Chapter 2

Deambulamos un rato por el lugar, hasta que mi jefe se detiene a hablar con algunos directivos de otras agencias de publicidad y, como parece que se tomó muy en serio eso de tenerme a su lado, en ningún momento suelta mi brazo, por lo que me es imposible escabullirme.

Me limito a sonreír cortésmente con todo aquel que se acerca y, por suerte, cuando un hombre como de unos cincuenta años se posa entre los dos, es mi oportunidad de separarme de mi jefe, por lo menos por algunos minutos.

—Te aseguro que si la conoces me darás la razón, Cavalluci —escucho que musita el hombre de hace un instante—. Es una promesa esa mujer.

—¿De quién se trata? —interviene otro de los hombres.

—De Greta Martinelli, es toda una joya. Desde que llegó a nuestro país, todas las marcas importantes se pelean por trabajar con ella —les explica el hombre mayor con una sonrisa.

—¿Q-quién dijiste? —cuestiona mi jefe con un ligero temblor en su voz.

—Greta Martinelli… —poco a poco me alejo de ellos y por fin vuelvo a librarme de mi jefe.

Giro un poco mi rostro y cuando me percato de que mi jefe no ha reparado en mi ausencia, casi me echo a correr al baño, donde me gustaría refrescarme el rostro, pero estoy segura de que si arruino mi maquillaje y Gianluca se da cuenta es capaz de gritarme durante toda la madrugada por haber hecho algo semejante con su obra maestra.

Permanezco por alrededor de diez minutos y cuando creo que ya es hora de regresar, salgo casi arrastrando mis pies. Voy mirando el piso cuando choco con alguien, y justo cuando levanto la mirada me encuentro con los fríos ojos de mi jefe.

—¿Dónde estaba? —sisea mi jefe apartándose de mí.

—En el baño.

—Sí, claro, el baño. ¿No será que se fue a encontrar con el tipo ese?

—No sé de qué tipo me habla y no sabía que hasta para ir al baño tenía de pedirle permiso.

—Le recuerdo que es mi acompañante y debe de estar conmigo todo el tiempo.

—Y yo le recuerdo que no soy su niñera, no es como si el señor Marcello no se esperase alguna infidelidad nueva de su parte esta noche.

—¡Señorita Bennett! —musita furioso, acercando peligrosamente su rostro al mío.

—No me deja ni respirar un segundo, me siento sofocada —chillo igual de molesta que él.

—Vamos a la barra.

—¿Por qué a la barra?

—Porque se lo estoy ordenando. Vamos a beber.

—No voy a beber con usted —lo contradigo con un ligero escalofrío.

—¿Por qué no?

—Podría decirse que estamos en horario laboral —me justifico, aunque en realidad lo que menos deseo es beber con alguien como él.

Me ignora y se acerca a la barra donde le pide al barman que nos sirvan un whisky a cada uno, empuja un vaso hacia mí y me mira con el ceño fruncido al darse cuenta de que no lo tomo.

—¡Beba! —me ordena con un gruñido.

—No voy a beber.

—Si bebe conmigo, le pagaré el doble.

—¿Qué quiere decir con eso? —pregunto mirándolo con desconfianza.

—Que al final del mes tendrá el doble de su sueldo si bebe conmigo.

—¿Quién me asegura que no me está mintiendo?

—Tiene mi palabra —cuando ve que estoy por decirle algo, levanta su mano para obligarme a callar y luego saca su móvil, escribe algo y después lo vuelve a guardar en su bolsillo.

—¿Qué hizo?

—Le escribí a Steve el de finanzas, para decirle que este mes se le pagará el doble.

—¿Se da cuenta de la hora que es y que seguramente ese pobre hombre debe de estar dormido?

—Mejor deje de quejarse y beba conmigo. Le aseguro que le pagaré el doble —me asegura.

—A bueno, así cambia la cosa —me acomodo a su lado y comienzo a beber con Belcebú como si fuésemos amigos y no dos personas que se han declarado la guerra.

Continuamos bebiendo que de un momento a otro pierdo la cuenta de cuantos tragos nos hemos tomado. Comienzo por sentirme un poco mareada y me cuesta trabajo hablar, por lo que considero que ya es momento de regresar.

—C-creo que ya deberíamos de irnos —le comento a mi jefe arrastrando un poco las palabras.

—Tiene razón, ya me siento un poco mareado —me da la razón sacudiendo su cabeza—. Le hablaré a Paolo —saca su móvil y le llama a su chófer.

Aguardo por algunos segundos y decido que es mejor no desperdiciar lo que resta de mi bebida, así que me la bebo de un trago, pero cuando escucho que mi jefe lanza un bufido le prestó atención.

—¿Q-qué sucede?

—Paolo no podrá venir por nosotros.

—¿Cómo que no podrá venir por nosotros? Se supone que está afuera esperándonos.

—Tuvo q-que irse por una emergencia familiar —masculla con una mueca.

—¿Y por qué no le grito?

—¿No escuchó? Tuvo una emergencia familiar, tampoco soy un desgraciado sin sentimientos.

—Conmigo, si lo es —lo contradigo mirándolo con recelo—. ¿A Paolo le da esas concesiones por qué le gusta o es su amante? —inquiero acercando mi rostro al suyo para que solo él pueda escucharme.

—D-deje de decir idioteces —farfulla, molesto—. Paolo dijo que pedirá un taxi para nosotros y q-que el chófer nos vendrá a buscar hasta acá, así que sigamos bebiendo en lo que llega —le hace una seña al barman y este nos sirve otro trago.

Me encojo de hombros y sigo bebiendo con mi jefe. Total nada malo puede suceder en lo que esperamos al chófer o, por lo menos, eso es lo que quise creer esa noche.

[…]

A la mañana siguiente, siento unas tremendas ganas de ir al baño, pero cuando intento abrir los ojos me pesan tanto que prefiero seguir durmiendo; sin embargo, el ronquido de Gianluca me obliga a taparme los oídos y darme la vuelta en la cama.

Odio cuando sus ronquidos se escuchan hasta mi habitación, impidiéndome dormir hasta tarde cuando es fin de semana, sin embargo, cuando siento que hay unas piernas enganchadas a las mías, abro los ojos de golpe encontrándome en un lugar que no reconozco.

Me giro con mucho cuidado en la enorme y blanda cama, y cuando observo al hombre que yace a mi lado, tapo mi boca para no gritar como histérica.

—¡Maldita sea!, ¿ahora qué haré? Abusé de mi jefe. ¡Estoy jodida! —farfullo antes de casi perder la calma.

Chapter 3

Meses antes

—¡Señorita Bennett! —escucho el grito proveniente de la oficina de mi jefe, ante lo cual ruedo los ojos y tomo mi tablet, tiene un teléfono en su escritorio con línea directa al mío que, por cierto, se empolva porque es incapaz de levantarlo y comunicarse conmigo como lo harían las personas civilizadas, pero no, él malhumorado y detestable de mi jefe prefiere llamarme a gritos como el cavernícola que es—. ¡Señorita Bennett! —vuelve a gritar cada vez más fuerte.

—Dígame, señor Cavalluci —respondo cuando pongo un pie en su oficina y le regalo una cálida sonrisa, mientras por dentro le recuerdo a su querida madre de una y mil formas diferentes como cada mañana.

—¿Ya tiene listo todo para la junta de esta tarde con los directivos? —cuestiona al tiempo que me lanza una mirada gélida, de la cual Elsa de Frozen estaría sumamente orgullosa, aunque, ahora que lo pienso, ella debió ser pupila de este hombre.

—Ya está todo listo, las carpetas están ordenadas de acuerdo con los puntos a tratar en la junta, todos han confirmado su asistencia, además de que les deje entrever que, si no hacían acto de presencia, para las siguientes reuniones no se les tomaría en cuenta y en dado caso, usted tiene plena facultad de realizar los cambios que considere pertinentes, también he confirmado en el restaurante de siempre donde se ve cada viernes con el señor De Santis.

—Bien, puede marcharse —me indica con su mano que salga cuanto antes de su vista y cuando no me ve, lo fulmino con la mirada. En cuanto estoy afuera de su oficina, me voy corriendo hasta mi escritorio haciendo un bailecito bastante ridículo.

—¡En tu cara, Cavalluci! Te quedaste con las ganas de reprenderme esta vez —Levanto mis brazos como si hubiese ganado una batalla al tiempo que comienzo a cantar, We are the Champions de la mejor banda que pueda existir hasta el momento, Queen.

—¿Ahora qué le hiciste al apetecible y comestible de tu jefe Reyyan? —me interrumpe Gianluca justo cuando estoy entonando la mejor parte, bajo los brazos y comienzo a asfixiarme con mi propia saliva.

—¡Mierda, Gianluca! Me has dado un susto de muerte, por un momento pensé que era el amargado de mi jefe —le reclamo en cuanto este deja de golpear mi espalda y limpio las pequeñas lagrimitas que escaparon de mis ojos al sentir que San Pedro me daba la bienvenida a su lado, como la buena alma caritativa que soy.

—Ese vocabulario, Reyyan, ¿con esa boquita besas a tu madre? —inquiere con una sonrisita, endemoniadamente sexi, que mojaría las bragas de cualquier mujer, menos las mías, claro está.

—Esa frase se escucha mejor en el sexi de Iron Man, no en ti, Gianluca —dicho esto me hace un mohín, me levanto de mi asiento y beso su mejilla—. Bien, en ti es aún más sexi, tanto que haces que me dé calor, ¿contenta? Y para tu información, sí, mi madre que es demasiado religiosa no tiene problema con mi lenguaje, no veo por qué tú lo tendrías, ella me ama tal y como soy.

—¡Ash! Eres odiosa cuando te lo propones y obvio te ama porque eres su hija, no le queda otro remedio. Solo venía porque quiero invitarte a un nuevo antro que abrieron hace unos días.

—¿Es un antro gay? —pregunto con la boca en una fina línea.

—Sí, pero…

—Pero nada Gianluca, la última vez que acepte salir contigo a un antro de ese tipo, tuve que salir corriendo por qué una tipa no dejaba de acariciar mi trasero, otra tocaba mi hombro de tal forma que tuve miedo de que me desnudase en ese instante, y por último otra no dejaba de insinuarme si deseaba hacer un trío con su pareja así que no, no pienso ir contigo. Si quieres invitar a mi jefe o a Marcello, ellos encajan a la perfección en ese lugar.

—¿A dónde me quieren invitar? —escuchamos la voz de Marcello y, como si estuviésemos coordinados, Gianluca y yo damos un pequeño brinco en nuestros respectivos lugares.

—¡Señor De Santis! —saludamos ambos al mismo tiempo. Este se queda esperando una respuesta por nuestra parte, por lo que yo miro a Gianluca y de esta forma le aviento la pelota, por así decirlo, para que él nos saque de esta.

—Yo… bueno es que yo, estaba invitando a Reyyan a un antro gay, pero la aguafiestas no quiere ir conmigo, por eso ella sugirió que usted y el señor Cavalluci podrían ir conmigo, pero no se preocupe, sé que eso es imposible.

—Cuenta con ello, Gianluca, ahí estaremos, nos hace falta sacudir el cuerpo, pero después de nuestra cena te alcanzaremos en el lugar. Señorita Reyyan, debo hablar con mi hombre, espero que eso no le moleste —comenta dirigiéndose a mí, batiendo sus pestañas, como tratando de hechizarme, como lo hace con todas las personas.

—Permítame, le aviso que ha llegado. —Toco a la puerta de mi jefe y, después de escuchar su gruñido de que puedo entrar, le informo que su novio se encuentra aquí.

—¿Y qué espera para hacerlo pasar? ¿Quiere que yo salga a recibirlo? —brama, molesto.

—Es su novio, es lo menos que se merece por soportarlo durante años, hasta debería ponerle guardaespaldas con lo delicado que es —mascullo en un murmullo ininteligible. Cuando estoy por darme la vuelta, escucho una fuerte carcajada proveniente de Marcello—. ¡Puede pasar! —Me hago a un lado y este pasa junto a mí aún con un rastro de sonrisa en su hermoso rostro.

—Gracias, Reyyan, es muy divertido venir aquí y conocer lo que piensas de mí, Alexandros —susurra y me guiña un ojo cuando estoy por cerrar la puerta, abro los ojos como platos y trago fuerte, no puede ser que mi mala suerte sea para con mi jefe sino también con su pareja.

Continúo con mi trabajo o bueno, en realidad finjo que trabajo, mientras me pongo a leer chismes de revistas en mis redes sociales, ¿qué más puedo hacer si tengo mi trabajo al corriente y hasta por adelantado? Las ventajas de ser tan eficiente y, ante lo cual, mi querido y detestable jefe se ve impedido en despedirme.

Chapter 4

Estoy riendo por las cosas que leo cuando de un momento a otro escucho un gemido alto y fuerte, seguido de algunos golpes en el escritorio de mi jefe, «¡Maldita sea! Ya van a empezar, no puede uno holgazanear a gusto» pienso al tiempo que miro la hora en mi ordenador y veo que aún me falta media hora para salir a comer, cada vez que algo así sucede pierdo el apetito.

—¡¡Azótame, más fuerte Alexandros!! —escucho el chillido de Marcello y siento como mis mejillas se enrojecen debido a la vergüenza.

Ya debería de estar acostumbrada a este escándalo después de tres años, pero ellos cada vez se vuelven más desinhibidos y de tan solo imaginar sus perfectos cuerpos entregándose a la pasión del momento, hace que por días tenga sueños húmedos donde aparecen ambos hombres y yo soy su manzana de la discordia.

—Dime diosito, ¿qué pecado he cometido para estar rodeada de tanto hombre guapo y sexi desde el cabello hasta la punta de los pies? Pero lo peor de todo no es eso, sino que esos hombres supuran más feromonas que yo —me quejo amargamente al tiempo que tapo mis oídos y espero que esta media hora se vaya como agua.

Hace tres años

Me encuentro de pie en el enorme pasillo observando como una a una las chicas pasan para entrevistarse con la encargada de Recursos Humanos, a algunas las he visto que salen con una enorme sonrisa en el rostro y me parece que han pasado el siguiente filtro, el cual consiste en entrevistarse directamente con el dueño, el señor Cavalluci.

Debido a que tiene tres días que llegue a Italia, no sé mucho sobre este hombre, solo que poco a poco fue consiguiendo que su empresa lograse sobresalir del resto y ahora es reconocida como una de las mejores agencias de publicidad en el país, sin olvidar el pequeño detalle que según se dice es muy quisquilloso en su trabajo, bastante grosero, engreído y prepotente, en pocas palabras alguien que se cree tocado por Dios.

Después de unos quince minutos es mi turno de pasar, le entrego mi expediente a la encargada, quien me realiza algunas preguntas sobre lo que sé hacer, programas que sé manejar y que tanto puedo aguantar, trabajar bajo presión, con ya decirme esto, sé que el señor Cavalluci debe de ser alguien difícil de tratar, por lo que miento solo un poquito y le aseguro que se me da de maravilla. Asiente ante mis palabras y después me informa que tendré una entrevista con el dueño ese mismo día.

Subo hasta el piso que me indicaron y tomo asiento en un pequeño sillón, en cuanto estiro un poco mis piernas sale una de las chicas que están para quedarse con el puesto, observo su ropa la cual consiste en una microfalda que más bien se asemeja a un taparrabos y una blusa la cual es digna de un antro, sale con los ojos rojos y limpiándose las mejillas por lo que comienzo a espantarme, «¿Qué diantres le habrá dicho ese hombre para que saliese así?» No termino de hacer mis conjeturas cuando escucho una voz grave que grita «La siguiente», tomo mi bolso y me apresuro a la oficina del dueño.

Toco la puerta y me permite pasar, ni bien he cerrado cuando lo escucho lanzar un sinfín de maldiciones.

—¡Maldita sea! Todas son igual de ineptas, parece que solo quieren lanzarse a mi cama, ¡Imbéciles!

—¡Buenas tardes, señor Cavalluci! —saludo antes de darme la vuelta, si bien esperaba encontrarme con un anciano que esté a punto de dar su último aliento y por eso sus gritos dignos de una persona histérica, me quedo muda durante unos segundos al ver al endemoniadamente sexi dueño de MediaCavalluci Inc.

«¿Quién no quisiera saltar a su cama? Hasta yo me imagino formándome varias veces en la fila para comerme un manjar como ese» Es un hombre bastante alto (y eso que yo mido un metro setenta y cinco sin tacones), unos hermosos ojos azules y su barba bien arreglada le da el aspecto de todo un rompecorazones, sacudo mi cabeza y me acerco a su escritorio, me indica con un movimiento de mano que tome asiento y al mismo tiempo le tiendo mis documentos.

—¡Buenas tardes, señorita Bennett! —comienza a leer todo y veo que su ceño se frunce por un instante. ¡Oh no!, eso es mala señal—, ¿por qué decidió dejar su puesto como asistente en Meyer´s Femme, además de obviamente cambiar de residencia?

—La verdad es que deseaba un cambio, experimentar en otras empresas, después de tres años con ellos sentí que debía volar, también como puede ver tengo muy buenas referencias por parte del señor Dumas.

—Es lo que veo, no deja de alabar la forma en que se desenvuelve y menciona que usted es un excelente elemento al que no se debe dejar ir tan fácilmente, ¿tenía alguna relación con su antiguo jefe? —inquiere en cuanto termina de leer la carta de recomendación.

—¡Por supuesto que no! ¿Quién me cree? Eso es denigrante, enredarse con su jefe —espeto, molesta por sus palabras, estoy por tomar mi bolso y mandarlo al diablo cuando asiente lentamente.

—Me gusta su forma de pensar, además, de que en cuanto a experiencia está más que calificada, solo que hay un pequeño inconveniente. El horario de salida no suele ser fijo, algunas veces tendrá que salir a altas horas de la madrugada, pero por eso no se preocupe, mi chofer la llevaría hasta su casa. Suelo exigirles demasiado a las personas que trabajan conmigo, por lo que espero esté dispuesta a hacer ciertos sacrificios. —Medito sus palabras un instante y dado que no tengo nada que perder, pero sí mucho que ganar, acepto.

—En todo trabajo siempre hay que hacer sacrificios —comento dándole la razón.

—Perfecto, en ese caso hablaré con Recursos Humanos para que elaboren su contrato y se incorpore con nosotros lo antes posible. —Me tiende la mano y se la estrecho, contenta de poder trabajar en una empresa como esta, sin saber la gran idiotez que acabo de cometer, es como si acabase de firmar un pacto de sangre con el mismísimo diablo.

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