella.

—Casi 30 años, Elian ¡Casi 30! ¿Cuándo tienes pensado madurar?

—Lo siento mamá —digo al aire sintiendo mi pecho hundirse.

Desearía regresar a mi adolescencia, no ir nunca a la guerra  y solo meterme en la playa hasta que mis costillas no resistan más sus oleajes.

Otro trueno suena y brinco, miro a todos lados, y.. estoy solo como siempre.

Estar en la guerra no fue fácil; pero al menos tuve la oportunidad de conocer a dos de las mujeres que me cambiaron la vida: mis dos primeras historias de amor, las cuales resultaron ser un fracaso, y que, por consiguiente, hicieron que al llegar “a casa" pensara bastante si es necesario compartir mi vida con alguien además de mí.

—Te pones demasiado exigente, Elian. A veces todo consistente solo en dejarse llevar —me decía Beatrice, una de mis ex's.

Por supuesto, para ella era fácil dejarse llevar a un rincón diferente por todo el pelotón sin importar que yo me enterase.

Las cosas conmigo jamás han sido demasiado fáciles, pero tampoco demasiado difíciles.

Siento mi teléfono vibrar y lo tomo en mis manos resultando sentirme un poco menos preocupado que hace medio día.

Levi: Necesito tu trasero mañana, sin una gota de alcohol.

Pensé que me habían botado del trabajo cuando llegué ebrio. Han pasado tres días desde entonces, y aunque me he gastado el dinero en bebidas aún teniendo muchas deudas, me alegra que vaya a recibir dinero pronto para comprar más.

Hasta que el cuerpo aguante, me digo siempre.

Estoy tan acostumbrado a ello que, a veces, no sé si he tomado o no.

Silencio.

Así, en ropa interior, me tumbo al suelo para comenzar a hacer abdominales y flexiones de codo, contando en voz alta.

—Las personas que hacen eso no tienen suficiente control de sus mentes —me dijo una vez mi jefe Levi.

Desvío ese recuerdo cuando después de terminar de ejercitarme un poco me doy una ducha rápida.

—Pin…

A veces imito el sonido de las cosas a mi alrededor para no volverme loco, puesto que haciéndolo siento que tengo una conversación con los aparatos.

—Pin pin pi…—digo, sacando la ropa de la lavadora para extenderla aquí mismo.

Y cuando vuelvo a quedarme solo, cuando todo se queda en silencio, imágenes comienzan a pasar por mi mente, voces, sonidos… mi corazón se acelera, mi pecho se cierra, mi garganta comienza a inflamarse.

Corre.

¡Bomba!

¡Elian, Beatrice ha muerto!

Tomo un jean, me lo pongo temblorosamente, un suéter color verde militar, el teléfono, los auriculares, y cuando tomo mis zapatos secos salgo del infierno antes de que me ahogue.

Antes de que los escombros me caigan encima.

El aire llega a mis pulmones cuando termino de bajar las escaleras y el ambiente me recibe con un pequeño rayo de sol anunciando que la lluvia se ha ido.

Inhalo, exhalo, viendo a todos los lados posibles y exhalo mi agitación.

Mando todo lo que siento a la mierda, y tras colocarme los zapatos de forma correcta, me concentro en tratar de encontrar una verdadera playlist mientras conecto mis audífonos del celular.

A veces quisiera simplemente no pensar.

Corro, troto y finalmente camino, sin mirar a dónde me dirijo, quiénes me rodean o de qué forma me miran, solo sintiendo que hay algunos charcos de la lluvia bajo mis zapatos mientras la música a todo volumen me nubla y…

El olor a… frutos secos, verano y canela me hace girar la cabeza de forma inmediata.

—Hola, sí… gracias… —la voz de una mujer es lo que puedo escuchar y con ella su perfume se mueve.

Levanto la vista realmente para encontrarme con uno de estos bares que tanto transito y mi corazón comienza a latir fuerte sin razón cuando veo las luces y escucho la música en el fondo.

—Hey, Elian —me saludan.

—Hey. —Levanto el mentón hacia uno de los porteros a la vez que quito mis auriculares—. ¿Qué hay hoy?

—Nada especial… entrada ilimitada hasta que no quepa más —William, o al menos creo que se llama así me dice, para luego alzarse de hombros—. Ordenes del jefe. Eso sí, todo lo que consumes hay que pa…

No sé por qué mis pies ya me están dirigiendo hacia dentro. Así que por primera vez, mi olfato siente la necesidad de encontrarse con el olor de hace unos segundos.

Frutos secos como los que solía darme mamá, verano como los tantos felices que pasé en mi adolescencia y canela…

Cada que me acerco, como un psicópata hacia los pasos, hacia el ambiente, hacia la multitud, mi respiración se agita.

Búsquedas fallidas que me tienen el corazón latiendo de forma innecesariamente desenfrenada, terminan por convencerme de que esto que estoy haciendo es una locura y que el alcohol junto a mis riñones e hígado quizá de verdad están comenzando a pasarme la factura de vida.

—Disculpe… ¿hay algo que no tenga alcohol de verdad?

Boom, boom, boom.

No sé por qué estoy repitiendo los sonidos de mi corazón en mi mente.

—… ¿Agua?

—Sí por favor.

Sí por favor…

Paso la lengua por mis labios cuando estos se secan.

Aquella voz portadora del olor que me trae mareado ha dicho de forma tierna, suplicante pero segura: sí por favor… y con ello ha detenido mis pasos.

—¿Hola? —El olor me invade de forma abrupta—. ¿También es tu primera vez aquí? Oh Dios… lo siento si me paso de confianzuda… Estoy un poco nerviosa porque para mí sí es la primera vez que… oye… tú… ¿estás bien? Mi nombre es Ámbar, ¿cuál es el tuyo?

¿Ah?

Chapter 4

Ámbar.

—Quisiera encontrar la manera o el momento perfecto para decirte esto pero… —Ronett colocó su mano en mi antebrazo antes de verme a los ojos—. Mi hermano… mi hermano te está siendo infiel.

Mi garganta se secó. Pude sentir los latidos de mi corazón golpearme con fuerza, hasta que sintiera lo mucho que me dolía el pecho.

Y solté una carcajada.

—Esto tiene que ser una broma —dije más para mí misma que para ella.

Mientras su hermana me miraba con lastima, allí en uno de los salones del Coffee Barker Cardiff,  sentados una al lado de la otra, ella tomando té viendo cada cierto tiempo a sus costados y yo viendo fijamente la tostada con ensalada que apenas había comenzado a degustar, comencé a analizar las situaciones y… nada.

En mi mente no había ningún recuerdo de ninguna pista que me hiciese creer fielmente que lo que ella me había dicho después de ir a comprar algunos zapatos para ella, era cierto.

 La tensión del momento ella la dejó pasar mientras yo solo miraba la tostada y pensaba.

Darwin llegando tarde del trabajo… siempre había llegado tarde del trabajo, y sabía lo mucho que eso le tomaba tiempo porque yo misma había asistido con él a sus jornadas fuertes porque no podía resistir sin mí cuando éramos novios.

¿Y si ya no me dejaba pisar su oficina porque allí estaba su amante?

—No hay pruebas —expresé después de tanto.

Si bien Darwin había cambiado mucho con lo de la postulación, no podía creer en todo lo que los de la prensa amarilla dijesen porque después de todo había un hombre llamado Gaspar que ambos sabíamos estaba buscando cualquier excusa para impedir que mi esposo tomara el poder. Y tomando en cuenta que Ronett tenía estrecha conexión con los medios… no, no podía ser real.

Yo lo complacía en todo, en absolutamente todo.

—Pues velo con tus propios ojos.

Mi corazón comenzó a latir queriendo huir a sus brazos. Eso no podía ser cierto, él no podía hacerme eso.

—¿Por qué…?

—Ámbar, aunque no lo creas todo esto lo estoy haciendo por ti. He visto lo buena mujer que eres, lo mucho que te desvives por apoyarlo a toda costa y no creo que sea justo que esto ocurra, mucho menos con la persona con quien lo hace.

—¿Quién…?

—Está a unas cuadras de aquí, pero no puedo ir contigo, tienes que verlo tú misma.

—Darwin está trabajando. Él está trabajando, él solo está trabajando —me repetí cuando salí de las Arcadas.

El agua me cayó encima de forma abrumadora, mi auto comenzó a hacer sonidos de forma mágica y cuando me encontré con un ciclista mirando mi auto corrí hasta él para ver lo que ocurría.

Le había hecho una línea a toda la pintura. Me llevé las manos a la cabeza sin saber qué hacer, los truenos me llegaron directo al corazón y maldije por cómo mi cuerpo comenzaba a sentirse; atrapada, como si estuviese en medio de dos tipos de muertes devastadoras. Teniendo que elegir cuál era la menos dolorosa.

Subí al auto y entre mis pulsaciones aceleradas y mis manos temblando lo encendí.

—Darwin por favor —gimoteé viendo la dirección que Ronett me acababa de enviar—. Contesta.

No sé cuántas veces le marqué, solo me enviaba al buzón.

Me detuve dentro del auto cuando estacioné a una cuadra fuera del hotel en donde me había dirigido.

—No lo hagas, no lo hagas. —Apreté mis manos contra el volante sacudiéndome un poco.

Lo que estaba sintiendo me recordaba a la desesperación que sentí cuando mi hermano ingirió aquella basura y no pude hacer nada para salvarlo.

Si eso era real tampoco iba a saber qué hacer.

Darwin me había dado todo lo que jamás tuve; ropa, zapatos, relojes, colonias, comida, salidas inolvidables, sexo increíble, cariño, compresión, amor…

Amor.

Salí del auto secando con la manga de mi sudadera mis lágrimas de forma brusca, la lluvia seguía mojándome y caminé decidida hasta dentro del lugar.

Mis pasos encharcados ensuciaron la cerámica, mi mirada buscó cualquier cosa, el recepcionista me miró y… me dieron ganas de vomitar.

Salí corriendo de allí para vomitar el contenido de mi estómago. Los nervios siempre suelen causarme eso, así que recuperándome de una última ahorcada caminé de regreso a mi auto.

No, yo no podía verlo ni enfrentarlo.

¿Qué iba a decirle? ¿Qué era lo que se suponía tenía que reclamarle?

Darwin Baker me había demostrado que me amaba aunque últimamente hubiese estado distante, tal vez solo era un desliz y…

¿Y si eran viles mentiras? ¿Y si el presentimiento de mi pecho solo era causado por lo mucho que me aterraba perder todo lo que me había acostumbrado a tener?

Vi a dos personas saliendo del hotel.

Volví a marcarle.

Vi a una mujer tomando entre sus dedos una corbata color naranja.

La misma corbata que había rozado con mi vientre esa mañana mientras él tenía su boca en mi clítoris.

La mujer lo estiró haciéndome ver de forma notoria cómo él quería deshacerse de su agarre, pero al mismo tiempo se dejaba besar.

Seguí llamando.

Vi cómo la mujer rodó los ojos, esta sacó el teléfono de su bolsillo y antes de que pudiera hacer cualquier movimiento Darwin le hizo una seña para que se fuese. Ella obedeció entregándole el teléfono para luego tirarle un beso, él se lo devolvió en el aire, miró a todos lados, y contestó.

—¡Amor! —dijo con una sonrisa que podía jurar era sincera, pero que, en esa situación dudaba que lo fuese—. ¿Amor…? —comenzó a mirar a todos lados. Yo me hundía en el asiento mientras tapaba la bocina del celular porque no podía contener mis sollozos y no quería que escuchara—. Ámbar, ¿en dónde estás?

Lo escuché jadear y cuando me incorporé y lo vi por arte de magia, él enfocó su vista en mi auto  y por lo tanto en mí.

—No me busques.

Yo le había dicho aquello con las manos temblorosas de la impotencia y el dolor que me había causado descubrir que sí era cierto.

Darwin había estado revolcándose con una mujer, y no con cualquiera.

Le pasé por un lado a toda velocidad sin poder verlo a la cara y lancé el teléfono casi en sus pies, quedando el aparato inservible.

¿Cómo pude creer que iba a conformarse con alguien tan “poco" como yo?

Dejo mi auto en una calle solitaria, que sé es la última en donde hay cámaras así que saco mi dedo medio hacia esa dirección.

Sé que Darwin no descansará hasta encontrarme y es por ello que he decidido esconderme.

Al menos debo fingir que realmente no lo voy a perdonar, porque aunque me queme por dentro no sería capaz de dejarlo por lo que me enteré hace unos minutos.

No tengo a dónde ir.

Me toco el pecho cuando tomo asiento al lado de una fuente y siento que el roce de mis dedos con la parte superior izquierda de mi pecho de verdad duele, como si se tratase de un golpe físico.

A estas alturas, después de haber conducido por algunos minutos hasta tomar la decisión de dejar el auto y caminar hasta aquí, sé lo que tengo que hacer.

Voy a hacerle lo mismo. Ojo por ojo, ¿no?

Chapter 5

Ámbar.

—¡Ámbar, por favor! ¿Qué carajos estás pensando? —me digo a mí misma tapando mi cara con mis piernas—. No seas idiota, tú no eres como él.

Y él no es como yo…

Por eso él puede dejarme, puede desecharme.

Seguramente se aburrió de mí.

Tengo que hacer lo mismo.

—Ámbar, basta —me suplico.

Y por un momento, cuando alzo la vista y las nubes negras se han despejado bastante, me siento sola.

No tengo a nadie. Solo lo tengo a él.

Vuelvo a alzar mi vista y la sensación de que varias personas pueden estar mirándome me eriza la piel.

Intento sacar de mi cabeza imágenes que me lleven a esa noche.

—¡Hay libre en Cool Guys! ¡Wooo hoo! —grita un hombre, seguramente borracho, en una moto pasando por la calle.

Cool Guys… conozco ese sitio.

Fue la primera disco con entrada gratis que se fundó en la ciudad; nunca he entrado, pero tal vez debería pasar a distraerme. Después de todo, Darwin no se arriesgaría a ir hasta allí.

Todo el mundo lo conoce.

Y el último pensamiento mientras oculto mi anillo de matrimonio en el bolsillo de mi sudadera color melón, es el que termina dirigiendo mis pasos hacia ese lugar.

Tomo mi cartera de mano con fuerza cuando sé que estaré por llegar, la abro, saco un poco de perfume para tranquilizarme y lo froto sobre mí para acercarme con un poco de timidez y nervios a los porteros, los cuales me dejan entrar sin ningún problema.

El calor es lo primero que choca con mi cuerpo, la música sonando no tan fuerte en mis oídos hace que no se haga tan tormentoso pasar por en medio de cada grupo hasta llegar a la barra.

Tengo que hacerle lo mismo.

—¿Te conozco? —me dice un chico de inmediato por lo que me siento algo abrumada—. Siento que te he visto antes.

Es muy probable que sí lo haga porque mi cara estuvo en algunas revistas los primeros meses de mi relación con Darwin, pero no salgo como él en la tele ni suelo usar las redes sociales como para que las personas recuerden mi cara tan fácilmente en un lugar como este.

—No, no lo creo.

El chico asiente con una sonrisa que no sé descifrar, y le dice algo al hombre de la barra, cosa que hace que este le diga otra cosa también en el oído y provoca  que quiera alejarme de allí.

—No te vayas, chica. Ramsés ya se va —me dice el hombre de la barra.

De verdad el tal Ramsés se va mascullando cosas que no sé descifrar pero tengo el presentimiento de qué se trata.

De algo me ha servido crecer desde abajo.

—¿Quería drogarme verdad?

El hombre asiente y luego niega con severidad.

—Saben descifrar a los corazones rotos; esos que vienen solo a matar sus penas. Son blancos fáciles.

¿De verdad es muy notorio mi mal?

Veo a un hombre acercarse a mí desde la multitud pero a diferencia del que hace un momento se fue, luce tan consternado que se me es imposible no sentir empatía por él. Aunque cabe resaltar que estoy nerviosa porque no he intentado tener una conversación con otro hombre desde que acepté ser novia de Darwin.

Sí, ni siquiera con su guardaespaldas. Ordenes de Darwin. Así que tal vez no sea mala idea llevarle la contraria ¿excusa? Él me juró jamás faltarme y es lo que ha estado haciendo estos últimos cuatros meses.

—Mi nombre es Ámbar, ¿cuál es el tuyo?

Veo al hombre cerrar los ojos con fuerza, sus mejillas se ponen algo rojas, y antes de que pueda darse vuelta para irse, mi mano atrapa la manga de su suéter militar.

No recuerdo cuándo fue la última vez que detuve a alguien para que se quedase a mi lado, menos un extraño.

No sé qué estoy a punto de hacer. Yo no soy así.

Sus ojos impactan con los míos.

Mis ojos viajan a sus labios. Y no sé por qué los suyos están temblando un poco, pero mi cuerpo lo ha hecho también  cuando me recorre con la mirada y… Suspiramos. Ambos lo hacemos.

—Mi nombre es Elian Davis, un placer… —su voz gruesa me hace volver a la realidad.

Suelto la manga de su suéter y comienzo a sentir un leve cosquilleo en mi estómago que prefiero ignorar de la mejor forma que en este día y en este momento se me puede ocurrir.

Le hago una seña para que se siente a mi lado.

—¿Es tu primera vez aquí?

—No… —Veo que saluda al hombre de la barra y este me ve a mí negando con severidad, cosa que me deja confundido. Este hombre no parece ser malo—. ¿La tuya sí?

—De hecho sí… —Le sonrío un poco cuando sus ojos dejan de inspeccionarme, pero lo más sorprendente de esto es que incluso no lo hace de la misma forma en la que recuerdo Darwin lo hizo aquel día antes de llevarme al baño y hacerme perder a mí misma. Hay algo más que no sé descifrar—. ¿Corazón roto?

—¿Yo? —Él arruga el entrecejo después de volver a sonrojarse y siento de nuevo las cosquillas en mi estómago—. No, para nada.

—Bueno, disculpe señor corazón de hierro, hay algunos mortales que sí pasamos por ello.

Lo hago reír. Ríe sin verme pero eso hace que pueda notar los pequeños hoyuelos que se le forman en las mejillas haciéndolo lucir… diferente.

—Eres graciosa… —Se atreve a verme a los ojos cuando lo dice y yo desvío rápido la mirada avergonzándome de quizás lucir tan segura o sociable.

No entiendo por qué me comporto así.

—Gracias, Elian —pronuncio su nombre para luego morder mi labio inferior, apenada por llamarlo por su nombre.

—Entonces, Ámbar… —su voz ronca después de unos segundos me llama—. ¿De dónde eres?

Por un momento pensé que preguntaría por el hecho de que le dejé claro que la razón de mi presencia aquí es mi corazón roto.

—De aquí… ¿y tú?

—¿De aquí? —Seriamente ve todo el lugar y luego su mirada se enfoca en mí haciéndome contener la respiración—. Primera chica que conozco que nace en una disco.

No puedo evitar reír.

Siento su mirada sobre mi rostro y sé que estoy sonrojándome mucho.

Soy tan patética.

—No quise decir eso. —Tomo por tercera vez un vaso de agua y es llenado por el hombre de la barra a los segundos.

—Lo sé… —exhala.

Algunas personas se acercan a la barra ordenando demasiado alcohol, así que guardo silencio viéndolo de perfil cuando la multitud concentrada muy cerca me causa ansiedad.

—¿Vas a tomar algo? —le pregunto arrimando un poco mi taburete del suyo porque la música ha aumentado y no sé si podré escucharlo.

Él desvía su mirada cuando estoy muy cerca y también lo veo contener la respiración por unos segundos, para luego negar con la cabeza.

—La verdad es que no sé qué hago aquí.

Elian juega con sus manos sobre la barra y yo las observo cuando el hombre de la barra le tira una mandarina y comienza a pelarla con lentitud.

Por alguna extraña razón comienzo a sentir que hace más calor.

—Yo tampoco… —confieso.

Sus ojos vuelven a verme y antes de que pueda desviar mi vista, él coloca una rodaja de mandarina frente a mi boca.

Mi corazón comienza a latir fuerte en cuanto mis labios primero se entre abren y luego dan abertura suficiente para que mis dientes la tomen.

—No vuelvas a hacer esto —me dice de repente.

—¿Qué cosa?

—Aceptar comida de un tipo que no conoces.

—Pero acabo de ver cómo ese hombre te la ha dado…

—¿Y si contiene droga?

—¿Una mandarina? —Me río por lo bajo.

Elian alza las cejas y puedo sentirlo algo tenso antes de que extienda otra rodaja hacia mí.

No voy a caer en su juego, pero en cuanto me sonríe y asiente para que la tome, vuelvo a abrir la boca lentamente.

No puedo sin embargo dejar de comportarme sumisa ante la tensión con un desconocido. Tal como empezó todo con mi marido.

Toso cuando casi me trago la rodaja entera sin masticar porque Elian se ha mordido el labio viendo los míos mientras niega con una sonrisa burlona en la cara.

Caí, pero no me importa mucho eso ahora.

—Tienes lindas manos… —se me escapa.

—No deberían serlo después de las cosas sucias que han hecho y tocado.

Mi piel se eriza.

—Todos hemos algo malo… —aligero.

—Y tú, tienes… lindos ojos —considera.

De nuevo nuestras miradas se encuentran haciéndome tragar hondo.

—Quizás no deberían serlos después de todas las cosas horrorosas que han visto —expreso.

Él se lleva otra rodaja de mandarina a la boca.

—Touché.

Ambos nos sonreímos por bastante tiempo antes de seguir conversando.

Chapters
Customize
Next Chapter
Minishorts Logo
Enjoy full short drama episodes, No waiting, watch now!
MiniShorts Youtube
PRODUCTS AND SERVICES
About us
support@minishorts.com
©2026 MiniShorts All Rights Reserved. CHASINGTOP HK LIMITED