— Selena, mi nombre es Selena. — respondió dejando que su aliento a fresa chocara con el rostro del italiano, eso tendría que haber encendido las alarmas en Gio, ¿Qué mujer lava sus dientes con pasta de fresa? ¿no es lo que usan los niños? Pero en lugar de provocar inquietud, solo le provoco una erección que se le marco en el pantalón de diseñador. — Mmm, tienes buen gusto para la moda. — continuo Dulce, al verlo tragar grueso por el solo hecho de tenerla a centímetros de su rostro, pero también apreciando la calidad de la tela entre sus dedos.
— Debo, me acabo de recibir de diseñador…
— ¿Eres gay? — pregunto con asombro dando un paso atrás de la sorpresa.
— No, rayos ¿Por qué todos piensan eso? ¿Es tan raro que a un hetero le guste la moda? — tenía razón y ella no podía negarlo.
— Lo siento, ahora si me disculpas, buscare a mi novio. — giro dejando a Giovanni deleitarse con su redondo trasero y como este se mecía de un lado al otro.
La sonrisa de Dulce parecía un sol, saber que podía inquietar a Giovanni de esa forma le gustaba, estaba pensando cual sería la mejor forma de decirle que ella era ese tonto koala que tanto le molestaba, de algo estaba segura, tendría su móvil listo para capturar el rostro de sorpresa del italiano. Aun perdida en su mente, comenzó a bajar las escaleras, cuando vio a un hombre de pie en mitad de camino, con sus ojos color cielo clavados en ella, su tez era bronceada, no tanta como la de Pedro, pero no había duda que en él también había descendencia latina, un moreno de ojos celestes y cabello castaño, con una pequeña y bien cuidada barba, un hombre que la última vez que lo vio tenía 17 años y que fue el responsable no solo de perder a sus amigos, de que su madre y tío se distanciaran por varios años, también de ese accidente que la dejo con secuelas de por vida.
— Horus. — dijo al llegar al mismo escalón donde el hombre aún se mantenía estático, apreciándola de pies a cabeza.
— ¿Pedro te hablo de mí? — fue lo que obtuvo de respuesta, además de una mirada que casi la desnudaba.
— Se supone, me trajo a conocer a su familia. — rebatió con sarcasmo. — Por cierto, sé que te odia y no te soporta, con permiso. — no, no quería saber nada con él, ni siquiera verlo, ya que su mano picaba por buscar un arma y volarle la cabeza.
— Espera. — dijo el castaño tomando su muñeca, para que se detuviera, no podía creer que tan parecida era esa joven a Valentina Constantini, solo sus ojos eran diferentes. — ¿Quién eres? — indago buscando un nombre, un indicio, algo que le asegurara que la culpa que ha sentido desde los 17 años, no lo hubiera vuelto loco.
— Selena, la novia de Pedro. — rebatió zafándose del agarre, con demasiada fuerza, algo que la hizo caer hacia atrás, por suerte, Horus era rápido, tanto como para tomar su cintura y pegarle a él.
— Es peligroso deambular por esta casa sola, estas rodeada de asesinos y mafiosos, supongo que Pedro te lo advirtió al traerte… si fueras mía, no te dejaría sola. — podía sentir el calor del mayor traspasar su ropa, aunque más la inquieto la humedad que se filtraba entre sus piernas al escuchar la voz seductora de Horus sobre su oído.
— ¿Y quién dijo que no me gusta el peligro? — Horus podía ver en esos ojos almendras que la joven no hablaba por hablar, ese brillo altanero y desafiante solo lo había visto en una persona, Valentina Constantini.
— ¿Quiénes son tus padres? — dijo mientras la liberaba, no estaba acostumbrado a no saber algo, él era Horus Bach, ante la ley era el hijo de Lucero Bach y Eros Zabet, futuro heredero de la familia más poderosa del continente americano y quizás del mundo entero. Pero más lo inquietaba el hecho de que estaba tratando de seducir a una mujer que acababa de conocer, algo que nunca le sucedió, jamás alguien había despertado su interés a tal punto, más teniendo en cuanta que era la novia de su primo, uno que no le hablaba y que mucho menos lo veía, como había dicho la joven Pedro lo odiaba.
— ¿Eres un clasista de mierda? ¿temes que Pedro traiga a tu familia alguien que no esté a su nivel?
— Eso lo puedo deducir por tu ropa pequeña, tienes dinero y de sobra. — dijo viendo que las joyas de la joven a pesar de ser pocas eran de la producción exclusiva de Diamnons, compañía que manejaba su padre Eros Zabet.
— En esa caso… deberás tratarme dulcemente si quieres saber más de mí, tendrás que tomarte el tiempo y la dedicación de pulirme como a una joya, sé que sabes hacerlo, desnuda mi alma y sabrás mis secretos. — Dulce sonrió con malicia, nunca creyó que podría provocar a un hombre de 30 años, pero lo podía ver en los ojos de Horus, lo había hechizado.
Al llegar al pie de las escaleras tenía muy en claro que haría para vengarse, de Horus y Giovanni, ya una vez su padre Leonzio le había contado todo con respecto a la relación con su madre, como la reina de Chicago había accedido a estar con ellos, y todo para adueñarse de su corazón y así destruirlos por completo, por suerte, el final de su historia fue otro, pero, aun así, allí estaba esa vocecilla que le decía a Dulce que se adueñara del corazón de esos dos, para luego arrancárselos.
— Princesa, tu sonrisa da miedo, dime que no se te ocurrió ninguna locura. — el corazón de Dulce se aceleró de solo escuchar a Pedro susurrarle, a ella su voz no le causaba miedo, sino todo lo contrario, Pedro era como su dragón de cuentos de hadas, un dragón que mataría a cualquiera que intentara lastimarla, por lo que cuando vio a Horus llegar al final de las escaleras, a escasos pasos de ella, decidió contestar.
— ¿Qué puedo decirte amor mío? La locura corre por mis venas. — Pedro se sorprendió al escucharla hablar de esa manera, pero lo comprendió al percatarse de que Horus estaba a un lado de ellos, después de todo se suponía que eran novios.
— Hola, Pedro, es bueno... — Horus quedo en silencio, cuando el latino solo lo vio con odio, antes de tomar la cintura de Dulce y guiarla al salón donde estaba toda su familia.
— ¿En verdad no lo soportas? — pregunto con curiosidad la joven y Pedro dejo de caminar para girarla y tomar su rostro con una de sus gigantes manos.
— Por su culpa no serás madre, por su culpa no puedes tolerar ni siquiera un chocolate y sé que te encantan, lo odio, odio que por su idiotez tu vida este limitada. — Dulce dibujo una pequeña sonrisa, al tiempo que coloco su mano sobre la que Pedro tenía en su mejilla.
— Tu eres el mejor chocolate que pueda existir, con gusto moriría solo por probarte. — dijo para luego sacar su lengua a un lado, como cuando eran niños y Dulce decía cualquier cosa para hacer hablar a Pedro, no solo eso, también formo medio corazón con su mano libre, el cual Pedro termino de completar, como era costumbre de Dulce lo engatusaba a caer en sus locuras, mientras el latino solo negaba con la cabeza.
— Me vuelves loco princesa. — y solo cuando lo dijo descubrió que ya no susurraba, y que su voz profunda había provocado que todos fijaran la vista en ellos, que lucían como una pareja enamorada.
— Siempre es un gusto oír tu voz, querido Pedro. — dijo Candy, la abuela de la familia, para terminar con el silencio que se había extendido en el salón.
— Más gusto nos da ver a un nieto más caer en las garras del amor. — intervino Amir sonriendo y como siempre tomando la mano de su esposa. — ¿Quién dice amor y logramos vivir para ver a toda nuestra familia feliz?
Pedro sonrió sin poder evitarlo, podría no llevarse bien con la mayoría de sus primos, pero Candy Ángel y Amir Zabet, siempre lo habían tratado como un verdadero nieto, y él los amaba como si fueran sus verdaderos abuelos.
— A ustedes aún les queda mucho por vivir. — se limitó a decir, y luego le dio un abrazo a cada uno.
— Holaaaaaa. — Dulce estiro la A, se podría decir que se veía como una niña y es que, en la mente de esta joven, esa era la forma en la que la saludaba Candy cada vez que Hades, su padrino la llevaba a su mansión.
— Querida. — se limitó a responder quien tenía el cabello plateado por la edad, pero que sin embargo no perdía la belleza y a continuación la abrazo con fuerza. — Te hemos extrañado pequeña princesa. — susurro, sintiéndose más joven por el solo hecho de hacer un complot para engañar a sus nietos.
— Yo también te extrañe abuelita. — susurro de igual forma Dulce, dejándole en claro cuanto había anhelado aquel rencuentro.
— Te felicito Pedro, tu novia es toda una Dulce princesa. — dijo Amir y sorprendió a sus nietos al abrazar a la joven que supuestamente acababa de conocer.
— Hola abuelito. — dijo en voz baja y Amir dejo salir una sonora carcajada.
— Es… emocionante estar en familia. — se limitó a decir el mayor, quien había cumplido 80 años, pero que aún tenía el vigor de alguien de 50.
De esa forma fue saludando a cada uno de los presentes, con falsas presentaciones y con verdaderos rencuentros, hasta que llegó el turno de Neizan, el mafioso ruso conocido como el vidente, tenía bien ganado su apodo.
— Sabia que este día llegaría, lo que debía pasar paso, ahora todo depende de ti. — murmuro a su lado, con ese aire tan misterioso que siempre lo acompañaba.
— ¿He? — dijo Dulce viéndolo sin comprender.
—Todo comienza y termina en ti, en tus decisiones, pero algo es seguro, nadie escapa al destino. — acoto e hizo un asentamiento con la cabeza y se alejó de la joven, dejándola con piel de gallina.
— ¿Todo bien? — la voz burbujeante de Giovanni la hizo brincar ya que se había quedado viendo el lugar por donde Neizan se había marchado.
— Todo perfecto.
— No puedo creer que te asustaras al escucharme, mi voz es celestial a comparación de la del demonio.
— Puede que me guste más el infierno que el cielo, con permiso “repuesto”. — rebatió con burla y Giovanni la vio confuso.
— ¿Repuesto?
— Sí, si Pedro es el demonio por su voz, tú eres un misero repuesto, el segundo al mando en Sicilia y solo porque la santa no quiso el lugar, ¿comprendes? Eres el repuesto que aguarda a ser útil, adiós.
Se sentía bien, se sentía de maravilla al fin golpear el ego de Giovanni, como él una vez lo hizo con ella, se sentía tan bien que camino hacia el jardín, Pedro había sido “raptado” por sus abuelos y ella no pensaba interrumpir esa conversación entre murmullos, solo había dado unos pasos por el hermoso viñedo, cuando se percató que una de las tiras de sus zapatos se había aflojado, por lo que se inclinó para sujetarla, algo que no logro, ya que de forma abrupta alguien la tomo de la cintura y la pego contra él, provocando que un ligero grito saliera de sus labios.
— Diría que lo siento, pero no es así, la posición en la que estabas era muy… comprometedora, ¿estas tentando al diablo pequeña? — las manos de Horus apretaban su cadera, mientras sus dedos jugueteaban con la fina tela del vestido, no le había podido sacar los ojos de encima en toda la noche, incluso no ceno, por solo estar viendo cada uno de sus movimientos.
— ¿Al diablo? No, quizás al dominio, y ese no eres tú. — quiso salir de esa situación, tenía que alejarse de esas manos que le provocaban calor, Horus era peligro, era todo lo que estaba mal, era un enemigo de sus padres y era el responsable de todo o casi todo lo malo en su vida.
— ¿Qué pasa princesa? ¿No querías que te tratara como a una joya? ¿No tienes curiosidad por saber que tan bien puedo pulirte? — la voz de Horus por momentos era hipnotizante, en especial cuando comenzó a acariciar el bajo vientre de la joven, provocando un dulce cosquilleo entre sus piernas.
— No sé a qué clase de mujeres estes acostumbrado a tratar, pero definitivamente no follare en un viñedo. — trato de decirlo con voz firme, pero no pudo, no cuando una de las manos de Horus ascendió hasta tomar uno de sus pechos.
— Jamás te tomara aquí, tu mereces más que un viñedo… lo veo en tus ojos pequeña. — y la burbuja exploto en ese segundo, odiaba que le dijeran pequeña, aunque lo era, en comparación a Horus y no solo en estatura, también en edad.
— En ese caso, esperare hasta que consigas un lugar digno de mí. — rebatió deslizando su mano por la cadera de Horus, hasta encontrar su pene, algo que no fue muy difícil, teniendo en cuanta lo erecto que estaba. — Y soy una princesa, no una pequeña. — advirtió apretando con fuerza el pene del mayor, ocasionando que Horus al fin la liberara.
— Mierda. — se quejó el hombre viéndola con molestia.
— Princesa. — el heredero de los Bach dio un paso al costado, no por escuchar la voz de Felipe, sino al ver el rostro furioso de Pedro, quien avanzo hasta donde estaban como si fuera una locomotora fuera de control.
— Pedrito. — dijo de forma melosa Dulce, y solo eso detuvo al latino.
— Si te veo cerca de ella, arrancare tu cabeza con mis manos.
—Bueno al fin me hablas después de 13 años.
— No me provoques Horus, si por Verónica me enfrente a Gabriel, por ella soy capaz de enfrentar a toda la familia.
No debía sentir eso, se lo repitió una y otra vez, pero le fue imposible contener a su corazón, sus manos sudaban, sus piernas temblaban, era amor, una voz en su cabeza se lo gritaba, amaba a su mejor amigo Pedro.
— Quiero ir a la habitación. — solo dijo eso y tomo la mano del moreno, que como siempre la seguía a todos lados, solo que estaba vez, quizás se arrepentiría.
Dulce permaneció inmóvil a la orilla de la cama, mientras Pedro insultaba al aire, estaba molesto, mucho más que eso, el latino no lograba comprender la razón por la que Horus estaba viendo de esa forma a su amiga, no lo aceptaba, claro que no, continuo con su monologo, mientras se quitaba el saco, luego la camisa, y las manos de Dulce hormigonaban, no pudo evitar que un suspiro saliera de sus labios al ver que se quitaba el pantalón y ese trasero que tanto le gustaba quedaba cubierto y apretado por el bóxer, lamio sus labios de forma inconsciente, dicen que los niños adquieren ciertos comportamientos de quienes los rodean y Dulce había crecido con seis hombres que en más de una ocasión se comportaban como animales, esos pequeños gestos la delataban, Dulce parecía una leona hambrienta, una que quería devorar a Pedro.
— ¿Puedes responder? — indago el hombre, por lo que se vio obligada a sacudir su cabeza, quizás quitando algún pensamiento pecaminoso y se obligó a ver los ojos color caramelos de su mejor amigo.
— ¿El que? — Pedro paso sus manos por la cabeza y acto seguido se lanzó a la cama, ahogando un grito de frustración contra la almohada.
— Iré por tu pijama. — informo la joven, que solo podía pedirle a Dios, hacerla desistir de lo que su mente le gritaba.
— ¿Por qué estabas con Horus? No lo quiero cerca de ti. — no se veía incomodo ante la mirada de Dulce, o quizás ya se había acostumbrado a que lo viera de esa forma, en especial cuando estaba en traje de baño, que, a decir verdad, eran mucho más pequeño que el bóxer que llevaba en ese momento.
— ¿Me lo prohíbes como un falso novio o como mi mejor amigo? — rebatió al tiempo que le entregaba el pijama.
— Como ambos, Horus es una mierda, Dios Dulce, todo lo que has sufrido es por él. — estaba tan molesto que sin querer y gracias a los movimientos que estaba haciendo con sus manos, la camiseta del pijama cayo hacia atrás, por lo que quiso tomarla, se recostó y giro un poco su torso, grave error, nunca bajes la guardia cuando en frente tienes a un depredador, sin importar que sea tu amigo y lo conozcas desde pequeño, había aprendido esa lección, cuando tenía 12 años y Tina, su cachorro de tigre, que ya no era un cachorro, la quiso atacar, no fue su culpa, un dolor de dientes enloquecería a cualquiera, más a un tigre, para tranquilidad de sus padres, Pedro estaba atento, para desgracia de Tina, tenía su arma cargada y buena puntería.
— ¿Qué haces? — pregunto sorprendido al sentir a la joven colocarse a horcadas sobre su pelvis.
— Estoy aburrida y tu estas enojado. — rebatió con una sonrisa que a Pedro lo inquieto.
— Puedes hacer muchas cosas para divertirte, y mi enoja se acaba de ir. — le tembló la voz, a él, el demonio de Chicago, y todo porque la traviesa princesa movió sus caderas, provocando una deliciosa fricción en ambos. — No. — dijo al reponerse y sujeto con firmeza las caderas de Dulce.
— ¿No? — pregunto aparentando inocencia, como si fuera una niña que no es consciente de lo que hace, pero a la vez se retorció en su lugar, sintiendo como le pene de Pedro comenzaba a despertar.
— Detente. — Dulce no podía creer que la voz de Pedro sonara más ronca aun, se podría decir que realmente era la voz de un demonio.
— ¿Por qué? — indago llevando sus suaves manos al pecho desnudo de su amigo, provocando que los ojos de este se oscurecieran.
— Te dije que no. — insistió el moreno ahora tomando las manos de la joven, porque no podía creer que esas caricias lo estuvieran calentado de esa forma.
— Pero yo quiero jugar. — caprichosa, como una niña, con un cuerpo de infarto que se mecía de un lado al otro, ocasionando que la humedad de la princesa llegara a sus bragas, y que el pene de Pedro la sintiera como lava volcánica.
— Dulce… — advirtió apretando los dientes, pero la joven vio como su resistencia caía, como si fuera una castillo de naipes y fue allí donde ella jugo su última carta.
— Mi demonio. — susurro antes de tomar sus labios, gruesos, cálidos, con gusto a tabaco, con una lengua que se mantuvo estática por unos segundos, hasta que reacciono y no fue lo único, Pedro giro sobre sí mismo, aprisionándola debajo de él, llevando el beso a su ritmo, uno caliente como él mismo, mientras su cadera simulaba dar estocadas, provocando una hermosa sensación en la joven.
Lo había conseguido, tal cual sus padres le habían enseñado, un rey conquista, una reina corona, un De Luca no retrocede, y ella no lo hizo, y ahora frente a ella o, mejor dicho, sobre ella, estaba su victoria, Pedro acariciaba su cuerpo a la vez que se deshacía no solo del vestido, también de la ropa interior de ambos, se podría decir que el latino estaba en medio de un frenesí, que le estaba haciendo perder la cordura y le encantaba claro que sí.
— Pedro.
Susurro recibiendo un ruido gutural de parte del hombre, que estaba devorando sus pechos, su boca chupaba de tal forma el pezón rosado de Dulce que la estaba haciendo temblar, mientras una de sus manos se encargaba de acariciar su vagina, subía y bajaba, repartirá roces y presión en los puntos precisos, cuando Dulce comenzó a elevar su cadera y jalar su cabello no se alejó, simplemente fue a su otro pecho, dándole la misma atención que al primero, y aventurando dos dedos empapados en los jugos de la joven en su interior, lo que provocó que gimiera, con fuerza y ganas. Dulce se sentía en el cielo, el mismo paraíso y solo se lo debía a su mejor amigo, uno que acababa de conquistar.
— Dios.
Ronroneo Pedro al colocarse sobre ella, casi la cubrió al completo y aunque ella moría por ver sus ojos, se conformó con verlo tan entregado, su cara reflejaba placer, sus ojos cerrados le concedían un aire tan erótico, como si lo que sentía en ese momento no lo pudiera explicar y lo obligara a cerras su bellos ojos, incluso su voz, que solo ella y sus padres eran los privilegiados de escuchar, ahora no estaba, solo pequeños sonidos de placer y ella se perdía en cada sensación, sin saber muy bien que hacer, era su primera vez y no quería arruinarla, no sabía si decirle que desde hacía un tiempo se había enamorado de él, o simplemente quedar en silencio como Pedro estaba y dejar salir esos pequeños suspiros que estaba liberando aun sin ser consiente.
— Pedro.
Susurro un poco más fuerte al sentir como se deslizaba al fin en ella, no le dolió, no como creyó que seria, o quizás solo era lo excitada que estaba, o por el hecho de estar con quien amaba, porque para ella ya no había duda, lo amaba, era su mejor amigo, su dragón protector, su demonio personal, era todo y ella quería ser todo para él.