Calíope estaba en la cima de la pequeña montaña, que se ubicaba cerca del orfanato, le gustaba este lugar, se sentía en la cumbre del mundo, observando la naturaleza a sus pies, mientras el aire la rodeaba, jugueteaba haciendo bailar las hojas con pequeños remolinos de viento. Además, apartarse de todos algunas veces y pensar, le hacía bien, dejar salir el dolor que la mantenía despierta durante la noche, esos sueños de su vida pasada, que más que sueños era recuerdos, horribles y aterradores, como lo había sido su vida.
Cuando ella era Viviana Campbell.
“Mañana tendría que estar cumpliendo 38 años, si mi vida como Viviana Campbell no se hubiera terminado, sin embargo, hoy estoy cumpliendo 18 años como Calíope Sullivan, me pregunto si ¿mis padres sufrieron por mi partida?, aunque creo que eso sería pedir demasiado, debo ser realista, después de todo cometí el error de casarme tan joven para huir de mi casa, escapar de mi padre”
“Creí que me protegería, que, al ser mi esposo, me amaría y cuidaría. Me gustaría saber si alguna vez me amaste, tanto como yo lo hice, si realmente alguna vez en verdad me amaste”
Calíope, pensaba que realmente había amado a su esposo, Trevor Murphy, un joven irlandés de temperamento violento y voz gruesa, algo que le atrajo, y es que cuando era una joven de 19 años, su padre la estaba golpeando en la calle, por haberse negado a entregar su cuerpo como pago de una deuda que él había adquirido por juegos de azar, fue entonces cuando este hombre de brazos fuertes y cabello tan rojo como el suyo apareció para rescatarla, creyó que era un caballero de brillante armadura, rescatando a la damisela en apuros, ella jamás había visto que alguien se enfrentara a su padre, quien era uno de los más fuertes en el pueblo, conocido por pelear en todas partes, pero así pasó.
Este joven sumamente apuesto le hizo frente al señor Campbell, además de advertirle que no permitiría que nadie lastimase a la joven, unos meses después se casaron, todo parecía ir bien, con altos y bajos como toda pareja, tanto así que ella no vio lo que era realmente Trevor.
Vivieron felices poco más de 1 año, en una pequeña casa atrás de un hostal, donde Trevor era el encargado de aquel lugar, no tenían grandes lujos, pero tampoco le faltaba nada, él hombre de 21 años, era atento con ella, aunque demandante y sumamente celoso, la joven Vivian tenía que estar siempre en su casa y cuando limpiaba el hostal él la vigilaba, todos en el pueblo sabían que ningún hombre podía hablar con ella, a no ser que quisieran ser golpeados por su esposo, ella no se quejaba, después de todo, creía que era algo normal, su padre tampoco le permitía a su madre hablar con otros hombre, por lo que lo aceptó y simplemente se resignó a esa vida, hasta que ella le informo a su esposo que estaba embarazada.
— Es así amor, estoy esperando a nuestro primer bebé, ¿no estás contento? — pregunto con toda la ilusión que tal noticia le podía dar.
— ¿Contento? ¡¿En qué piensas Vivian?! ¿Acaso podrás atenderme como siempre? ¿O tendré que compartirte con ese niño? — la molestia del pelirrojo era palpable, aun así, Vivian no se pudo quedar en silencio… como siempre.
— Pero... ¿de qué hablas?
— ¡Yo te quiero solo para mí!
Trevor no lo tomó nada bien, y lo que había sido un lecho de rosas o casi, se convirtió en el mismo infierno, ingería alcohol casi a diario, y cada vez que ella se sentía mal, o con alguna molestia y no quería tener relaciones sexuales él explotaba, todo empezó con una bofetada, y fue aumentando, a medida que la barriga de ella crecía, también las golpizas lo hacían, en una de las palizas la ilusión de tener un pequeño niño pelirrojo se desvaneció y fue en ese momento que entre gritos de dolor se llenó de valentía y le pidió el divorcio al hombre que creyó amar, en aquel lugar, en la camilla de ese pequeño hospital y bajo la atenta mirada del médico, que no le creía del todo que se hubiera caído por las escaleras, pero que sin embargo solo le quedaba ser espectador ante la negativa de la pelirroja de denunciar a su esposo.
— No puedes dejarme, juraste amarme hasta la muerte y así será. —fue todo lo que Trevor dijo antes de dejarla sola en aquel frio, pero reconfortante hospital.
Una semana después de volver a su hogar el hombre apareció y se quedó, teniendo la excusa de atender el hostal, mientras la misma discusión se repetía durante dos meses.
— ¡Mataste a nuestro bebé! ¡¿cómo pudiste?! — le recriminaba la pelirroja a la vez que insistía con el divorcio.
— ¡Fue tu culpa mujer! Siempre seremos solos los dos, ¡¿lo entiendes?! ¡No tienes a donde volver, tus padres no quieren verte y esta es mi casa, no me iré! Eres mía, hoy y siempre, ¡solo mía!
Ella prefería vivir en la calle antes que seguir con el responsable de la muerte de su hijo nonato a su lado, pero Trevor no pensaba lo mismo, el hombre jamás dejaría que ella se fuera, él había sido el primero en su cama y pensaba ser el último, jamás la dejaría ir.
Trevor salió una mañana cuando encontró a Vivian armando sus maletas, diciendo que iría a arreglar todo para divorciarse, que le dejaría la casa y ella… le creyó, era tan inocente, creía que, si ella no mentía, nadie lo haría. pero cuando él volvió el alcohol se olía desde la habitación, donde Vivian trataba de mantener la calma, ella estaba segura de lo que pasaría, si lo enfrentaba en ese estado, Trevor la golpearía y ya tenía suficiente con el dolor en su corazón, como para soportar el dolor que los golpes del hombre le causarían.
Grande fue su sorpresa cuando su esposo entró en la habitación con rosas, un enorme ramo, jamás había tenido esas atenciones, ni siquiera la primera vez que la golpeo, lloró e imploró su perdón, a tal punto que la joven Vivian pensó que si no lo contradecía nada pasaría, accedió a dormir con él, con la esperanza de escapar en la mañana.
En el momento que estaban haciendo el amor, sus lágrimas caían, ella pensaba que aún lo amaba, ¿cómo no hacerlo? él la salvó de su padre y comenzó a pensar que quizás si le daba otra oportunidad, él pudiera cambiar, si ella le mostraba cuanto lo amaba, pero la muerte de su hijo aún le dolía demasiado.
“Quizás, estaba asustado, el hostal no está dejando muchas ganancias, quizás más adelante, podamos formar una familia y todo estará bien como antes”
Pero tarde se dio cuenta que un monstruo no cambia jamás, en el momento que Trevor vio las lágrimas en su rostro la ira se apoderó de él, y selló el fin de ella.
Este hombre sin corazón, ni alma, jamás pensó que esas lágrimas eran porque su esposa quería volver a lo que eran en un principio, ese anhelo de retroceder el tiempo, de buscar un poco de amor y protección en aquel hombre corpulento, no, él creyó que lloraba porque no quería tener relaciones sexuales con él, y eso era algo que no podía tolerar.
Vivian se encontró tratando de gritar para pedir ayuda, pero él apretaba con tanta fuerza su cuello que ni siquiera el aire de sus pulmones podía salir, se escuchó un sonido, de algo rompiéndose, los ojos como Vivian Campbell vieron el rostro de su esposo por última vez, quien la observaba con furia, espero no ver nada más que oscuridad, pero no paso, ella estaba sesgada por la luz, y algo suave que la envolvía, oía a un bebé llorar y por un momento su corazón latió con fuerza, pensó que era su hijo y que ella estaba en el tan nombrado paraíso, pero luego su vista se agudizó, se dio cuenta que estaba flotando o mejor dicho que era llevada por un remolino de viento y que el llanto era de ella.
— ¿Por qué Trevor? ¡¿Por qué no me dejaste ir?! — grito llena de dolor y rencor regresando al presente.
Cuando Calíope gritaba de esa manera su garganta dolía, pero más dolía su corazón, ese que hubiera entregado sin pensarlo por ver, aunque sea una vez el rostro de su hijo.
— No busques respuestas que jamás podrás tener. — la hermana Josefina sabía que hombres como Trevor no necesitaban un motivo para apagar una vida y es que tampoco existe un motivo para hacerlo.
Cali, como le decían sus seres queridos, giro al escuchar la voz de la mujer que la recibió en esta nueva vida.
— Hermana Josefina, ¿cómo sabía que estaba aquí? — pregunto más relajada.
— El viento corre fuerte, solo lo seguí. — explico con una suave sonrisa adornando su rostro.
— Lo lamento.
— No lo hagas, solo trata de controlar tú poder, quizás un poco más suave, las plantas necesitan tú brisa para reproducirse, así que no te detengas, mi pequeña Calíope, aún recuerdo el día que llegaste a mí, tus ojos estaban tan abiertos, pero a pesar del miedo podía ver dulzura en ellos, y ese color miel que combina tan bien con tú cabello, eres hermosa. — dijo al tiempo que acomodaba un mechón del largo y rojo cabello de la joven tras su oreja.
— Gracias hermana. — respondió apenada, por el alago recibido.
— Hoy por ser tu cumpleaños te daré a elegir.
— ¿Qué cosa?
— Saber dónde está y que hace el viudo de Viviana Campbell o si tus padres preguntaron por ti alguna vez. — era tentadora la oferta que le hacia la mujer que la crio, pero Calíope solo quería saber una cosa de su pasado, solo una. Lo demás no le importaba.
— Me gustaría saber...mi hijo, ¿él renacerá algún día? — pregunto sintiendo aun el típico dolor en su corazón, ese que aparecía al recordar como su bebé se movía en su vientre, el niño que ella no pudo proteger.
La mujer ya mayor la vio con gran empatía, pero no podía responder eso. Aun viendo el brillo en los ojos de la joven que ella crio como a una hija.
—... Trevor Murphy sigue viviendo en el mismo lugar, jamás se volvió a casar. — dijo con seriedad y acto seguido tuvo que mirar a otro lado.
Calíope, sin embargó clavo sus ojos color miel en ella, la mujer que quería como una verdadera madre, sin entender porque no respondió su pregunta, y Josefina se sentía apenada, por no poder responder lo que más deseaba saber la pelirroja, pero ¿qué otra cosa podía hacer?, su hijo estaba esperando por renacer, pero había un problema, la esencia de Trevor había sido retirada del pobre bebé no nato, ya que ese hombre no merecía seguir existiendo y menos su esencia, por lo que solo quedo con la esencia de Calíope, si ella decidiera quedarse como humana y si se enamoraba nuevamente, su bebé renacerá, su esencia y la de un nuevo padre formarán esa vida, pero si decidía ser un hada, su bebé nonato se convertirá en una estrella más en el cielo, para iluminar la oscuridad del espacio y así aliviar los corazones de quienes están triste.
Josefina no podía intervenir en la decisión de Calíope, esa era la realidad.
— Vamos, en un rato vendrán los señores Romanov por ustedes. — hablo rompiendo el pesado silencio que se había producido en aquella colina.
— ¿Son los que quieren nuestra ayuda? — pregunto curiosa como siempre.
— Si, quieren ayuda con sus hijos.
— ¿Seremos niñeras? — pregunto con una gran sonrisa la pelirroja. Los niños le encantaban.
— No te ilusiones, el menor de sus hijos tiene 19 años.
— ¿Seremos sirvientas?
— Algo parecido, serán sus consciencias por decirlo de algún modo.
Calíope estaba entusiasmada, ella era una persona vivaz, responsable y habladora. Solo quería cumplir con su última prueba y conseguir sus alas, solo así podría ver a las demás hadas, vivir en el bosque, recorrer el mundo en una brisa siendo invisible a los ojos humanos, vivir para siempre junto a sus amigas.
Pero nadie manda en el amor, ¿verdad? Y hay decisiones que solo se toman con el corazón. Y Calíope pronto lo descubriría.
YANNICK.
Yannick Romanov se movía para un lado y otro en la sala de su mansión, era uno de sus lugares favoritos, desde aquel sitio podía observar casi todo, y es que él es una persona sumamente controladora, se sentía ansioso, no le gustaban las sorpresas, aunque llegado el caso es ecuánime , mantiene su mente fría, es pasivo y confiables, pero son por todas estas razones que se lleva mal con sus hermanos, lo subestiman, creen que es débil, no entienden que necesita ser controlador para poder resolver más fácilmente cualquier problema, él es el encargado de toda la parte textil que maneja su familia, mientras sus hermanos lo consideran un traidor, ya que nunca se pone del lado de la misma persona dos veces, lo que no comprenden es que él es una persona justa y por eso su criterio estará con quien tiene la razón y no con el que hable o actúe primero.
Para él, lo que dicte su corazón no importa, solo le hace caso a su cabeza, y es que la última vez que obedeció a su corazón, este resultó herido, pero las personas pueden cambian, ¿verdad?
Tomo la foto una vez más y la observa. Era la joven que le designaron sus padres.
"Tan pálida, bueno un punto a mi favor, si su piel es delicada le debe gustar estar encerrada, y un punto en contra para ti rubia y es que conmigo te vas a aburrir muchísimo, espero que seas silenciosa, no me gustan las charlatanas. Solo paz y tranquilidad. Eso es lo mío."
Sus padres le designaron a Indivar como su asistente personal, pero en poco tiempo descubrirá que es a Calíope quien quiere a su lado.
Apenas vio la limusina detenerse se puso de pie, se miró una vez al espejo para comprobar que su aspecto era impecable, como siempre, y quedo a la espera de que las intrusas y desde hoy asistentes personales crucen la puerta.
Yannick no es un hombre vanidoso ni mucho menos, a pesar de cuidar su cuerpo, y que sea una masa de músculos no le gusta estar luciéndolo como los demás, le molesta recibir las bromas de sus hermanos por tener el cabello color castaño oscuro rizado y la piel color crema como su difunta abuela, y a pesar de que son todos altos él está seguro de que ante una verdadera pelea ganaría, y es que estos hermanos se ven más como rivales y enemigos que como familia.
“Me pregunto ¿cuánto tardarán esos idiotas en venir a presentarse? ¿o será que son tan tontos que preferir ser desheredados antes de aceptar a una niña al lado por un año?"
El corazón de este hombre de 23 años rara vez se había conmovido por alguna mujer, creía que no las necesitaba, eran seres ruidosos y con humor cambiante, un problema que él no quería tener, otra vez, luego de su experiencia con Erika, una mujer sumamente tóxica, ya no quería saber nada con el amor, pero ya saben, una vez que el corazón late con fuerza, ya nada lo puede detener.
Indivar se encontraba nadando en el río, el mismo donde había surgido hacia 18 años, el que la trajo a este lugar dándole una segunda oportunidad, el agua estaba templada y ella sumamente relajada, sin embargo dejó de moverse al escuchar un sonido raro, comenzó a mirar a todas partes y vio cómo un pequeño ciervo se estaba ahogando, rápidamente con un movimiento de manos, abrió las aguas, dejando un camino para que saliera de aquel lugar el pequeño animal y por un momento se perdió en su memoria.
"Sé muy bien, la desesperación que se siente al morir de esa forma, hoy la suerte estaba de tu lado pequeño.”
Amelia Fabel, ese era su nombre hace 18 años atrás, hoy cumplía exactamente dos vidas, y es que esa misma edad tenía cuando su mejor amigo y a quien ella amaba con el corazón la asesinó, terminó con su vida, como quien mata a un insecto.
Cedrik Fischer, había sido su amigo desde el preescolar, ella se enamoró de él a medida que crecían, pero luego con el paso del tiempo fueron tomando caminos diferentes, él era un joven apuesto alto, adinerado como nadie en el pueblo y obviamente deportista, sumamente atlético , ella sin embargo, era la hija de una mujer casi indigente y enferma, su padre había muerto en la guerra y la pensión que le daban solo cubría los gasto de la medicación de su madre, por lo que ella trabajaba en una cafetería, fue el blanco de todos en la secundaria, por su forma humilde de vestir y sus rasgos albinos, eso provocó que su gran amigo y el que ella creía que era su gran amor Cedrik Fischer, se alejara, aun así se veían algunas veces y la joven se sentía la muchacha con mayor suerte del mundo por hablar con él. Era tan ilusa.
— Eres muy linda, tu piel es tan blanca como la nieve. — Este joven ocultaba bajo halagos, sus fantasías con la joven.
— Gracias, aunque no entiendo porque siempre dices cosas tan bonitas y luego... me ignoras.
— Debes entender tengo una reputación que cuidar, pero cuando el colegio termine iré a la universidad y volveré por ti.
— ¿Por mí?
— Serás mi esposa, lo juro.
El corazón de la joven parecía que iba a salir de su cuerpo, mientras sus mejillas adquirían un color rojo carmesí, no podía creer que su sueño se hiciera realidad. No tenía como saber la clase de monstruo que era aquel rubio.
— Ven déjame ver algo. — dijo de forma coqueta el joven.
— ¿El qué? — Cedrik se acercó y la besó, ella estaba extasiada, pero cuando él descendió con la boca por su cuello la mordió y Amelia retrocedió.
— Eso duele... ¿qué haces? dijo con voz quejumbrosa. Ese fue su primer beso, el sabor dulce rápidamente fue sustituido por la amargura del dolor.
— Veo como mi boca puede marcar tu hermosa piel. — Este joven, desde sus inicios en la vida sexual demostró ser un sádico, claro que la pobre Amalia no lo sabía. Y aunque lo hubiera sabido, poco podía hacer ante semejante adolescente, él la superaba en altura, peso y por supuesto fuerza.
— ¿Que le diré a mi mamá ahora? — La rubia se preocupó y con razón, al ver la marca que su amigo le había dejado en el cuello.
— Tranquila, solo cúbrete con un pañuelo o algo.
Así Cedrik la fue engatusando, hasta convencerla en ir al lago que se encontraba en medio del bosque y que en esa época estaba casi congelado.
— ¿Que hacemos aquí? estamos muy lejos del pueblo. — Pregunto con preocupación y es que cada vez que estaban solos, el joven dejaba alguna marca en ella, por cada beso una mordida era dada.
— ¿Acaso tienes miedo?, somos mejores amigos de toda la vida. Jamás te lastimaría. mintió con descaro y experiencia.
— ¿Mejores amigos? — en ese momento Amelia tendría que a ver sabido que todas las promesas eran falsas, pero era apenas una joven de 18 años, llena de sueños e ilusiones. Demasiado inocente, para un mundo con tanta maldad.
— ¿Por qué pones esa cara de tristeza? — preguntó Cedrik con molestia.
— No, no es nada, solo que debo volver para darle la medicina a mamá.
— ¿Es eso o es que quieres ser mi novia? — sabia como jugar con la joven, era lo que más disfrutaba, manipularla, creyendo que así podría convencerla de todo.
—Tú... tú… ¿Quieres ser mi novio? — dijo con sorpresa en cada palabra.
— Claro que quiero ser tu novio, copo de nieve, es solo que...
— ¡¿Que?! — La joven no controlaba sus nervios, sentía que su sueño se hacía realidad, es verdad que Cedrik la molestaba en el colegio y muchas veces se burlaba de ella, pero él siempre la convencía de que lo hacía solo para estar cerca de ella sin que nadie se burlara de él.
Si tan sólo alguno de los cuentos de princesas que leía de pequeña le hubiera prevenido de que los monstruos también pueden ser atractivos por fuera, quizás su final hubiera sido otro.
— Veo que estás ansiosa por ser mi novia, pero hay un problema, yo no salgo con vírgenes.
Las lágrimas de Amelia caían y le hacían doler la delicada piel de su rostro, del mismo frío que hacía, ese que era un aviso de que no debía estar allí.
— Hey tranquila, no llores, eso es algo que tiene arreglo. — dijo con una sonrisa que no presagiaba nada bueno.
— ¿A qué te refieres?
— Veras… ¿recuerdas el otro día que te lleve a la oficina de mi papá?
— Si, cuando dijiste que me conseguiría trabajo, pero no sucedió.
— ¿Por qué te tienes que quejar de todo?, cuando nos casemos espero que cambie eso en ti.
— ¿Casarnos? — Amalia era tan ingenua que con disimulo se pellizco la mano, para saber si estaba soñando. Sin darse cuenta de que la pesadilla estaba por comenzar.
— Sí, te juro que nos desposaremos, pero antes debes dejar de ser virgen, y se cómo solucionar eso.
— No entiendo Cedrik, habla claro. — El brillo que tenía su amigo en los ojos no le gustaba nada, y estaba nerviosa por la hora, su madre estaba en cama y necesitaba de ella para darle la medicina.
— Ese día que fuimos a la oficina había un hombre con mi padre, ¿lo recuerdas? es el encargado de la universidad a la que iré, si todo sale bien. y él haría todo lo que estuviera a su alcance para que así fuera.
— Recuerdo al hombre, uno gordo y calvo, no me gustó como me miraba, me hacía sentir incómoda. dijo mientras tembló y no era por el frio esta vez.
— Que mal, porque él dijo que me recibirán si tú tienes sexo con él. soltó sin mayor preámbulo, ya tenía todo ideado en su mente retorcida, Amalia no tenía que decidir nada, Cedrik solo se lo estaba informando.
— ¿Que? Eso no, nunca.
— ¿Acaso no me amas?
— Te amo, con todo mi corazón, pero yo no puedo hacer eso. — Y era verdad, por más amor que sintiera por Cedrik ella jamás se entregaría a un hombre que ella no amara.
— Que mal por ti.
Fue lo único que Amelia escuchó, y sintió que su gran amigo y amor platónico la pinchó en el cuello con algo, de inmediato se sintió cansada y aunque no perdió la consciencia no era capaz de decir nada, ni de moverse por sí sola, el joven de 19 años la apoyó en él y la guio a una cabaña cercana al lago, donde no solo estaba el hombre gordo que Amelia recordaba, también estaba el padre de su amigo.